sábado, 28 de mayo de 2011

Sueño. (punto xD)

Estoy corriendo junto a una niña de cinco años que no tiene ni brazos ni piernas, sólo estacas como si de un pirata se tratase. Corre tan deprisa que debo fijarme para ver eso: ella da una voltereta y continua corriendo, graciosamente, haciendo cabriolas en el aire mientras yo, a su lado, la miro con benevolencia.
En un momento, mientras corremos cerca del muelle, veo que está demasiado cerca del agua y, antes de que pueda darme cuenta, se zambulle entre aguas oscuras llenas de algas y yo, que no sé si sabe nadar, que opino que menudo fastidio tener que ir a salvarla, me doy cuenta de que, coño, sí que tengo que ir a salvarla, y me tiro al agua que está helada y la agarro con mis brazos y entonces mi padre me dice que estoy en una suerte de concurso de la televisión de situaciones límite, y me escabullo de ese escenario para entrar en casa de alguien, que me ofrece libros y libros sobre inviernos largos y oscuros, e historias igualmente tenebrosas. Al irme, la puerta del recíbidor -que como todas las puertas a un recibidor, tiene lavabo- está llena de gusanos y me doy cuenta de que, para matarlos, debo atizarles con los libros que, al tirarlos al suelo, se convierten en una suerte de espuma venenosa e insecticida.
Y despierto.

martes, 3 de mayo de 2011

¿Pesadilla?

Es de noche, estoy en el piso de una amiga. Ella discute en otra habitación con su madre. No consigo captar del todo cuál es la razón de la disputa, pero me llegan trozos inconexos de la conversación. Mi amiga está enfadada (y creo que avergonzada) por algo que su madre hizo en el pasado. Tiene que ver con una casa que al parecer se derrumbó. Entonces, desaparece su madre y yo le estoy diciendo a mi amiga que tampoco es para tanto, que no es como si su madre hubiese quemado la casa.

Vuelve su madre, tenemos que ir al Área Panorámica, una especie de conjunto de biblioteca-sala de exposiciones-teatro que hay aquí, así que salimos fuera. Al salir, ya no estamos en el piso de mi amiga, sino en el exterior de mi casa. Es una noche de tormenta, ha parado de llover. Mi amiga tiene miedo de la tormenta, pero yo le digo que ha pasado, y tanto yo como su madre le decimos que corra hasta el garaje, donde está el coche.

Cogemos el coche y de repente estamos frente a las escaleras de entrada del Área Panorámica, empapándonos con la lluvia, que ha decidido volver. Yo me preocupo porque mi madre se enfadará si me ve llegar tan mojada, pero no alcanzo a verla por allí.

Entramos, el Área Panorámica se ha convertido en una especie de sala grande que antes no existía. Hay una exposición de algo que está dentro de vitrinas por toda la sala, pero no consigo saber qué es. Hay bastante gente, y el lugar está a oscuras, sólo iluminado por unas cuantas velas que parecen flotar. A la izquierda de la puerta de entrada hay una especie de plataforma o tarima muy alta que parece estar constituida por andamios y escaleras portátiles.

En lo alto hay tres chicos, uno es Tomás, los otros dos sé que son amigos suyos, pero no llego a reconocerlos. Al pie de la estructura hay una gran cola de gente que espera para subir. Decido dar una vuelta por la sala y saludar a Tomás más tarde.

Después de un rato, vuelvo a acercarme allí, ya no hay gente esperando para subir, así que me dispongo a ir yo, pero una chica que parece trabajar allí me detiene. Me dice que tengo que pagar para subir y poder darles un beso a Tomás y sus amigos. Decido que no pienso pagar por dar un beso pudiendo hacerlo gratis más tarde, así que me doy la vuelta. Allí, detrás de mí, está Tomás, sus amigos no se encuentran con él. Nos abrazamos.

Entonces, él me dice algo que no consigo recordar, pero yo me quedo horrorizada. Sé que quiere hacer algo malo a toda esa gente, pero no sé qué es. Le digo que no puede hacer eso, que esa gente no le ha hecho nada malo. Él contesta que soy una traidora, se enfada y se vuelve malo de verdad, al igual que toda la gente, que ahora parece estar a sus órdenes. Se convierten en una especie de sombras alargadas, negras y con dientes puntiagudos que comienzan a perseguirme por orden de Tomás.

Salgo corriendo, tengo una rapidez inusitada, y puedo esquivar a las sombras dando grandes saltos y trepando por las paredes. Me siguen persiguiendo por diversas habitaciones, y cada vez que están a punto de atraparme consigo escaparme por poco, saltando de pared en pared.

El sueño continúa así durante un breve periodo de tiempo hasta que por fin me despierto.

viernes, 8 de abril de 2011

Whatever

Seguramente, el dolor de cabeza, la falta de inspiración y la falta de talento no son los tres ingredientes que una persona escogería para escribir. Desgraciadamente, John K se aburría tremendamente aquella tarde-noche de abril, que era extremadamente calurosa para ser abril, con 31 grados, puesto que había llegado una oleada de calor procedente del norte de África. Por fruto de este aburrimiento, John K decidió que había llegado la hora de cambiar su mediocre vida, escribiría la novela de su vida a pesar del dolor de cabeza que había surgido porque sí y que parecía empezar a disolverse, a pesar de que no estaba para nada inspirado (en realidad nunca lo estaba) y a pesar de que su falta de talento era tanta que se podía llegar a tocar.

Así pues, se sentó en su pequeño escritorio, que estaba abarrotado de cosas, y miró fijamente a la pared que tenía en frente. Estaba llena de pósteres de grupos de música que le gustaban a su novia. A su ex novia, en realidad. Le había dejado hacía dos meses, y todavía no había conseguido reunir el valor suficiente para sacarlos de la pared y rompérselos a ella en las narices. Pensó en ella, en el día en el que había cubierto la desconchada pared blanca, que entonces era más bien de un gris sucio, con las caras de los componentes de bandas de rock, que le recordaban que él nunca podría estar en un póster como ellos.

Se le ocurrió que podía utilizar su experiencia con ella como tema sobre el que escribir, pero le pareció demasiado tópico incluso para un escritorzuelo de poca monta como él, que se ganaba la vida redactando una pequeña columna para un periódico local que nadie leía.

Miró entonces hacia la estantería, hacia todos sus libros, parándose a leer los lomos de los que sabía que eran sus favoritos. Tampoco sería adecuado hacer nada parecido a ellos, no quedaría bien, y sería plagio o, por lo menos, muy poco original.

Tampoco había ningún género que le apasionase, ni ningún tema sobre el que tuviese amplios conocimientos, por lo que escribir un libro parecía una idea ridícula, si no tenía nada que contar ni sobre lo que hablar. Pero él quería hacer algo con su vida, aunque después el libro pasase sin pena ni gloria, aunque ni siquiera se lo publicasen, al menos podría ir por la vida contento sabiendo que había terminado algo, y quizá fardar de ello.

Ahora miró el documento de Word que había abierto. El cursor parpadeaba sobre la hoja en blanco, no le gustaba, era muy soso. Pulsó la pestaña “Diseño de página” y la puso de color azul oscuro, con lo que las letras salían de color blanco, esto ya le gustaba más, era como más personal, y quedaba más bonito.

A John K siempre le había gustado el arte, independientemente de las distintas definiciones de arte que la gente pueda dar. Antes acudía mucho a museos y exposiciones con Jane, su ex novia. Ahora que le había dejado, había perdido el gusto por todo, ya no encontraba ninguna satisfacción en ver lo que le gustaba, puede que porque ya no le gustase, así que se pasaba las tardes frente al ordenador o el televisor, en este último caso riéndose de lo ridículos y estúpidos que resultaban la mayor parte de los programas que emitían.

Después de unos minutos más mirando el documento, decidió que quería escribir una historia original sobre cualquier personajillo de la calle. Por lo tanto, necesitaba encontrar al personajillo adecuado. Para esto, se le ocurrió la fantástica idea de meterse en el metro, allí siempre se encontraba gente peculiar. El problema era que allí abajo haría un calor sofocante, y el olor no sería mucho mejor. Por este motivo, cogió una mascarilla para la alergia y un bote de perfume, ambos olvidados en su apartamento por Jane, y echó grandes dosis de la segunda en el primero. Hecho esto, se la puso junto a unos grandes cascos de música que a su vez enchufó al mp3 que ella le había regalado para poder abstraerse del molesto ruido de la gente. Al menos parecía que su relación había servido para algo. Con este aspecto de loco excéntrico, salió a la calle. Había una boca de metro cerca de allí, así que se dirigió al lugar sin demora fingiendo que no se daba cuenta de que todo el mundo le observaba al pasar.

Una vez se hubo saltado los torniquetes del metro, se sentó en un banco a esperar al próximo que llegase. Mientras esperaba, se detuvo a observar a todas las personas que allí se encontraban, que a su vez le miraban a él, aunque no fuese del todo consciente de ello.

No encontró a nadie digno de ser retratado en su futura obra maestra, así que entró en el vagón del metro que había llegado, y rápidamente se agenció un asiento, al parecer el único libre, robándoselo descaradamente a una viejecita que le miró con profundo odio.

Allí sí se fijó en unas cuantas personas que podrían valer para escribir una historia. Había una mujer que acariciaba su bolso de manera que parecía acariciar un gato, quizá pensase que realmente tenía uno en el regazo; una niña de grandes ojos azules y dos coletas muy apretadas en lo alto de la cabeza; un hombre que hablaba dirigiéndose a alguien que tenía a su izquierda, quizá su amigo imaginario, puesto que no había nadie; una mujer de unos 40 años sentada a su lado que jugaba compulsivamente al tetris en una DS de color rosa fucsia; y un adolescente que no conseguía que cuadrasen todos los lados de su cubo de Rubik y que por ello, se imaginó John, había comenzado a mordisquearlo.

Era una difícil decisión, todos le parecían buenos candidatos, pero juntarlos en la misma historia hubiese dado algo un poco surrealista, por lo que tenía que decidirse. El adolescente del cubo de Rubik y el hombre que hablaba solo le atraían bastante, pero no estaba del todo seguro. Entonces, el vehículo se detuvo en una nueva parada. John no pudo evitar fijarse en un hombre que acababa de subir al vagón y que se había quedado apartado junto a la puerta. Ya tenía ganador.