No hablamos los lunes porque no tenemos la suficiente confianza, porque yo soy distante y desconfiado y no me acerco a ti para preguntarte cómo te ha ido el día o exclamar qué bien te queda el jersey nuevo; porque tengo miedo al compromiso y más al rechazo, porque tengo miedo a tus sentimientos y a los míos, porque me aterra la posibilidad de que salga mal, pero también que salga bien.
No hablamos los martes porque me siento inseguro y torpe, porque me abruma tu persona y me abruma la incompetencia en que me sumes; porque tengo miedo a no llegar al nivel de mis ambiciones o al de las tuyas; porque tengo miedo a ser mi propia imaginación
No hablamos los miércoles porque estoy triste y apático, porque me desaniman los cambios constantes de humor y la impotencia que causa depender en exceso de otra persona; porque tengo miedo a no ser suficiente independiente o a no disponer de las fuerzas que siempre había creído poseer.
No hablamos los jueves porque siento autocompasión y creo que no te merezco, o que no me mereces, o cualquier tontería que se puede despejar preguntando pero no me atrevo. Porque me asusta tu círculo de amigos, tus padres o tú misma, porque tengo miedo a la no integración o al proceso en sí, porque temo que se derrumbe la imagen estoica que he logrado formar de mí.
No hablamos los viernes porque quiero hablar contigo y hago justo lo contrario; porque no tomo la iniciativa y espero que todo venga regalado. Me abstraigo del ambiente y suena el “Lay down, Sally, rest you in my arms” y me abandono al sueño, porque todavía puedo hacerlo, porque ni siquiera cuando duermo me abandonas.
No hablamos los fines de semana porque no te intereso. Te sumerges en la familia, en los amigos, entre los que yo no me cuento, te refugias en tu música y en tus planes de futuro, te aferras a tu rutina y a la esperanza de que no llegue el próximo lunes.
Y entonces llega un nuevo lunes y seguimos sin hablar, porque entonces yo me dedico a escribir textos tópicos en lugar de hablarte ahora mismo, aunque tengo la oportunidad. Porque tengo miedo o tengo la certeza de no llegar a ser nadie y eso me destroza, porque me siento solo y siento y siento que me sentiría igual de solo contigo, pero no me atrevo a preguntarte si quieres estar sola conmigo, así que me resigno a quedarme sólo solo.
Sueño con Sally y contigo, con un mundo libre de fascismo, con un mundo donde los profesores cobran ocho mil euros al mes, con un mundo sin países, sin límites políticos, sin culturas centroafricanas que practican la ablación de clítoris.
Sueño con tu música y sueño con escribir, sueño con callar contigo y con ser mudos. Sueño con un mundo donde no soy frío y distante, sino que me intereso por tu día y tu jersey nuevo, y también por tu sobrecarga en la espalda y el nombre del último poema que te leí, porque yo te leía poemas y hacía otras actividades propias de películas para llorar cuando estábamos juntos, ya que posiblemente tenías cáncer y apenas te quedaban unos pocos meses de vida.
Sueño con la playa y la arena que odio pero a ti te encantan, sueño con las palmeras de cine y las aguas cristalinas, inexistentes, sueño que me ahogo voluntariamente y tú me rescatas, porque eres una socorrista de élite, de las que hacen el boca a boca, porque lo practicas conmigo y yo te digo que pares, porque si no lo haces me vas a ahogar.
Sueño con una felicidad de color negro, con una felicidad elegante, sueño con un panel electrónico que me escriba mis propios sentimientos y los tuyos, sueño con que caigas de un tercer piso y yo esté ahí, para cogerte con mis brazos, para desafiar a la energía potencial y que tú me debas la vida; porque por fin estemos en paz.
Sueño que sueño y sonríes, sueño que te he imaginado y sueño que suspiro, sueño y me canso de soñar, sueño que quieres ser real y yo te dejo, qué magnánimo que soy, qué ego, qué egoísmo.
Y entonces suena el despertador y dejo de soñar, y no estoy en la playa, ni me besas, ni has caído de un tercer piso, sino que posiblemente te estés lavando los dientes y colocándote un jersey rojo, que te queda muy bien, pero yo no te lo digo.
Y entonces no hablamos porque soy un idealista y tú eres una mujer, porque estoy demasiado seguro de que todo está perdido, porque me empecino en creer en situaciones irreales y fantasías, porque no me atrevo a quitarme un peso de encima, a mentirte y mentirme y decirte que te quiero.
Porque ella se siente bien, y yo me siento a su lado, tranquilito, a mirarla.
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