martes, 26 de enero de 2010
Nightmares will come tonight
Planificó la puesta en escena con minuciosa delicadeza: primero la engañaría haciéndole creer que su padre le regalaba un poni por su cumpleaños, después, mientras montaba el jamelgo, se internaría en una espesura negra donde unas siniestras muñecas vestidas de rosa le invitarían a galletas insulsas. No podía haber cría sobre la faz del planeta capaz de soportar aquello.
Pero, la noche que su plan se convirtió en acción nada fue como esperaba. Realmente, los hechos transcurrieron a una velocidad muy decente y pronto la intención de la pesadilla se vio truncada por un inesperado suceso. Instantes después de penetrar en la mente de la jovencita, luces de todos los colores inundaron sus ojos, recuerdos felices entraron en contacto con su supuesta piel, millones de partículas de energía pura chocaron contra su cuerpo por distintos flancos a la vez, jugando con la pesadillita, usándola como si de un balón se tratara. Aprovechó un instante de paz proporcionado por la rapidez con la que los jóvenes pierden el interés en las cosas y huyó despavorida.
Se replanteó su existencia. Practicó la empatía. Decidió que no quería que nadie sufriera jamás lo que a ella le había ocurrido, y siendo consecuente con su decisión, se convirtió en un sueño reparador.
Luz, más luz
En algún momento de su corto periplo, mientras convertía una madrugada azul oscuro en una mañana gris, un alumno que estaba sentado en la ventana de su clase de dibujo técnico advirtió algo curioso y, aunque en el fondo sabía que no, nuevo: la luz se había descompuesto, y ahora su espectro recorría el cielo entre diminutos prismas acuosos.
-Vaya, un arco iris -dijo, a nadie en particular.
Silencio.
-Impresionante, creí que nunca volvería a ver uno. Este curioso planeta cada día me sorprende más y más -se dejó oír al fondo.
El profesor de dibujo, sin embargo, se levantó, y caminó hacia la ventana. Era artista, un pintor reconocido que había rechazado dar clases de arte para enseñar dibujo técnico y, en sus propias palabras, luchar contra la mediocridad artística contemporánea -no participando en la producción en masa de artistas.
domingo, 24 de enero de 2010
Sentenciado a ser feliz
Las balas, que rasgaban el aire y se dirigían a velocidad insospechada hacia sus objetivos, recapacitaron sobre su conducta y volvieron hacia atrás, dejando incrédula a la pistola y feliz al receptor.
Los grilletes, cansados de abrazar muñecas hasta la asfixia, se solidarizaron con sus prisioneros, y una vez abiertos de par en par, los invitaron a correr y a gritar.
Las cadenas, hartas de anudarse a las personas y fijarlas a cualquier lugar, abandonaron sus puestos de trabajo y se lanzaron a vivir su propia vida como no lo habían hecho jamás.
Los barrotes, siempre duros y estáticos, ablandaron su carácter y expandieron su espectro emocional con la euforia. Tomaron clases de baile y elasticidad y danzaron unos con otros, como solistas o en conjunto, se movieron hasta que se terminaron todos los valses o perdieron el sentido de tanto zarandearse.
Las llaves, únicas y esbeltas, rompieron los llaveros y derrocaron a la maestra que las tenía esclavizadas. Luego se abandonaron a un sueño plácido y reparador, donde cada una encontraba su correspondiente y querido candado.
Y así fue como, gracias al boicot sufrido por parte de sus propias creaciones, la especie humana no puedo seguir con la política que permitía a sus componentes privarse entre ellos del derecho a la libertad, a la vida, o muchas veces de ambos a la vez.
No fue la humanidad, sino otros seres mucho más humildes e insignificantes los que lograron que la primera quedara imposibilitada para autodestruirse, obteniendo así una paz y una armonía insoportablemente largas e inmerecidas por igual.
jueves, 21 de enero de 2010
Princeps crudelitatis
De golpe una voz se hizo escuchar entre el gentío, animando a los presentes a guardar silencio. Se trataba de una figura oscura y desmenuzada, vagamente parecida a un sol o quizá a una luna, brillante y apagada a la vez. Con su discurso, gritos de fervor salieron de nuestras gargantas y éxtasis puro corrió por nuestras venas. Nuestros dejes de racionalidad se perdieron y profundas sensaciones e imágenes, escondidas en la oscuridad de una inexistencia eterna, dibujaron sus contornos en su piel. Todos a uno, como un solo hombre, como una sola mujer, como un solo ser trascendente y ecuánime, nos lanzamos contra el ente central. Comprimimos el odio y el amor y la desidia y la esperanza y la felicidad y la impotencia en un solo movimiento universal y lo llevamos a cabo de una forma magistral. Echamos a reír y a llorar y a cantar y a bailar y a soñar a la vez hasta que el mismo tiempo se volvió inexacto y la realidad se difuminó, dejando entrever la barrera que separaba el mar del horizonte.
Después, en algún momento que no me atrevo a ubicar, volví a abrir los ojos y me sentí insoportablemente vacío. Ahondé en mi persona y vislumbré retazos de lo que quizá ocurrió y mis ojos derramaron lágrimas que desesperadamente cayeron al vacío pero nunca llegaron a impactar en el suelo. En ese mismo momento comprendí. No me hallaba vivo ni muerto; había cambiado mi yo íntimo por una orgía de completa plenitud. Densa, intensísima, un todo concentrado en la nada más ínfima. Había cambiado mi infinidad por un placer que, aunque supremo, sólo había durado la perpetuidad de un instante. Y ahora me veía degradado a la condición de ausencia; condenado a recordar sin tener memoria, a desgarrar mi esencia con una voz que nunca nadie podría ni oír, ni perdonar.
Una historia sin título. Uuh, ¡qué miedo!
-Aquí no hay leña, Ron.
-Entonces...¿nos cortará a nosotros?
-Puedes contar con ello.-y, ante la cara de espanto de Ron, añadió- Tranquilo, tengo un plan. Cuando cuente tres, tú te lanzas contra él.
-Vale, ¿ y qué haces tú?
-Salir corriendo.
-Vale...¡eh! ¿Y a mí me mata? No sé, quizá deberíamos pensar en un plan B.
-¿Tú crees?
-Claro. ¡Oye! Acabo de darme cuenta de una cosa. Tenemos una escopeta. ¿Cómo no nos hemos acordado antes?
- Serán los nervios.
-¿Sí?
-Claro.
-Jo, qué listo eres, Joe. Venga, a la de tres disparo. Una...dos...y...¡tres!
-No has disparado.
-No quedan balas.
-Joder, habrá que volver al plan original, venga, esta vez también puedes correr tú.
- ¡Bien! Venga, una...dos...y...¡tres!
A la de dos Joe ya se encontraba a unos metros del maníaco del hacha, llamémosle maníaco del hacha, Ron, sin embargo, esperó hasta llegar al cuatro para empezar a correr. De todos modos, a todos debería sorprendernos que Ron hubiese conseguido contar hasta cuatro sin confundirse.
Corrieron y corrieron. Ron, que era muy rápido, alcanzó fácilmente a Joe, y se encaminaron hacia la casa de este, cosa que habían decidido telepáticamente, por dos razones:
a) En casa de Ron nunca había nada bueno para comer, en la de Joe sí.
b) La primera razón era más que suficiente.
Cuando por fin llegaron, se dieron la vuelta, efectivamente, el maníaco no les había seguido.
Una vez a salvo, se dieron cuenta de que los padres de Joe no estaban en casa, cosa lógica, puesto que se habían ido de viaje una semana. Cuando volviesen, quizá descubrirían la casa en llamas, Joe no era un tío demasiado responsable.
Después de comer algo, ya que tanta carrera les había cansado, decidieron que llamarían al resto del grupo de amigos, les pareció que, si el maníaco aparecía, mejor morir cinco que dos. ¿Por qué? Quién sabe.
Decidieron llamar primero a Kate, por dos razones, primero, Kate estaba buena, qué coño, y segundo, era la más inteligente, por lo tanto, en caso de crisis, sabría qué hacer.
Kate les dijo que eran idiotas, que seguramente estaban alucinando, y que, finalmente, no jodieran, pero, como no tenía nada mejor que hacer, acabó acudiendo a casa de Joe.
Luego, llamaron a Britney, que, a pesar de estar bastante buena, era la clásica rubia tonta. La llamaron porque pensaron que, si el maníaco acababa con toda la humanidad, al menos tendrían a dos chicas con las que repoblar el mundo.
Y, finalmente, remoloneando un poco, porque era un fanfarrón, llamaron a Josh. Josh era el típico atleta de instituto, vamos, un gilipollas, la verdad es que nadie sabía qué hacía en el grupo, pero en el fondo, era un tío majo.
Hablando un poco de todos, Joe era un tío normal, no era un lumbreras, pero tampoco idiota. Su principal característica era que llevaba colado por Jane desde el jardín de infancia, cuando juntos comían arena. Ron no tenía muchas luces, pero era un tío gracioso, a todo el mundo caía bien, era un tipo simple, en el que se podía confiar.
El primero en llegar fue Josh, era un gilipollas, pero puntual. Luego apareció Britney ,y, finalmente, Kate, que era un poco despistada, y por un corto periodo de tiempo se habia olvidado de adónde tenía que ir.
-Bien, ya estamos todos-dijo Joe-ya os hemos explicado por teléfono qué es lo que ha ocurrido y, aunque algunos no nos creen-miró hacia Kate- es cierto, y pensamos que ese loco podría venir a por nosotros.
-Creo, -dijo Britney- que deberías explicarnos cómo era ese tío, por si nos lo cruzamos.
-Debe ser la primera cosa inteligente que dices.- dijo Joe- Bien, veamos...era un tío alto y delgado...
-¿Cómo de alto? -preguntó Josh.
-Yo qué sé, mediría uno ochenta, o así. Moreno, de pelo rizo...
En ese momento sonó el timbre. Britney fue a abrir. Vió por la mirilla, vió a un tío alto, moreno, de pelo rizo, delgado...y abrió la puerta.
Él le clavó un cuchillo en el estómago, y se largó, no se sabía por dónde, ya que Britney estaba ocupada con su herida. Gritó.
Todos acudieron corriendo.
-¿Qué ha pasado?-preguntó Ron.
-Un...un hombre, me ha acuchillado. ¡En el estómago!
-Nunca lo habría adivinado.-dijo Kate.
-Sí, desde luego, Ron, haces unas preguntas...-dijo Josh.
-Bueno, bueno, pero, ¿quién fue?-preguntó Ron, colorado.
-Quizá primero deberíamos vendarle la herida a Brit, no parece que se lo haya clavado mucho, pero sangra un poco. -dijo Kate.
Una vez hubieron vendado a Britney, y conseguido que se tranquilizase un poco, ella les explicó qué había ocurrido.
-El hombre llamó a la puerta, era alto, moreno, delgado, de pelo rizo...
-¿Eres idiota? ¿por qué le abriste?-gritó Joe.
-Es que...es que...tú dijiste un metro ochenta, y este mediría...uno setenta y ocho. ¡Yo no tengo la culpa!
-Brit tiene razón, deberías haber sido más específico, ha sido culpa tuya-dijo Josh.
-Tú lo que quieres es llevarte a Britney a la cama-dijo Joe.
-Esperad, ¿adónde se ha ido el loco?-dijo Kate, siempre pendiente de lo importante.
-¿No se habrá metido en casa?-preguntó Ron, con cara de estar a punto de mearse en los pantalones.
-Bien, -dijo Kate- haremos dos grupos, unos que inspeccionen el piso de arriba, y los demás el de abajo, Britney se quedará en el sofá. Yo iré con Ron e iremos arriba, y Joe con Josh, abajo. Así habrá alguien con sentido común en cada grupo.
Cuando Kate y Ron subieron las escaleras, Joe y Josh se encaminaron hacia la cocina, y una vez que se hubieron cerciorado de que allí no había ningún asesino, decidieron bajar al sótano.
Mientras, Ron y Kate inspeccionaron el piso de arriba. Cuando estaban entrando en la habitación de Joe, oyeron a Britney gritar en el piso de abajo.
-Brit está gritando, deberíamos ir a ver qué pasa-dijo Ron, preocupado.
-No, -dijo Kate- ya ha dejado de gritar, así que una de dos, o estaba haciendo el paripé para asustarnos o ya está muerta, será mejor que nos quedemos aquí, si no queremos acabar igual.
"Menuda frialdad", pensó Ron.
Josh y Joe, sin embargo, subieron corriendo del sótano para ver qué ocurría. Cuando llegaron al salón, se encontraron a Britney tirada en el suelo, cubierta de sangre, y, a todas luces, muerta.
Vieron al rededor, no había nadie. Empezaron a gritar, y, puesto que creyeron que debían ayudar a sus amigos, Ron y Kate bajaron corriendo las escaleras.
Ron, al ver a Britney, se puso muy pálido, para después pasar a un tono más verdoso, terminando por vomitar en la alfombra.
-Eh, eh, tío, que es mi casa.-dijo Joe, en un alarde de sensibilidad hacia su amigo.
Cuando Ron hubo parado de vomitar, se dieron cuenta de que debían llamar a la policía. Lo intentaron, la línea estaba cortada y se estaba haciendo de noche. Empezaron a tener miedo. Mucho miedo. Intentaron encender las luces, tampoco iban, y no podían recurrir a ningún vecino, porque su casa estaba algo apartada del resto.
Como no querían quedarse en el salón, con el cadáver, ya que, en fin, dicen que un muerto no es la mejor compañía, se encerraron en la habitación de Joe, encendieron unas cuantas velas para que Josh no intentase meter mano en la oscuridad, y buscaron armas con las que defenderse.
Josh cogió el único arma que había de verdad, la navaja de Joe, alegando que formaba parte del equipo de fútbol y que, por tanto, no podían permitirse perderle. Ron, por su parte, había cogido un puñado de bolígrafos y lápices y se los había colocado en las manos con celo a lo Lobezno, algo ridículo, en opinión de Kate, que, por su parte, pensaba utilizar como arma la lámpara de la mesilla de noche de Joe. Por último, éste había cogido lo único que quedaba que le parecía que podía resultar mortífero: una percha.
Se encontraban en una acalorada discusión sobre quién vencería en una pelea, si Batman o Superman, cuando oyeron pasos procedentes de las escaleras.
-Mierda-dijeron todos al unísono.
Se pusieron en posición de combate, esperando a que llegase el loco asesino de la pala, que, a pesar de llevar un hacha, quedaba mejor "asesino de la pala". Bien, el caso es que, en cuanto llegó ante su puerta, comenzó a clavar el hacha en ella. Los cuatro amigos, en lugar de tener miedo, se quedaron perplejos.
Joe se acercó lentamente y abrió la puerta.
-Eh, tío, que es mi casa, ¿qué coño crees que haces?
-Echar abajo la puerta para poder acabar con vosotros, ¿a ti qué te parece, mocoso?
-Que sí, que vale, que quieres matarnos, pero la puerta estaba abierta.
-Oh...vaya, no lo había pensado, creí que la habríais cerrado con llave, sería lo lógico.
-No tiene cerradura...
-Bueno, da igual, ¡os mataré ahora mismo!
-Pero, ¿por qué? Y ten cuidadito, ¿eh? Que tenemos aquí a la reencarnación de Lobezno- dijo Kate, señalando a Ron-y a Perchaman- dijo señalando a Joe.
-Eh, ¿y yo qué?-dijo Josh
-Tienes una navaja, como mucho eres un atracador de poca monta.-contestó Kate.
-Tú tienes una lámpara.- se defendió Josh.
-Pero es una lámpara retro.
-¿Y qué?
-Que mola.
-Callaos de una vez.- dijo el asesino de la pala, viendo que aquella conversación no terminaría nunca-os mataré, tanto si sois Lobezno como la reina del mundo.
-Ninguno de nosotros es la reina del mundo.-contestó Joe.
-Oh, no me digas.-respondió el loco chiflado.
Y, sin más dilación, levantó el hacha, se lo clavó a Josh en la cabeza, matándolo en el acto, después le cortó la cabeza a Ron, que intentaba defenderse con sus nuevas garras. Se dirigió entonces hacia Kate, que se había escondido tras Ron, y, cuando fue a clavarle el hacha, Joe se interpuso en su camino en un alarde de valentía, y se la clavó a él. Bien, sólo quedaba la chica, que, horror, salió corriendo de la habitación. Por suerte para el asesino, no era demasiado rápida, la alcanzó en las escaleras y le clavó el hacha varias veces. Disfrutó con ello. Era divertido.
Una vez se los hubo cargado a todos, se dispuso a marcharse de aquella casa. Quizá iría en busca de otras víctimas, o puede que se fuese a su casa y se tomase un buen chocolate calentito, porque había hecho un buen trabajo y se lo merecía.
Tiró el hacha al suelo, ya no lo quería, y le daba igual dejar huellas. Se dispuso a bajar las escaleras, pero no tuvo en cuenta la sangre que había derramado el cuerpo de Kate, resbaló y se cayó, rodando por las escaleras y empapándose de sangre de su última víctima. Se partió el cuello, y ahí se quedó, más muerto que un cadáver.
Irónico, ¿no?
miércoles, 20 de enero de 2010
Horrorcomoedia Noctis
El tiempo, que es sin duda uno de los pocos fenómenos que la raza humana no ha podido subyugar todavía, no terminaba de decidir de qué color quería pintar el cielo esa mañana.
En ese mismo momento, en una de las calles de La Ciudad, un hombre de aspecto preocupado transitaba la misma acera una y otra vez. Pese a que sudaba copiosamente debido al calor, un paraguas negro reposaba bajo su brazo. Nadie prestaba atención al curioso personaje. Era como una sombra más, uno de los muchos decorados en los que la gente no se fija porque siempre han estado ahí. Jack, puesto que éste el nombre del extraño hombre, era considerado un loco por la gente de La Ciudad, que a partir de ahora llamaremos Londres.
No la clase de loco que puebla los diferentes distritos de la ciudad de Chicago y se dedica, incesantemente, a asustar a los turistas novatos con la velocidad de la silla de ruedas en la que viaja; tampoco el representativo desequilibrado mental, encerrado en alguna suerte de centro psiquiátrico porque una sociedad irracional considera su comportamiento inaceptable. Jack estaba loco porque era excesivamente cuerdo.
Cada mañana, al salir de casa para dar su paseo matutino, cogía su paraguas sin escuchar el parte meteorológico o quizá dedicar una simple mirada al cielo. En alguna parte de su cerebro tenía grabada una inscripción que dictaba: no me gusta mojarme. Y la mejor forma de evitarlo era llevar siempre un paraguas encima. No podía comprender por qué los otros transeúntes se extrañaban con según qué actitudes, consideradas extremadamente adecuadas y corrientes por él.
Esta vez su mente estaba ocupada por otras líneas de pensamiento, muy distantes de las que circulaban por los cerebros inactivos de los otros miembros de la raza humana. Él estaba siendo acosado por la preocupación. No una preocupación banal e intrascendente, sino una de carácter crucial y relevante: estaba experimentando odio. Era la primera vez que sentía esa sensación en concreto, así que la ya nombrada preocupación se mezclaba con la inquietud y la excitación. Quizá hubiera sido el influjo que ejerció sobre él aquel cielo de color indefinido, quizá la realidad hubiera elegido ese momento para manifestarse, o quizá simplemente algún extraño ente superior había decidido que las cosas fueran así, pero, al fin y al cabo, la verdad es que Jack debía replantearse de nuevo el sentido de su vida.
Hasta ese momento jamás encontró ningún tipo de problema derivado del acto de existir. Él se ceñía a su rutina, sin dedicar ningún tipo de interés especial a las demás personas: por la mañana, paseaba; disfrutaba del paisaje y del aire fresco. Al mediodía almorzaba y posteriormente se dirigía al trabajo. No le entusiasmaba demasiado, era el gerente de una sucursal bancaria bastante trivial, pero aún así estaba acostumbrado a sacar provecho del dinero ajeno. Después de cumplir con sus quehaceres volvía a su casa. Tomaba un whisky, leía exactamente treinta minutos y luego se acostaba. No estaba casado y no le importaba, no se sentía solo.
Ahora nada de eso tenía sentido, no con el odio deslizándose de un lado a otro de su corazón. No podía seguir errando por las calles mientras veía como la muchedumbre arrollaba a las pobres ancianitas indefensas; mientras los jóvenes analfabetos incitaban a delicadas muchachas a entrar en sus respectivos coches, durante las intempestivas horas de la noche; mientras el gentío desconsiderado actuaba, de forma consecuente con su modo de ser, contra toda alma despistada que pudiera encontrar; mientras que él mismo, muy distante de intervenir a favor de los vilipendiados, se limitaba a deambular de una esquina a otra, con su paraguas bajo el brazo y las gotas de sudor lagrimando por su frente.
El odio, antes sólo dirigido a los demás individuos, empezaba a volverse contra él mismo. Era desconcertante. Medio siglo de ignorancia destruido en una apenas unas cuantas horas, y ni siquiera conocía el porqué. Jack resolvió intentar reparar el daño que había causado. Debía intentar corregir la sociedad fuera como fuera.
Puesto que se trataba un hombre muy metódico, decidió que lo mejor sería empezar por el principio. Es decir, por él mismo; por su banco.
Nuestro personaje no era una mente brillante, pero durante su juventud había asistido a varias clases obligatorias, y durante su madurez había sido instruido por la escuela de la vida. Cumplió con sus obligaciones laborales y, al término de la jornada, le pidió a una joven empleada que esperara diez minutos antes de marcharse, alegando una charla sobre un posible aumento de sueldo. A los veinte minutos, cuando Jack se aseguró de que los demás trabajadores habían abandonado la oficina, se dirigió sin contemplaciones a la impaciente muchacha y la asesinó brutalmente, clavándole repetidas veces un cuchillo –sacado previamente del cajón de su escritorio- en el vientre. Luego, sin inmutarse lo más mínimo, escribió con la sangre del cadáver una inscripción en la pared de su propio edificio: “Si no os sabéis comportar por vosotros mismos, yo os castigaré hasta que aprendáis.”
La pobre chica había sido una víctima casi circunstancial. En realidad, él la había elegido porque estaba a su abasto, y al fin y al cabo, todo el mundo es culpable de algo. La cuestión es que su muerte serviría de ejemplo. Esa noche Jack tomó doble ración de whisky, leyó sólo veinte minutos y se fue a dormir satisfecho. Cuando, a la mañana siguiente, le despertó una mano golpeando su puerta, tuvo la sensación de que había apenas habían pasado cinco minutos. Se levantó, completamente fresco y con renovadas energías, y abrió. Se trataba de la policía: una mujer había sido asesinada en la oficina donde trabajaba.
Lo sometieron a un duro interrogatorio que le pareció casi divertido. Mintió con jovialidad a todas las preguntas que podían implicarle y asintió con gravedad cuando le agradecieron el tiempo prestado. Despidió amablemente a los agentes de la ley, que abandonaron el edificio pensando que todos los ciudadanos debieran ser como Jack: cordiales, temerosos de la autoridad y, por encima de todo, cooperativos.
Después de la visita sorpresa, nuestro homicida justiciero abandonó su rutina y caminó hasta la sucursal. Se había armado un gran revuelo. Los policías habían acordonado el recinto y los trabajadores estaban muy alborotados; la mayoría no sabía con certeza qué había pasado. Jack, alzando la voz, les transmitió las noticias que, pocas horas atrás, le habían comunicado a él. Luego, después de acercarse a una cabina para llamar a la central londinense a la que su banco estaba subordinada, anunció a los empleados que disponían todos de quince días de vacaciones, hasta que se aclarase el asunto. Estos, cuando lograron reprimir sus llantos y tranquilizar sus almas, agradecieron la comprensión a su superior y se movilizaron, la mayoría abatidos, hacia sus respectivas casas.
Jack estaba orgulloso. La gente no comprendía la mayoría de palabras o ideas, pero sí los hechos. Contento con los resultados, resolvió repetir esa misma noche; esta vez lejos de las calles que frecuentaba, no fuera que los agentes de la ley decidieran ser eficientes por una vez.
Se decidió por uno de los barrios marginales y pobres situados al oeste de la ciudad. Ya entrada la noche, deambuló por el sucio pavimento hasta que dio con la persona que buscaba: una mujer de alterne, una prostituta, una acechona o, como a él le gustaba llamarla, una puta. La mujer, ligera de ropa pese al frío nocturno, sonrió al ver a Jack. Éste aumentó el paso hasta llegar a su lado, y rápidamente le expresó el deseo de contratar sus servicios. Siendo ambos los únicos compañeros de una noche profundamente oscura, no fue muy difícil para nuestro personaje convencer a la joven, mediante una sustanciosa suma, de dirigirse juntos hacia un apartado callejón donde gozar de unos minutos de placer. Una vez allí, sacó a relucir su cuchillo y rajó la garganta a la señorita antes de que pudiera proferir ninguna clase de grito. Luego, con mano ya experta debido a la práctica, aplicó su característico sello al vientre del cuerpo que yacía sin vida a sus pies. Finalmente, dedicó cinco minutos a formular una frase original y repitió el mismo proceso que había llevado a cabo la noche pasada con la empleada: bañó su dedo repetidamente en el estómago de la mujer y escribió en la pared: El dolor ayuda a grabar lecciones importantes en la memoria.
Volvió a casa dando un pequeño paseo, tomó tres copas de whisky y apenas leyó diez minutos. Apagó la vela y trató de dormir, pero la excitación le mantuvo insomne toda la noche, o lo que quedaba de ella. Ya levantado el sol, creyó oír tres golpes sordos provenientes del rellano de la escalera. Se levantó, se vistió con prisas y abrió. No había nadie. Quizás no habían descubierto el cadáver todavía. Sin molestarse en desvestirse de nuevo, se tumbó en la cama y durmió, a intervalos, varias horas. Cuando hubo descansado lo que él considero suficiente y tomado un pequeño refrigerio, salió a comprar el periódico, no sin antes recoger su paraguas. El titular clamaba: “Otra misteriosa joven muere a manos de un implacable asesino. Aparecen extrañas inscripciones en el lugar del crimen”. Jack, más que satisfecho con el resultado, empezó a planear su futura actuación. Parecía que estaba ayudando a la comunidad, así que era su obligación continuar.
Guardó el periódico bajo el brazo libre y volvió a subir las escaleras que conducían a su casa. Allí se sentó en una silla, y mirando por una de las ventanas que daban a calle, empezó a cavilar. A los diez minutos ya tenía el próximo objetivo decidido: una inocente niña. Luego discurrió sobre cómo podía hacerse con una. No era viable acercarse a los barrios pobres y comprarla, aunque los padres valoraban más el mobiliario que las descendientes. Aún disfrazado era factible ser reconocido por alguien, puesto que no pasaba precisamente desapercibido en la ciudad. La opción de vagar durante la noche por las calles en busca de alguna rezagada estaba descartada; todo el mundo sabía que había cosas muchos peores que Jack. Así pues, sólo le quedaba la seducción.
Una vez detallados los pormenores, nuestro héroe redentor se levantó de la silla y salió a la calle otra vez. Pasó por una pastelería y compró unos cuantos dulces; realmente parecían deliciosos. Jack creía que todo ser humano tenía su precio, y el de los críos no solía ser demasiado elevado. Deshizo el camino, se cambió de ropa y envolvió los dulces junto con una barba y bigote postizos. Esta vez no se dirigió a los barrios más alejados, sino que caminó convencido hasta los suburbios situados cerca de la orilla del Támesis. Una vez se hubo alejado a una distancia prudencial de lo que habitualmente llamaba hogar, buscó un rincón apartado y se cubrió la cara con el vello sintético. Se acercaba la hora de la verdad, así que concluyó la caminata sentándose en el banco de un parque, decidido a esperar el ocaso observando cómo jugaban y se ensuciaban los herederos de las más ricas familias londinenses.
Poco a poco los chavales fueron disipándose, hasta que sólo quedaron los caprichosos que no hacían caso a sus madres cuando los llamaban a cenar. Entonces Jack entró en acción. Se acercó cautelosamente a una solitaria muchacha, que agotaba la luz del sol haciendo castillos en el banco de arena, y le preguntó si quería uno de los dulces que él portaba en la bolsa. Ésta le miró, primero con desconfianza y luego con avidez, y alargó la mano mientras murmuraba un apenas audible sí. Escogió un pastelito de crema y lo mordisqueó lentamente, demostrando ya desde la más tierna infancia el linaje que ostentaba, siendo sólo traicionada por sus ojos, que no podían evitar brillar mientras contemplaban el resto de manjares. Jack le preguntó si quería otro y ella respondió que sí con muchísimo más aplomo. –Primero tendrás que decirme cómo te llamas-, le dijo él con una sonrisa en el rostro. –Me llamo Anne- respondió la chica, educada. –Ven conmigo, Anne, te llevaré a un lugar donde podrás encontrar tantos como quieras-. La chica dio la mano a Jack y ambos desfilaron juntos, prácticamente como abuelo y nieta, a un lugar de donde sólo uno iba a volver.
Después de cinco minutos de paseo, el barbudo disfrazado y la inconsciente jovencita llegaron a un callejón demasiado apartado. Se notaba la calidad del lugar, puesto que incluso en rincón había menos polvo que en la mayoría de calles comerciales, ya ni hablar de las pobres. Para terminar con el episodio, Jack dejó caer las chucherías al suelo, y, ante la mirada incrédula de la niña, desenvainó su arma blanca. Cuando ella quiso reaccionar, un enorme cuchillo ya hendía el aire y un brutal tajo le dejaba la cabeza casi separada de los hombros. El homicida, mediante una precisión digna de un carnicero, y posiblemente debido a la costumbre, asestó varios golpes al estómago del cuerpo que había perdido la vida prematuramente. Como no podía ser de otra forma, se empapó de la sangre fresca y pintó la rutinaria frase: “Anne no era una buena chica. Prácticamente nadie lo es. Redimid vuestras culpas o sólo encontraréis la muerte.”
Jack volvió corriendo a casa, ligeramente perturbado. Casi se sentía mal, pero a las pocas cosas la sensación se disiparía. Lo primero que hizo al llegar fue terminarse la botella de whisky, e inmediatamente después encendió la chimenea, donde quemó el disfraz y el resto de golosinas. Una vez se sintió a salvo, se desvistió y se metió en la cama, logrando conciliar el sueño al cabo de unos pocos minutos.
Se despertó intranquilo a la mañana siguiente, y tardó unos segundos en recordar los hechos transcurridos durante el pasado día. Se levantó, desayunó, se vistió y salió a por el periódico, como ya había hecho el día anterior. Al leer el titular, tuvo que reprimir una sonrisa de satisfacción. “El Destripador se cobra una nueva víctima”. Los detalles también eran muy interesantes. “Hoy por la mañana, un grupo de ciudadanos han encontrado el cadáver de la joven Anne Gallagher, heredera de una de las familias más ricas de todo Londres, mutilado en un solitario callejón”. El artículo también citaba la frase que habían hallado y toda una serie de conjeturas sobre la identidad del posible asesino. No se acercaban para nada a la verdad.
Orgulloso y contento con su trabajo, Jack creyó conveniente tomarse un período de descanso antes de seguir con su tarea de reformar la sociedad. Empezó por relajarse; los últimos tres días habían estado a rebosar de emociones fuertes, así que dedicó jornada siguiente al descanso absoluto. Nunca jamás había dormido tan plácidamente como durante esas veinticuatro horas. Al término de este período, decidió reanudar su rutina con un paseo, pero un hecho inesperado quebró su creciente felicidad.
Como ya adelantaba, Jack bailó hasta la calle. Se sentía profundamente realizado y el odio casi había remitido por completo. Quizá ya le faltara poca penitencia por cumplir. Pese a que hacía un día soleado, de golpe unas nubes negras se arremolinaron por encima de la ciudad y descargaron una repentina lluvia sobre las cabezas de los transeúntes. Jack sólo tuvo que abrir su paraguas mientras disfrutaba de ver mojarse a los demás. Todo parecía perfecto.
Se acercó a un muchacho y le compró el periódico por unos pocos peniques. Quizás hubiera noticias frescas sobre sus hazañas. Sin embargo, lo que vio le desfiguró el rostro por completo: “El famoso asesino en serie es por fin capturado”. No se paró a leer nada más. Algún hijo de la gran puta, puesto que no había otra forma de llamarlo, pretendía aprovecharse de su actuación. Era completamente inconcebible. Sin perder ni un solo instante, se dirigió a su morada y recogió todo cuanto podía implicarlo: el cuchillo, la ropa manchada de sangre, un pañuelo, perteneciente a la prostituta, el cual tomó por accidente. Lo embaló con prisas y se propulsó hacia la comisaría más cercana.
Irrumpió en ella a gritos, exigiendo a los guardias hablar con su superior. De entre ellos avanzo un tipo alto y fornido que dijo llamarse Thomas King. Apenas era un teniente.
Sin pararse a respirar, Jack le entregó el paquete con los objetos y le confesó todos sus delitos. Explicó detalladamente cómo había llevado a cabo los asesinatos, mientras, por igual, insultaba ferozmente al bandido, sin hallarse éste presente, que pretendía hacerse pasar por él y llevarse el mérito de sus acciones. El oficial, impertérrito ante las vociferaciones de nuestro exaltado homicida, y convencido de la validez de las pruebas que el sujeto presentaba contra sí mismo, mandó arrestarlo.
Desde el primer momento se declaró culpable. Arremetió e insulto, tanto tiempo como duró el juicio, al pobre desgraciado que había intentado suplantarlo. Al final, el juez, no tuvo más remedio que liberar al falso Destripador sin ninguna clase de cargo, puesto que simplemente se trataba de un demente, uno de los que catalogamos como típicos, que instantes después de escaparse del psiquiátrico aprovechando un descuido de sus vigilantes, corrió por las calles proclamando a los cuatro vientos su falsa identidad. Para Jack la sentencia no fue tan magnánima: le condenaron a colgar de la horca hasta morir.
El hombre estuvo seguro de la rectitud de sus acciones hasta el mismísimo momento de su muerte. Cuando el verdugo le colocó la soga en el cuello y le preguntó si quería proferir unas últimas palabras, nuestro futuro espíritu habló, delante de los familiares de las víctimas de sus crímenes.
- Damas, caballeros, puede que ustedes ahora me odien e incluso se alegren de mi próxima muerte, pero dentro de unos años, cuando la humanidad esté ya perdida y nadie pueda hacer nada para remediarlo, desearán haber continuado lo que yo nunca pude terminar.
Una vez hubo pronunciado el discurso, el encargado de su ejecución accionó la palanca y el cuerpo de Jack se precipitó al vacío, partiéndose el cuello y muriendo instantáneamente.
Momentos después, los ya nombrados familiares abandonaron el recinto, aliviados al saber que el monstruo que tanto dolor les había comportado no volvería a importunarlos jamás. Todos andaban atareados con sus propios asuntos, pero si alguno de ellos hubiese dedicado una mirada al cielo, hubiera comprobado que éste tenía la misma tonalidad indefinida que el día que todo cambio para Jack.
Pennywise is back, little children
La gente que, ocupada en alguna tarea intempestiva, aún continuaba en la calle, había decidido ponerse a cubierto y llegar a su casa lo antes posible. La gente que, sencillamente, no tenía casa, probablemente no sobreviviese para ver el nuevo día.
En una finca de pisos cerca del centro de la ciudad, el pequeño Tom y sus amigos eran enviados a dormir por los padres del propio Tom, porque, aún a sus nueve años, tenían la costumbre de quedarse despiertos hasta horas bastante tardías en la noche, mientras pasaban la velada contándose relatos de fantasmas o monstruos peludos que anidaban bajo las camas de los niños pequeños que se habían portado mal con sus papás.
Oh, por supuesto que los padres de Tom no veían con buenos ojos estas pequeñas aventuras, pero pronto comprendieron que, con nueve años, poco podían hacerles comprender que no les gustaba: ellos seguían contándose esas historias cuando nadie miraba.
Pero esta noche se había acabado, sin duda. Y era una pena, porque el tiempo acompañaba (tanto que, incluso, Anne, la pequeña y miedosa Anne, había salido corriendo al sonar un trueno), pero los padres de Tom habían sido inflexibles: “¡a dormir!”, habían dicho, con el ceño fruncido y voz grave, fingiendo un enfado que, en el fondo, no era más que nostalgia. Y, por supuesto, antes debían lavarse los dientes.
El agua se arremolinaba en el lavabo, haciendo que, por un momento, no existiese el sonido de la tormenta ni el rugir de los truenos. Que, durante un tiempo, todo fuese blanco como la pasta dentífrica, y que, por tanto, los tres amigos riesen con voces claras mientras se precipitaban hacia su extraña muerte. Y el sentimiento que les colmaba en ese momento era, sencillamente, alegría: alegría porque estaban los tres juntos y eran capaces, creían, de sobrevivir a todo.
Se acostaron. Como todos los niños, no se durmieron de seguida, sino que el silencio inicial dio paso a una larga conversación entre susurros, de las que carecen de sentido si no eres un pequeñajo aburrido, y que, como todas las conversaciones entre susurros, acabó en grandes risotadas apenas disimuladas bajo las sábanas, y pronto alguien se calló y, de repente, todo fue silencio, salvo el constante batir del agua contra los cristales y, al final, se durmieron.
Y la lluvia continuó batiendo los cristales de la habitación, y la gente intentando llegar a sus casas. En algún momento, en alguna parte, comenzó a granizar: tic, tic, tic. Una hora, dos horas...
A la que hacía tres, despertaron. Jack abrió los ojos y contempló la silueta de Anne sentada en la cama, observando curiosamente la puerta que daba al balcón, cuyo cristal estaba siendo golpeado por granizo de forma incesante: tic, tic, tic.
Tom no estaba en la habitación, que ahora se hallaba en la más completa penumbra visual y auditiva, salvo por el golpeteo del granizo. Nadie dijo palabra alguna, ni movió un ápice durante un tiempo, de forma que las cosas quedaron en una calma intranquila, malsana, que parecía profetizar un empeoramiento de las cosas: la tormenta arreciaba.
El granizo rebotaba en el cristal, de forma que cada golpe tenía que ser seco y limpio. Y sin embargo, no todos los golpes eran así. Jack se incorporó, y fue a susurrarle algo a Anne, cuando ella se llevó el dedo lentamente a los labios en una señal universalmente reconocida: silencio; y continuó mirando el vacío negro que encuadraba el cristal. Pronto, Jack lo comprendió: Tom estaba allí de pie, callado, erguido, impasible.
Los segundos se sucedieron, uno tras otro, hasta que llegaron a sesenta, y por tanto no tuvo más sentido contar segundos. Los minutos se deslizaban como las gotas de lluvia por el cristal, y sobre el tintineo del granizo sonaba un rechinar curioso sobre la puerta, como algo que, al chocar, se pasease sobre el vidrio: tic, tic, tic.
La tormenta era ahora lejana, como suena la voz de tu padre o de tu madre cuando te llama de un sueño profundo, con dulzura empalagosa y un eco lejano, onírico, que se repite sin demasiado sentido, y que ahí sigue: había pasado a segundo plano. Granizo y lluvia estaban ahora difuminados, eran ruido, un elemento cuya única función era dificultar la difusión del mensaje.
Tic.
La intensidad de los golpes crecía insistentemente, de forma que cada uno parecía más alejado que el resto. De repente, un relámpago iluminó el cielo, dejando ver un rectángulo poco definido de luz blanca en la pared de la habitación, a Tom, el rostro desencajado de miedo de Anne, y una sonriente y bien parecida figura vestida de payaso al otro lado de la pared, del cristal, de la cordura y, de hecho, de la inocencia.
-Hola, Tom -dijo, alegre, mostrando, en una centésima de segundo, unos dientes afilados y amarillentos, retorcidos y feos. El relámpago dio paso, casi inmediatamente, a un trueno fuerte y arrollador: la tormenta estaba justo encima de ellos.
Y la cámara seguía a oscuras, pero no hacía falta luz para notar que Tom estaba pálido como los muertos. La tormenta seguía su curso implacable, allá fuera. Dentro, la voz alegre y bien entonada del payaso, seguía resonando entre las paredes.
-¿No te alegras de verme? ¿No piensas, siquiera, presentarme a tus amigos? ¿Vas a estar evitándome toda tu vida, a pesar de que te he enseñado secretos e historias que ningún otro crío de tu edad podría conocer nunca?
-Vete, por favor.
La sonrisa del payaso se acentuó.
-¿Cómo, acabo de llegar y ya me echas? Veo que has olvidado tus modales, pero te lo perdonaré si me presentas a tus amigos -los miró, fijamente, de tal forma que ellos sintieron que todo lo que era bueno, puro o alegre en el mundo se convertía en una sucesión de imágenes macabras, sinsentidos y crueldades innecesarias.
-Vete -aquí el payaso echó una risotada fría y aguda que hubiese alertado a todo el vecindario, de no ser porque, al parecer, hoy estaban todos ausentes. Muertos, quizá.
-No voy a irme, Tom, porque sé que en el fondo no quieres que me vaya, que lo que sientes es vergüenza, que...
-He dicho: fuera -dijo finalmente, de forma convencida y autoritaria que sorprendía en un muchacho de nueve, casi diez, años.
La sonrisa del payaso se torció. No se le vio físicamente, pero algo en la situación, en el aire, lo anunció así.
-Adiós.
Y el granizo volvió a reinar el ambiente, y los truenos y coches desbocados a sonar en los oídos de los niños. El tic-tac del viejo reloj de cuco del salón les llegó, lejano, como un recordatorio del mundo adulto, que era cálido y que les protegía. Luego, de pronto, tocó las cuatro.
Alguien, probablemente Anne -poco importaba-, dijo lo que todos habían estado pensando:
-Cuando estábamos en el salón, contando historias de... de eso -hizo una pausa para tragar saliva-, el viejo reloj no funcionaba.
Se miraron, con decidida locura, y acordaron ir a ver qué sucedía. Lo hicieron con la mirada, como suelen hacerse estas cosas en situaciones extremas, cuando no importa lo insensato que es echarse a la boca del lobo ya que, de hecho, te has dado cuenta demasiado tarde de que llevabas un buen rato dentro. Jack -el fuerte de Jack- cogió un palo de cricket que había tirado en el suelo de la habitación, y abrió la marcha con Anne pegada a su espalda, y Tom, expectante, mirando de un lado a otro, detrás.
El pasillo se extendía a sus pies, largo y siseante, a oscuras -la luz se había fundido esa misma tarde, y papá no había podido ir a buscar recambios a causa del mal tiempo-, silencioso y tétrico. Al final, en un recodo, brillaba la luz tenue de la sala de estar, que les atraía con su tic-tac llevadero.
Avanzaron un pie, y después el otro, y luego el primero, seguido del segundo, y así, durante unos pocos metros -los que les separaban de la otra punta del pasillo-, mirando a su alrededor y estremeciéndose levemente a cada paso. Los cuadros se sucedían uno tras otro, a su lado, mientras a ninguno se le ocurría dibujarles un bigote bajo la nariz, como, hacía poco, habían bromeado con hacer.
Llegaron a la esquina y tomaron aliento: saltarían gritando y alcanzarían el salón corriendo, ya que, si despertaban a sus mayores (cosa que no les preocupaba en absoluto), al menos tendrían la tranquilidad de ser unos histéricos, unos niños con una gran imaginación. Unos locos, incluso, lo cual era mucho mejor que pensarse cadáveres que, por alguna extraña razón, seguían moviéndose.
Jack fue el primero en gritar, y salió corriendo seguido de Tom.
Cruzaron el umbral, vieron el reloj, y perdieron, de golpe, toda la cordura. Los padres de Tom habían muerto, decapitados. Cada una de sus cabezas se encontraba en el cuerpo de su compañero, con una sonrisa de oreja a oreja pintada de rojo alrededor de la boca y, en el caso de la madre, un gran y tupido bigote dibujado bajo la nariz: el espanto fue tal, que despojó a Tom, durante lo poco que duró su vida, de cualquier atisbo de compasión.
De forma que, cuando se giraron para buscar a Anne y la encontraron en manos del payaso, con la mirada aterrorizada y suplicante, y Jack se echó, palo de cricket en mano, para liberar a su amiga, Tom salió corriendo hacia la ventana.
Atravesó el cristal con su masa, justo cuando se oía una risotada, se sentía una punzada de agonía, y sus dos mejores amigos dejaban de existir.
En su caída, a 9'81 m/s^2, Tom encontró un globo azul que venía hacia él con límpida y tranquila lentitud, mientras parecía no sentir la fuerza del temporal, y durante el instante en que el globo y Tom se encontraban a la misma altura*, pudo leer la leyenda impresa en grandes letras mayúsculas: “TÚ TAMBIÉN FLOTARÁS.”
Luego se partió el cuello contra el pavimento.
*Es decir, cuando la y de Tom era igual a la y del globo.