Transitando por las metafóricas calles de una ciudad inventada, el flujo de gente me mecía como si de una hoja al viento se tratara. Pasaba de acera a acera sin detenerme a mirar los semáforos o a pintar los pasos de cebra. Se respiraba una urbanidad abominable: sociópatas, psicópatas, asesinos, alcohólicos, vagabundos, mendigos y yo mismo, unidos por la desgracia, la desconsolación o quizá la soledad. Mezclados en una turba imparable y voraz, deseosa de serpentear por la vía y vincular más acólitos a aquel repentino acto de fe. Comprometida con la indecencia y la verdad más oscura. Resuelta a mostrar el auténtico terror que habitaba en sus corazones.
De golpe una voz se hizo escuchar entre el gentío, animando a los presentes a guardar silencio. Se trataba de una figura oscura y desmenuzada, vagamente parecida a un sol o quizá a una luna, brillante y apagada a la vez. Con su discurso, gritos de fervor salieron de nuestras gargantas y éxtasis puro corrió por nuestras venas. Nuestros dejes de racionalidad se perdieron y profundas sensaciones e imágenes, escondidas en la oscuridad de una inexistencia eterna, dibujaron sus contornos en su piel. Todos a uno, como un solo hombre, como una sola mujer, como un solo ser trascendente y ecuánime, nos lanzamos contra el ente central. Comprimimos el odio y el amor y la desidia y la esperanza y la felicidad y la impotencia en un solo movimiento universal y lo llevamos a cabo de una forma magistral. Echamos a reír y a llorar y a cantar y a bailar y a soñar a la vez hasta que el mismo tiempo se volvió inexacto y la realidad se difuminó, dejando entrever la barrera que separaba el mar del horizonte.
Después, en algún momento que no me atrevo a ubicar, volví a abrir los ojos y me sentí insoportablemente vacío. Ahondé en mi persona y vislumbré retazos de lo que quizá ocurrió y mis ojos derramaron lágrimas que desesperadamente cayeron al vacío pero nunca llegaron a impactar en el suelo. En ese mismo momento comprendí. No me hallaba vivo ni muerto; había cambiado mi yo íntimo por una orgía de completa plenitud. Densa, intensísima, un todo concentrado en la nada más ínfima. Había cambiado mi infinidad por un placer que, aunque supremo, sólo había durado la perpetuidad de un instante. Y ahora me veía degradado a la condición de ausencia; condenado a recordar sin tener memoria, a desgarrar mi esencia con una voz que nunca nadie podría ni oír, ni perdonar.
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