Una serie de objetos pensantes, justos y racionales resolvieron reunirse para tratar de encontrar solución a una situación que ellos mismos consideraban intolerable. Las consecuencias fueron las siguientes:
Las balas, que rasgaban el aire y se dirigían a velocidad insospechada hacia sus objetivos, recapacitaron sobre su conducta y volvieron hacia atrás, dejando incrédula a la pistola y feliz al receptor.
Los grilletes, cansados de abrazar muñecas hasta la asfixia, se solidarizaron con sus prisioneros, y una vez abiertos de par en par, los invitaron a correr y a gritar.
Las cadenas, hartas de anudarse a las personas y fijarlas a cualquier lugar, abandonaron sus puestos de trabajo y se lanzaron a vivir su propia vida como no lo habían hecho jamás.
Los barrotes, siempre duros y estáticos, ablandaron su carácter y expandieron su espectro emocional con la euforia. Tomaron clases de baile y elasticidad y danzaron unos con otros, como solistas o en conjunto, se movieron hasta que se terminaron todos los valses o perdieron el sentido de tanto zarandearse.
Las llaves, únicas y esbeltas, rompieron los llaveros y derrocaron a la maestra que las tenía esclavizadas. Luego se abandonaron a un sueño plácido y reparador, donde cada una encontraba su correspondiente y querido candado.
Y así fue como, gracias al boicot sufrido por parte de sus propias creaciones, la especie humana no puedo seguir con la política que permitía a sus componentes privarse entre ellos del derecho a la libertad, a la vida, o muchas veces de ambos a la vez.
No fue la humanidad, sino otros seres mucho más humildes e insignificantes los que lograron que la primera quedara imposibilitada para autodestruirse, obteniendo así una paz y una armonía insoportablemente largas e inmerecidas por igual.
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