Seguramente, el dolor de cabeza, la falta de inspiración y la falta de talento no son los tres ingredientes que una persona escogería para escribir. Desgraciadamente, John K se aburría tremendamente aquella tarde-noche de abril, que era extremadamente calurosa para ser abril, con 31 grados, puesto que había llegado una oleada de calor procedente del norte de África. Por fruto de este aburrimiento, John K decidió que había llegado la hora de cambiar su mediocre vida, escribiría la novela de su vida a pesar del dolor de cabeza que había surgido porque sí y que parecía empezar a disolverse, a pesar de que no estaba para nada inspirado (en realidad nunca lo estaba) y a pesar de que su falta de talento era tanta que se podía llegar a tocar.
Así pues, se sentó en su pequeño escritorio, que estaba abarrotado de cosas, y miró fijamente a la pared que tenía en frente. Estaba llena de pósteres de grupos de música que le gustaban a su novia. A su ex novia, en realidad. Le había dejado hacía dos meses, y todavía no había conseguido reunir el valor suficiente para sacarlos de la pared y rompérselos a ella en las narices. Pensó en ella, en el día en el que había cubierto la desconchada pared blanca, que entonces era más bien de un gris sucio, con las caras de los componentes de bandas de rock, que le recordaban que él nunca podría estar en un póster como ellos.
Se le ocurrió que podía utilizar su experiencia con ella como tema sobre el que escribir, pero le pareció demasiado tópico incluso para un escritorzuelo de poca monta como él, que se ganaba la vida redactando una pequeña columna para un periódico local que nadie leía.
Miró entonces hacia la estantería, hacia todos sus libros, parándose a leer los lomos de los que sabía que eran sus favoritos. Tampoco sería adecuado hacer nada parecido a ellos, no quedaría bien, y sería plagio o, por lo menos, muy poco original.
Tampoco había ningún género que le apasionase, ni ningún tema sobre el que tuviese amplios conocimientos, por lo que escribir un libro parecía una idea ridícula, si no tenía nada que contar ni sobre lo que hablar. Pero él quería hacer algo con su vida, aunque después el libro pasase sin pena ni gloria, aunque ni siquiera se lo publicasen, al menos podría ir por la vida contento sabiendo que había terminado algo, y quizá fardar de ello.
Ahora miró el documento de Word que había abierto. El cursor parpadeaba sobre la hoja en blanco, no le gustaba, era muy soso. Pulsó la pestaña “Diseño de página” y la puso de color azul oscuro, con lo que las letras salían de color blanco, esto ya le gustaba más, era como más personal, y quedaba más bonito.
A John K siempre le había gustado el arte, independientemente de las distintas definiciones de arte que la gente pueda dar. Antes acudía mucho a museos y exposiciones con Jane, su ex novia. Ahora que le había dejado, había perdido el gusto por todo, ya no encontraba ninguna satisfacción en ver lo que le gustaba, puede que porque ya no le gustase, así que se pasaba las tardes frente al ordenador o el televisor, en este último caso riéndose de lo ridículos y estúpidos que resultaban la mayor parte de los programas que emitían.
Después de unos minutos más mirando el documento, decidió que quería escribir una historia original sobre cualquier personajillo de la calle. Por lo tanto, necesitaba encontrar al personajillo adecuado. Para esto, se le ocurrió la fantástica idea de meterse en el metro, allí siempre se encontraba gente peculiar. El problema era que allí abajo haría un calor sofocante, y el olor no sería mucho mejor. Por este motivo, cogió una mascarilla para la alergia y un bote de perfume, ambos olvidados en su apartamento por Jane, y echó grandes dosis de la segunda en el primero. Hecho esto, se la puso junto a unos grandes cascos de música que a su vez enchufó al mp3 que ella le había regalado para poder abstraerse del molesto ruido de la gente. Al menos parecía que su relación había servido para algo. Con este aspecto de loco excéntrico, salió a la calle. Había una boca de metro cerca de allí, así que se dirigió al lugar sin demora fingiendo que no se daba cuenta de que todo el mundo le observaba al pasar.
Una vez se hubo saltado los torniquetes del metro, se sentó en un banco a esperar al próximo que llegase. Mientras esperaba, se detuvo a observar a todas las personas que allí se encontraban, que a su vez le miraban a él, aunque no fuese del todo consciente de ello.
No encontró a nadie digno de ser retratado en su futura obra maestra, así que entró en el vagón del metro que había llegado, y rápidamente se agenció un asiento, al parecer el único libre, robándoselo descaradamente a una viejecita que le miró con profundo odio.
Allí sí se fijó en unas cuantas personas que podrían valer para escribir una historia. Había una mujer que acariciaba su bolso de manera que parecía acariciar un gato, quizá pensase que realmente tenía uno en el regazo; una niña de grandes ojos azules y dos coletas muy apretadas en lo alto de la cabeza; un hombre que hablaba dirigiéndose a alguien que tenía a su izquierda, quizá su amigo imaginario, puesto que no había nadie; una mujer de unos 40 años sentada a su lado que jugaba compulsivamente al tetris en una DS de color rosa fucsia; y un adolescente que no conseguía que cuadrasen todos los lados de su cubo de Rubik y que por ello, se imaginó John, había comenzado a mordisquearlo.
Era una difícil decisión, todos le parecían buenos candidatos, pero juntarlos en la misma historia hubiese dado algo un poco surrealista, por lo que tenía que decidirse. El adolescente del cubo de Rubik y el hombre que hablaba solo le atraían bastante, pero no estaba del todo seguro. Entonces, el vehículo se detuvo en una nueva parada. John no pudo evitar fijarse en un hombre que acababa de subir al vagón y que se había quedado apartado junto a la puerta. Ya tenía ganador.