Una joven pesadilla, todavía inexperta y nerviosa, deambulaba por el mundo de los sueños en busca de una primera víctima con la que comenzar su periplo onírico. Pese a su concentración y aplicación, le llevó varias noches encontrar un sujeto idóneo para su estreno. Por el camino encontró varios escritores, algún filósofo desmemoriado y unos pocos cantantes retirados. Ninguno le pareció adecuado; todos aparentaban una fortaleza mental demasiado poderosa como para que ella pudiera crearles, con suerte, un atisbo de angustia. La pesadillita, pragmática, resolvió empezar por un niño. En este caso, escogió cuidadosamente el joven conveniente. Se decidió por una muchacha de unos seis años, Lisa. Le gustaban los caballos, el color rosa, las muñecas, las galletas de chocolate y de mayor quería ser peluquera o veterinaria, todavía no lo tenía claro. La presa perfecta.
Planificó la puesta en escena con minuciosa delicadeza: primero la engañaría haciéndole creer que su padre le regalaba un poni por su cumpleaños, después, mientras montaba el jamelgo, se internaría en una espesura negra donde unas siniestras muñecas vestidas de rosa le invitarían a galletas insulsas. No podía haber cría sobre la faz del planeta capaz de soportar aquello.
Pero, la noche que su plan se convirtió en acción nada fue como esperaba. Realmente, los hechos transcurrieron a una velocidad muy decente y pronto la intención de la pesadilla se vio truncada por un inesperado suceso. Instantes después de penetrar en la mente de la jovencita, luces de todos los colores inundaron sus ojos, recuerdos felices entraron en contacto con su supuesta piel, millones de partículas de energía pura chocaron contra su cuerpo por distintos flancos a la vez, jugando con la pesadillita, usándola como si de un balón se tratara. Aprovechó un instante de paz proporcionado por la rapidez con la que los jóvenes pierden el interés en las cosas y huyó despavorida.
Se replanteó su existencia. Practicó la empatía. Decidió que no quería que nadie sufriera jamás lo que a ella le había ocurrido, y siendo consecuente con su decisión, se convirtió en un sueño reparador.
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