En algún desconocido rascacielos de la ciudad de Nueva York, desconocido porque no sé su nombre, desconocido porque nunca he estado allí, la lluvia hizo acto de presencia. Una mujer, que habitaba en el Bronx o en el Harlem, o en alguno de los barrios usualmente llamados conflictivos que tampoco conozco, asomó la cabeza por una de las múltiples ventanas del piso número 34. No era su hogar, pero sí el edificio donde trabajaba ocho horas diarias.
Tras contemplar varios minutos cómo las gotas impactaban contra los coches y los incautos que transitaban sin paraguas, oyó que su jefe la amonestaba verbalmente y la instaba a volver a su puesto. Jodido racista, seguro que creía que por ser negra, quizá iberoamericana, como usaban últimamente, no gozaba contemplando la lluvia o perdiendo un poquito el tiempo.
Entonces abrió completamente esa pequeña entrada de cielo, o, más acorde con su humor, la puta ventana que se atascaba, y desatendiendo las miradas asombradas de los demás oficinistas, sacó su cuerpo fuera y se sentó con total naturalidad en la repisa. Mientras balanceaba las piernas rítmicamente, a considerables decenas de metros del suelo, comenzó a silbar una canción cuyo nombre no recordaba y debido a ella sintió unas ganas irrefrenables de estar enamorada, de cantar mientras se abrazaba a una farola y de mandar a su jefe a tomar por culo.
El asombro se convirtió en miedo y las órdenes en súplicas. De repente toda la atención se centraba en la figura que parecía necesitada de adrenalina. Treintaicuatro pisos por debajo, la gente de la calle comenzó a señalar en la dirección de la mujer, y tras los primeros murmullos de cortesía, se formó un círculo en torno al espectáculo. Alguien responsable llamó al teléfono de urgencias, y al cabo de unos minutos, la policía y los bomberos ayudaban a propagar el desconcierto generalizado.
Todo el mundo trató de hacerse con el control y nadie lo logró. Los bomberos y los policías se gritaban unos a otros, creyendo que si alzaban el volumen de la voz sus argumentos cobrarían solidez. La mujer, por su parte, seguía sin recordar el nombre de la canción, pero eso no la frustraba. Ahora estaba ocupada pensando en cuándo pararía de llover.
El pánico había cundido y el run run de gritos de alarma y auxilio obstruyó la capacidad de concentración de la trabajadora, que una vez no pudo soportar más la situación, decidió mandar callar al personal y exigió silencio, so pena de tirarse si no lo lograba.
La multitud del piso treintaicuatro, que la había oído, enmudeció. Ella, satisfecha, preguntó a la concurrencia si alguien sabía cuándo iba a parar de llover de una puta vez. La gente, tomando su pregunta como una frase condescendiente, perfecta para romper el hielo, volvió esforzarse en su propósito de subir los decibelios.
¡No puedo, no puedo, no puedo! Esta lluvia me va a matar, si no lo hacéis antes vosotros. ¿No puede hacer un jodido buen día por una vez? No me gusta el verano, no me gusta la arena, no me gustan los peces, pero me gusta sentirme libre, me gusta divertirme, me gusta parar de trabajar. Yo hubiera querido un viajecito, al otro lado del Atlántico, visitar Europa, Alemania, Holanda, Rusia quizá.
Cada uno de sus compañeros era una máscara de diferentes emociones, definidas todas por la incredulidad. Esa mujer estaba loca; se sentaba al borde de la muerte y para lo único que tenía cabeza era para reivindicar que la lluvia no tenía derecho a aparecer tan frecuentemente. Definitivamente estaba más que loca, jodidamente loca, lunática.
La sensación de peligro se acentuó cuando la mujer empezó a gesticular y realizar aspavientos peligrosamente bruscos.
Joder, no hay derecho a que tenga que trabajar un tercio de mi vida en un puto trabajo de mierda para simplemente limitarme a sobrevivir. ¡No hay derecho! ¡No lo hay!
Y entonces resbaló y comenzó su descenso.
Mientras caía reflexionó en que le hubiera gustado tener un paraguas para no mojarse y llegar decente a su impacto contra el suelo. La ruborizaba imaginarse muriendo de cualquier forma, quizá sin el más mínimo decoro. Luego pensó en lo que dejaba atrás, su casita, sus memorias, una madre, todavía viva, unos cuantos hermanos, y no sintió un especial sentimiento de vacío al pensar que se estaba quedando sin ellos.
La gravedad hacía su trabajo, pero, justo donde el viaje finalizaba, un hombre, un bombero superpuesto a la disputa interna, estaba dispuesto, con los brazos extendidos, como si recibiera o más bien esperara que se posara sobre él una hoja de árbol. A una velocidad imperceptible para los sentidos humanos, la trabajadora finalizó su caída, muy suavemente, muy amortiguada, encima del hombre, pocos centímetros por encima del amargo suelo. La gente estalló en vítores lanzados hacia el nuevo héroe.
La mujer se levantó, tranquilamente, y explicó que había sido un error muy tonto. Realmente podría haberse hecho mucho daño. Luego, obviando las atenciones que se empeñaban en proporcionarle las fuerzas del estado, entró otra vez en el edificio y subió al piso número 34 por las escaleras, argumentando que se acercaba el verano y le iba a venir bien perder unos quilos.
Por el otro lado, el bombero, feliz de haber cumplido con su deber, compareció ante una multitud de periodistas para explicar cómo había sido posible la hazaña, inefable pese a sus múltiples testigos. Una vez hubo dado un trago de agua, aclarado la garganta y excusado por su nerviosismo, puesto que él nunca había hablando delante de tanto público, explicó que se había criado en unos de los barrios marginales de la ciudad y que apenas había recibido educación, así que en ningún momento llegó a pensar que una caída desde tanta altura no pudiera ser parada sin consecuencias por un hombre solo, sin otros medios, y contó también que se había horrorizado cuando por fin alguien lo instruyó. Suerte que no me lo enseñaron antes de que me pusiera allí abajo, eh? –Añadió-.
lunes, 19 de abril de 2010
sábado, 17 de abril de 2010
Casualidades
La bandera roja, esta vez tan alejada de los ideales comunistas, ondeaba gentilmente en lo alto de la atalaya donde descansaba la socorrista. Su significado causaba tristeza entre los pocos aventureros que osaban pisar la playa un 17 de febrero de un año cualquiera: las aguas estaban impracticables.
En el mar de dunas adyacente al que contenía las aguas, situado en algún punto indefinido entre el trópico de cáncer y el círculo polar ártico, los valientes bañistas bajaban la vista y hundían los pies en la arena, avergonzados de su situación.
Por su parte, la socorrista, sonriente por la placidez del día, levantaba unas innecesarias gafas de sol y dejaba sus párpados cerrados como última defensa antes unos rayos de sol exiguos. El invierno, reacio a marcharse, ya agonizaba en lugares como el suyo, y cada día acudían, aún con timidez, más y más visitantes necesitados de creer en la existencia del verano, en las vacaciones y recuerdos que éste prometía.
El viento del norte causaba olas lo suficientemente grandes como para que un chiquillo llorase de impotencia al oír la negativa rotunda de su padre, alarmado por la tentativa de meterse un poquitín en el agua. Sin embargo, de entre todos los valientes, uno cruzó la frontera hacia la locura a la vez que se despojaba de su camiseta y emprendía la que hubiera sido una marcha triunfante con el peligro como destino final, en caso de que hubiera habido alguien fijándose en sus pasos.
Mientras la invisible y solitaria figura adoptaba el adjetivo imprudente, la socorrista negligente dormitaba, segura de la autoridad de la bandera. Instantes después, mientras el joven, ya que hay edad máxima para las temeridades, se encontraba literalmente con el agua hasta el cuello, la socorrista bostezó, se levantó ligeramente la camiseta, sólo hasta la altura del ombligo, y cambió la posición del cuello. Cuando todavía no había tenido tiempo de dormirse otra vez, apenas el joven se hubo internado varios metros más en el agua, los justos para perder pie; las olas lo invadieron y varias toneladas de agua se dedicaron a deslizarse una y otra vez sobre el muchacho imprudente, incapacitándolo para respirar a intervalos constantes.
El chiquillo, que había estado observado la acción con envidia, le comentó a su padre que el joven debía estar a gusto en el agua, ya que llevaba por lo menos veinte segundos sin asomar la cabeza. El padre, dudoso de la veracidad de las palabras de su hijo, buscó con la mirada al muchacho, y al no encontrarlo, dio el grito de alarma, visiblemente turbado.
Laura –puesto que así se llamaba la socorrista.- oyó la voz quebrada del hombre y salió catapultada de sus ensoñaciones. Observó a su alrededor, y sintiéndose culpable, encontró con la ayuda del dedo del hombre el punto exacto donde el ahogado golpeaba el mar con furia. Entonces se tiró la atalaya, rodó sobre la arena y esprintó hasta su posición. Nadó como si se jugara su propia vida y arrastró al joven consigo hacia la seguridad de la tierra.
Colocó el cuerpo boca arriba y aplicó la teoría que había aprendido poco tiempo atrás: al ver que el joven –Jack a partir de ahora.- no respiraba, empujó fuerte y constantemente su pecho y posteriormente junto sus labios con los de Jack para insuflarle el oxígeno vital. Mientras duraba el proceso, los ojos del joven se abrieron súbitamente, y Laura, asustada, se retiró bruscamente. De la boca del hombre salieron las siguientes palabras:
- ¡Basta, basta! ¡Por favor, si sigues así sólo conseguirás ahogarme!
La socorrista, conmocionada por los últimos acontecimientos, no encontraba reacción adecuada, así que otra vez fue Jack quien habló.
- Está bien, lo siento, en ningún momento me he estado ahogando ni nada parecido, simplemente quería llamar tu atención. Yo soy Jack, encantado de conocerte; ¿cómo te llamas?
La muchacha, terriblemente confusa, dijo antes de que la rabia la dominara:
- Laura – y luego explotó.- ¿Pero tú de qué vas? ¿Crees que puedes montar todo el numerito sólo para decirme hola? ¿No podías acercarte a la atalaya? ¿No tienes nada en la cabeza? ¡¿Estás jodidamente loco?!
Y para aumentar, si fuera posible, lo surrealista del encuentro, el joven respondió, jovialmente:
- Bueno, tampoco es para tanto, al fin y al cabo no ha pasado nada. Oye, la verdad es que no tengo dinero para invitarte a un refresco, pero, ¿quieres venir a pasear conmigo esta tarde? Es gratis. -y añadió tras unos segundos.- ¡Ah! Aquí tienes tus gafas, casi las pierdes en el mar.
En el mar de dunas adyacente al que contenía las aguas, situado en algún punto indefinido entre el trópico de cáncer y el círculo polar ártico, los valientes bañistas bajaban la vista y hundían los pies en la arena, avergonzados de su situación.
Por su parte, la socorrista, sonriente por la placidez del día, levantaba unas innecesarias gafas de sol y dejaba sus párpados cerrados como última defensa antes unos rayos de sol exiguos. El invierno, reacio a marcharse, ya agonizaba en lugares como el suyo, y cada día acudían, aún con timidez, más y más visitantes necesitados de creer en la existencia del verano, en las vacaciones y recuerdos que éste prometía.
El viento del norte causaba olas lo suficientemente grandes como para que un chiquillo llorase de impotencia al oír la negativa rotunda de su padre, alarmado por la tentativa de meterse un poquitín en el agua. Sin embargo, de entre todos los valientes, uno cruzó la frontera hacia la locura a la vez que se despojaba de su camiseta y emprendía la que hubiera sido una marcha triunfante con el peligro como destino final, en caso de que hubiera habido alguien fijándose en sus pasos.
Mientras la invisible y solitaria figura adoptaba el adjetivo imprudente, la socorrista negligente dormitaba, segura de la autoridad de la bandera. Instantes después, mientras el joven, ya que hay edad máxima para las temeridades, se encontraba literalmente con el agua hasta el cuello, la socorrista bostezó, se levantó ligeramente la camiseta, sólo hasta la altura del ombligo, y cambió la posición del cuello. Cuando todavía no había tenido tiempo de dormirse otra vez, apenas el joven se hubo internado varios metros más en el agua, los justos para perder pie; las olas lo invadieron y varias toneladas de agua se dedicaron a deslizarse una y otra vez sobre el muchacho imprudente, incapacitándolo para respirar a intervalos constantes.
El chiquillo, que había estado observado la acción con envidia, le comentó a su padre que el joven debía estar a gusto en el agua, ya que llevaba por lo menos veinte segundos sin asomar la cabeza. El padre, dudoso de la veracidad de las palabras de su hijo, buscó con la mirada al muchacho, y al no encontrarlo, dio el grito de alarma, visiblemente turbado.
Laura –puesto que así se llamaba la socorrista.- oyó la voz quebrada del hombre y salió catapultada de sus ensoñaciones. Observó a su alrededor, y sintiéndose culpable, encontró con la ayuda del dedo del hombre el punto exacto donde el ahogado golpeaba el mar con furia. Entonces se tiró la atalaya, rodó sobre la arena y esprintó hasta su posición. Nadó como si se jugara su propia vida y arrastró al joven consigo hacia la seguridad de la tierra.
Colocó el cuerpo boca arriba y aplicó la teoría que había aprendido poco tiempo atrás: al ver que el joven –Jack a partir de ahora.- no respiraba, empujó fuerte y constantemente su pecho y posteriormente junto sus labios con los de Jack para insuflarle el oxígeno vital. Mientras duraba el proceso, los ojos del joven se abrieron súbitamente, y Laura, asustada, se retiró bruscamente. De la boca del hombre salieron las siguientes palabras:
- ¡Basta, basta! ¡Por favor, si sigues así sólo conseguirás ahogarme!
La socorrista, conmocionada por los últimos acontecimientos, no encontraba reacción adecuada, así que otra vez fue Jack quien habló.
- Está bien, lo siento, en ningún momento me he estado ahogando ni nada parecido, simplemente quería llamar tu atención. Yo soy Jack, encantado de conocerte; ¿cómo te llamas?
La muchacha, terriblemente confusa, dijo antes de que la rabia la dominara:
- Laura – y luego explotó.- ¿Pero tú de qué vas? ¿Crees que puedes montar todo el numerito sólo para decirme hola? ¿No podías acercarte a la atalaya? ¿No tienes nada en la cabeza? ¡¿Estás jodidamente loco?!
Y para aumentar, si fuera posible, lo surrealista del encuentro, el joven respondió, jovialmente:
- Bueno, tampoco es para tanto, al fin y al cabo no ha pasado nada. Oye, la verdad es que no tengo dinero para invitarte a un refresco, pero, ¿quieres venir a pasear conmigo esta tarde? Es gratis. -y añadió tras unos segundos.- ¡Ah! Aquí tienes tus gafas, casi las pierdes en el mar.
viernes, 16 de abril de 2010
hoy no vamos a hablar.
No hablamos los lunes porque no tenemos la suficiente confianza, porque yo soy distante y desconfiado y no me acerco a ti para preguntarte cómo te ha ido el día o exclamar qué bien te queda el jersey nuevo; porque tengo miedo al compromiso y más al rechazo, porque tengo miedo a tus sentimientos y a los míos, porque me aterra la posibilidad de que salga mal, pero también que salga bien.
No hablamos los martes porque me siento inseguro y torpe, porque me abruma tu persona y me abruma la incompetencia en que me sumes; porque tengo miedo a no llegar al nivel de mis ambiciones o al de las tuyas; porque tengo miedo a ser mi propia imaginación
No hablamos los miércoles porque estoy triste y apático, porque me desaniman los cambios constantes de humor y la impotencia que causa depender en exceso de otra persona; porque tengo miedo a no ser suficiente independiente o a no disponer de las fuerzas que siempre había creído poseer.
No hablamos los jueves porque siento autocompasión y creo que no te merezco, o que no me mereces, o cualquier tontería que se puede despejar preguntando pero no me atrevo. Porque me asusta tu círculo de amigos, tus padres o tú misma, porque tengo miedo a la no integración o al proceso en sí, porque temo que se derrumbe la imagen estoica que he logrado formar de mí.
No hablamos los viernes porque quiero hablar contigo y hago justo lo contrario; porque no tomo la iniciativa y espero que todo venga regalado. Me abstraigo del ambiente y suena el “Lay down, Sally, rest you in my arms” y me abandono al sueño, porque todavía puedo hacerlo, porque ni siquiera cuando duermo me abandonas.
No hablamos los fines de semana porque no te intereso. Te sumerges en la familia, en los amigos, entre los que yo no me cuento, te refugias en tu música y en tus planes de futuro, te aferras a tu rutina y a la esperanza de que no llegue el próximo lunes.
Y entonces llega un nuevo lunes y seguimos sin hablar, porque entonces yo me dedico a escribir textos tópicos en lugar de hablarte ahora mismo, aunque tengo la oportunidad. Porque tengo miedo o tengo la certeza de no llegar a ser nadie y eso me destroza, porque me siento solo y siento y siento que me sentiría igual de solo contigo, pero no me atrevo a preguntarte si quieres estar sola conmigo, así que me resigno a quedarme sólo solo.
Sueño con Sally y contigo, con un mundo libre de fascismo, con un mundo donde los profesores cobran ocho mil euros al mes, con un mundo sin países, sin límites políticos, sin culturas centroafricanas que practican la ablación de clítoris.
Sueño con tu música y sueño con escribir, sueño con callar contigo y con ser mudos. Sueño con un mundo donde no soy frío y distante, sino que me intereso por tu día y tu jersey nuevo, y también por tu sobrecarga en la espalda y el nombre del último poema que te leí, porque yo te leía poemas y hacía otras actividades propias de películas para llorar cuando estábamos juntos, ya que posiblemente tenías cáncer y apenas te quedaban unos pocos meses de vida.
Sueño con la playa y la arena que odio pero a ti te encantan, sueño con las palmeras de cine y las aguas cristalinas, inexistentes, sueño que me ahogo voluntariamente y tú me rescatas, porque eres una socorrista de élite, de las que hacen el boca a boca, porque lo practicas conmigo y yo te digo que pares, porque si no lo haces me vas a ahogar.
Sueño con una felicidad de color negro, con una felicidad elegante, sueño con un panel electrónico que me escriba mis propios sentimientos y los tuyos, sueño con que caigas de un tercer piso y yo esté ahí, para cogerte con mis brazos, para desafiar a la energía potencial y que tú me debas la vida; porque por fin estemos en paz.
Sueño que sueño y sonríes, sueño que te he imaginado y sueño que suspiro, sueño y me canso de soñar, sueño que quieres ser real y yo te dejo, qué magnánimo que soy, qué ego, qué egoísmo.
Y entonces suena el despertador y dejo de soñar, y no estoy en la playa, ni me besas, ni has caído de un tercer piso, sino que posiblemente te estés lavando los dientes y colocándote un jersey rojo, que te queda muy bien, pero yo no te lo digo.
Y entonces no hablamos porque soy un idealista y tú eres una mujer, porque estoy demasiado seguro de que todo está perdido, porque me empecino en creer en situaciones irreales y fantasías, porque no me atrevo a quitarme un peso de encima, a mentirte y mentirme y decirte que te quiero.
Porque ella se siente bien, y yo me siento a su lado, tranquilito, a mirarla.
No hablamos los martes porque me siento inseguro y torpe, porque me abruma tu persona y me abruma la incompetencia en que me sumes; porque tengo miedo a no llegar al nivel de mis ambiciones o al de las tuyas; porque tengo miedo a ser mi propia imaginación
No hablamos los miércoles porque estoy triste y apático, porque me desaniman los cambios constantes de humor y la impotencia que causa depender en exceso de otra persona; porque tengo miedo a no ser suficiente independiente o a no disponer de las fuerzas que siempre había creído poseer.
No hablamos los jueves porque siento autocompasión y creo que no te merezco, o que no me mereces, o cualquier tontería que se puede despejar preguntando pero no me atrevo. Porque me asusta tu círculo de amigos, tus padres o tú misma, porque tengo miedo a la no integración o al proceso en sí, porque temo que se derrumbe la imagen estoica que he logrado formar de mí.
No hablamos los viernes porque quiero hablar contigo y hago justo lo contrario; porque no tomo la iniciativa y espero que todo venga regalado. Me abstraigo del ambiente y suena el “Lay down, Sally, rest you in my arms” y me abandono al sueño, porque todavía puedo hacerlo, porque ni siquiera cuando duermo me abandonas.
No hablamos los fines de semana porque no te intereso. Te sumerges en la familia, en los amigos, entre los que yo no me cuento, te refugias en tu música y en tus planes de futuro, te aferras a tu rutina y a la esperanza de que no llegue el próximo lunes.
Y entonces llega un nuevo lunes y seguimos sin hablar, porque entonces yo me dedico a escribir textos tópicos en lugar de hablarte ahora mismo, aunque tengo la oportunidad. Porque tengo miedo o tengo la certeza de no llegar a ser nadie y eso me destroza, porque me siento solo y siento y siento que me sentiría igual de solo contigo, pero no me atrevo a preguntarte si quieres estar sola conmigo, así que me resigno a quedarme sólo solo.
Sueño con Sally y contigo, con un mundo libre de fascismo, con un mundo donde los profesores cobran ocho mil euros al mes, con un mundo sin países, sin límites políticos, sin culturas centroafricanas que practican la ablación de clítoris.
Sueño con tu música y sueño con escribir, sueño con callar contigo y con ser mudos. Sueño con un mundo donde no soy frío y distante, sino que me intereso por tu día y tu jersey nuevo, y también por tu sobrecarga en la espalda y el nombre del último poema que te leí, porque yo te leía poemas y hacía otras actividades propias de películas para llorar cuando estábamos juntos, ya que posiblemente tenías cáncer y apenas te quedaban unos pocos meses de vida.
Sueño con la playa y la arena que odio pero a ti te encantan, sueño con las palmeras de cine y las aguas cristalinas, inexistentes, sueño que me ahogo voluntariamente y tú me rescatas, porque eres una socorrista de élite, de las que hacen el boca a boca, porque lo practicas conmigo y yo te digo que pares, porque si no lo haces me vas a ahogar.
Sueño con una felicidad de color negro, con una felicidad elegante, sueño con un panel electrónico que me escriba mis propios sentimientos y los tuyos, sueño con que caigas de un tercer piso y yo esté ahí, para cogerte con mis brazos, para desafiar a la energía potencial y que tú me debas la vida; porque por fin estemos en paz.
Sueño que sueño y sonríes, sueño que te he imaginado y sueño que suspiro, sueño y me canso de soñar, sueño que quieres ser real y yo te dejo, qué magnánimo que soy, qué ego, qué egoísmo.
Y entonces suena el despertador y dejo de soñar, y no estoy en la playa, ni me besas, ni has caído de un tercer piso, sino que posiblemente te estés lavando los dientes y colocándote un jersey rojo, que te queda muy bien, pero yo no te lo digo.
Y entonces no hablamos porque soy un idealista y tú eres una mujer, porque estoy demasiado seguro de que todo está perdido, porque me empecino en creer en situaciones irreales y fantasías, porque no me atrevo a quitarme un peso de encima, a mentirte y mentirme y decirte que te quiero.
Porque ella se siente bien, y yo me siento a su lado, tranquilito, a mirarla.
miércoles, 14 de abril de 2010
Conversación entre un tunecino y ¡española, española!
Tunecino: Chica, bien.
Yo: ...
T: ¿Qué tal, chica?
Y: Bien...
T: ¿Cuántos años tienes?
Y: Dieciséis...
T: Ah, ¡dieciséis! Yo tengo dieciocho.
Y: Ah...
Aquí, ante mis lectores inexistentes, declaro que nunca había mantenido una conversación tan profunda e intensa. He dicho.
Yo: ...
T: ¿Qué tal, chica?
Y: Bien...
T: ¿Cuántos años tienes?
Y: Dieciséis...
T: Ah, ¡dieciséis! Yo tengo dieciocho.
Y: Ah...
Aquí, ante mis lectores inexistentes, declaro que nunca había mantenido una conversación tan profunda e intensa. He dicho.
jueves, 8 de abril de 2010
Ya oscurece
Ya oscurece y las calles están tristes. Las aceras se susurran las buenas noches entre ellas y los adoquines, lentamente desforestados, se dejan arropar por un viento prácticamente quieto, disminuido hasta la condición de soplido.
Las tristes calles se colocan en posición fetal y evitan el impulso de llevarse el pulgar a los labios. Los balcones, dispuestos en los edificios que ocupan ambos lados, bostezan, haciendo entrecerrar los ojos de unas persianas que las personas se apresuran en bajar.
Ya oscurece y los pobres árboles que sobreviven en las tristes calles se doblan sobre su espalda, reverenciando a la noche que está por llegar. El sol, rezagado, ultima sus gestiones antes de retirarse, quién sabe si pretendiendo volver.
Ya ha oscurecido y las calles siguen tristes. Mientras escuchan el suave ronquido de las aceras se preguntan cuándo les tocará descansar a ellas. Con el paso de las horas los balcones adyacentes a las tristes calles vuelven a bostezar, esta vez motivados por el despertar.
Ya ha oscurecido y el día está por despuntar. Poco a poco la claridad desvanece las sombras proyectadas por el alumbrado público y las tristes calles realizan estiramientos para recomponer sus cansados huesos. El sol, en contra de todo pronóstico, asoma ligeramente por el lado contrario al que se acostó. La mañana y la tarde trascurren con total naturalidad, como si siempre se hubieran dedicado a aquello.
Ya oscurece por segunda vez y las calles están deprimidas. No pueden conciliar el sueño y aguardan, con los ojos muy abiertos, un amanecer que saben que debe llegar.
Ya ha oscurecido y otra vez la luz pugna por dejarse ver, pero esta vez el sol se niega. Reticente y molesto, promete que es la última vez que accede. La conversación entre el astro y las tristes calles anima el lapso de tiempo entre oscurecer y oscurecer.
Ya oscurece y las calles rompen a llorar de alegría. El sol, animado por las ya no tan tristes calles y propulsado por su joventud, se ha propuesto firmemente no volver a aparecer.
Ya no puede oscurecer.
Las tristes calles se colocan en posición fetal y evitan el impulso de llevarse el pulgar a los labios. Los balcones, dispuestos en los edificios que ocupan ambos lados, bostezan, haciendo entrecerrar los ojos de unas persianas que las personas se apresuran en bajar.
Ya oscurece y los pobres árboles que sobreviven en las tristes calles se doblan sobre su espalda, reverenciando a la noche que está por llegar. El sol, rezagado, ultima sus gestiones antes de retirarse, quién sabe si pretendiendo volver.
Ya ha oscurecido y las calles siguen tristes. Mientras escuchan el suave ronquido de las aceras se preguntan cuándo les tocará descansar a ellas. Con el paso de las horas los balcones adyacentes a las tristes calles vuelven a bostezar, esta vez motivados por el despertar.
Ya ha oscurecido y el día está por despuntar. Poco a poco la claridad desvanece las sombras proyectadas por el alumbrado público y las tristes calles realizan estiramientos para recomponer sus cansados huesos. El sol, en contra de todo pronóstico, asoma ligeramente por el lado contrario al que se acostó. La mañana y la tarde trascurren con total naturalidad, como si siempre se hubieran dedicado a aquello.
Ya oscurece por segunda vez y las calles están deprimidas. No pueden conciliar el sueño y aguardan, con los ojos muy abiertos, un amanecer que saben que debe llegar.
Ya ha oscurecido y otra vez la luz pugna por dejarse ver, pero esta vez el sol se niega. Reticente y molesto, promete que es la última vez que accede. La conversación entre el astro y las tristes calles anima el lapso de tiempo entre oscurecer y oscurecer.
Ya oscurece y las calles rompen a llorar de alegría. El sol, animado por las ya no tan tristes calles y propulsado por su joventud, se ha propuesto firmemente no volver a aparecer.
Ya no puede oscurecer.
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