lunes, 19 de abril de 2010

Vaya.

En algún desconocido rascacielos de la ciudad de Nueva York, desconocido porque no sé su nombre, desconocido porque nunca he estado allí, la lluvia hizo acto de presencia. Una mujer, que habitaba en el Bronx o en el Harlem, o en alguno de los barrios usualmente llamados conflictivos que tampoco conozco, asomó la cabeza por una de las múltiples ventanas del piso número 34. No era su hogar, pero sí el edificio donde trabajaba ocho horas diarias.
Tras contemplar varios minutos cómo las gotas impactaban contra los coches y los incautos que transitaban sin paraguas, oyó que su jefe la amonestaba verbalmente y la instaba a volver a su puesto. Jodido racista, seguro que creía que por ser negra, quizá iberoamericana, como usaban últimamente, no gozaba contemplando la lluvia o perdiendo un poquito el tiempo.
Entonces abrió completamente esa pequeña entrada de cielo, o, más acorde con su humor, la puta ventana que se atascaba, y desatendiendo las miradas asombradas de los demás oficinistas, sacó su cuerpo fuera y se sentó con total naturalidad en la repisa. Mientras balanceaba las piernas rítmicamente, a considerables decenas de metros del suelo, comenzó a silbar una canción cuyo nombre no recordaba y debido a ella sintió unas ganas irrefrenables de estar enamorada, de cantar mientras se abrazaba a una farola y de mandar a su jefe a tomar por culo.
El asombro se convirtió en miedo y las órdenes en súplicas. De repente toda la atención se centraba en la figura que parecía necesitada de adrenalina. Treintaicuatro pisos por debajo, la gente de la calle comenzó a señalar en la dirección de la mujer, y tras los primeros murmullos de cortesía, se formó un círculo en torno al espectáculo. Alguien responsable llamó al teléfono de urgencias, y al cabo de unos minutos, la policía y los bomberos ayudaban a propagar el desconcierto generalizado.
Todo el mundo trató de hacerse con el control y nadie lo logró. Los bomberos y los policías se gritaban unos a otros, creyendo que si alzaban el volumen de la voz sus argumentos cobrarían solidez. La mujer, por su parte, seguía sin recordar el nombre de la canción, pero eso no la frustraba. Ahora estaba ocupada pensando en cuándo pararía de llover.
El pánico había cundido y el run run de gritos de alarma y auxilio obstruyó la capacidad de concentración de la trabajadora, que una vez no pudo soportar más la situación, decidió mandar callar al personal y exigió silencio, so pena de tirarse si no lo lograba.
La multitud del piso treintaicuatro, que la había oído, enmudeció. Ella, satisfecha, preguntó a la concurrencia si alguien sabía cuándo iba a parar de llover de una puta vez. La gente, tomando su pregunta como una frase condescendiente, perfecta para romper el hielo, volvió esforzarse en su propósito de subir los decibelios.
¡No puedo, no puedo, no puedo! Esta lluvia me va a matar, si no lo hacéis antes vosotros. ¿No puede hacer un jodido buen día por una vez? No me gusta el verano, no me gusta la arena, no me gustan los peces, pero me gusta sentirme libre, me gusta divertirme, me gusta parar de trabajar. Yo hubiera querido un viajecito, al otro lado del Atlántico, visitar Europa, Alemania, Holanda, Rusia quizá.
Cada uno de sus compañeros era una máscara de diferentes emociones, definidas todas por la incredulidad. Esa mujer estaba loca; se sentaba al borde de la muerte y para lo único que tenía cabeza era para reivindicar que la lluvia no tenía derecho a aparecer tan frecuentemente. Definitivamente estaba más que loca, jodidamente loca, lunática.
La sensación de peligro se acentuó cuando la mujer empezó a gesticular y realizar aspavientos peligrosamente bruscos.
Joder, no hay derecho a que tenga que trabajar un tercio de mi vida en un puto trabajo de mierda para simplemente limitarme a sobrevivir. ¡No hay derecho! ¡No lo hay!
Y entonces resbaló y comenzó su descenso.
Mientras caía reflexionó en que le hubiera gustado tener un paraguas para no mojarse y llegar decente a su impacto contra el suelo. La ruborizaba imaginarse muriendo de cualquier forma, quizá sin el más mínimo decoro. Luego pensó en lo que dejaba atrás, su casita, sus memorias, una madre, todavía viva, unos cuantos hermanos, y no sintió un especial sentimiento de vacío al pensar que se estaba quedando sin ellos.
La gravedad hacía su trabajo, pero, justo donde el viaje finalizaba, un hombre, un bombero superpuesto a la disputa interna, estaba dispuesto, con los brazos extendidos, como si recibiera o más bien esperara que se posara sobre él una hoja de árbol. A una velocidad imperceptible para los sentidos humanos, la trabajadora finalizó su caída, muy suavemente, muy amortiguada, encima del hombre, pocos centímetros por encima del amargo suelo. La gente estalló en vítores lanzados hacia el nuevo héroe.
La mujer se levantó, tranquilamente, y explicó que había sido un error muy tonto. Realmente podría haberse hecho mucho daño. Luego, obviando las atenciones que se empeñaban en proporcionarle las fuerzas del estado, entró otra vez en el edificio y subió al piso número 34 por las escaleras, argumentando que se acercaba el verano y le iba a venir bien perder unos quilos.
Por el otro lado, el bombero, feliz de haber cumplido con su deber, compareció ante una multitud de periodistas para explicar cómo había sido posible la hazaña, inefable pese a sus múltiples testigos. Una vez hubo dado un trago de agua, aclarado la garganta y excusado por su nerviosismo, puesto que él nunca había hablando delante de tanto público, explicó que se había criado en unos de los barrios marginales de la ciudad y que apenas había recibido educación, así que en ningún momento llegó a pensar que una caída desde tanta altura no pudiera ser parada sin consecuencias por un hombre solo, sin otros medios, y contó también que se había horrorizado cuando por fin alguien lo instruyó. Suerte que no me lo enseñaron antes de que me pusiera allí abajo, eh? –Añadió-.

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