La bandera roja, esta vez tan alejada de los ideales comunistas, ondeaba gentilmente en lo alto de la atalaya donde descansaba la socorrista. Su significado causaba tristeza entre los pocos aventureros que osaban pisar la playa un 17 de febrero de un año cualquiera: las aguas estaban impracticables.
En el mar de dunas adyacente al que contenía las aguas, situado en algún punto indefinido entre el trópico de cáncer y el círculo polar ártico, los valientes bañistas bajaban la vista y hundían los pies en la arena, avergonzados de su situación.
Por su parte, la socorrista, sonriente por la placidez del día, levantaba unas innecesarias gafas de sol y dejaba sus párpados cerrados como última defensa antes unos rayos de sol exiguos. El invierno, reacio a marcharse, ya agonizaba en lugares como el suyo, y cada día acudían, aún con timidez, más y más visitantes necesitados de creer en la existencia del verano, en las vacaciones y recuerdos que éste prometía.
El viento del norte causaba olas lo suficientemente grandes como para que un chiquillo llorase de impotencia al oír la negativa rotunda de su padre, alarmado por la tentativa de meterse un poquitín en el agua. Sin embargo, de entre todos los valientes, uno cruzó la frontera hacia la locura a la vez que se despojaba de su camiseta y emprendía la que hubiera sido una marcha triunfante con el peligro como destino final, en caso de que hubiera habido alguien fijándose en sus pasos.
Mientras la invisible y solitaria figura adoptaba el adjetivo imprudente, la socorrista negligente dormitaba, segura de la autoridad de la bandera. Instantes después, mientras el joven, ya que hay edad máxima para las temeridades, se encontraba literalmente con el agua hasta el cuello, la socorrista bostezó, se levantó ligeramente la camiseta, sólo hasta la altura del ombligo, y cambió la posición del cuello. Cuando todavía no había tenido tiempo de dormirse otra vez, apenas el joven se hubo internado varios metros más en el agua, los justos para perder pie; las olas lo invadieron y varias toneladas de agua se dedicaron a deslizarse una y otra vez sobre el muchacho imprudente, incapacitándolo para respirar a intervalos constantes.
El chiquillo, que había estado observado la acción con envidia, le comentó a su padre que el joven debía estar a gusto en el agua, ya que llevaba por lo menos veinte segundos sin asomar la cabeza. El padre, dudoso de la veracidad de las palabras de su hijo, buscó con la mirada al muchacho, y al no encontrarlo, dio el grito de alarma, visiblemente turbado.
Laura –puesto que así se llamaba la socorrista.- oyó la voz quebrada del hombre y salió catapultada de sus ensoñaciones. Observó a su alrededor, y sintiéndose culpable, encontró con la ayuda del dedo del hombre el punto exacto donde el ahogado golpeaba el mar con furia. Entonces se tiró la atalaya, rodó sobre la arena y esprintó hasta su posición. Nadó como si se jugara su propia vida y arrastró al joven consigo hacia la seguridad de la tierra.
Colocó el cuerpo boca arriba y aplicó la teoría que había aprendido poco tiempo atrás: al ver que el joven –Jack a partir de ahora.- no respiraba, empujó fuerte y constantemente su pecho y posteriormente junto sus labios con los de Jack para insuflarle el oxígeno vital. Mientras duraba el proceso, los ojos del joven se abrieron súbitamente, y Laura, asustada, se retiró bruscamente. De la boca del hombre salieron las siguientes palabras:
- ¡Basta, basta! ¡Por favor, si sigues así sólo conseguirás ahogarme!
La socorrista, conmocionada por los últimos acontecimientos, no encontraba reacción adecuada, así que otra vez fue Jack quien habló.
- Está bien, lo siento, en ningún momento me he estado ahogando ni nada parecido, simplemente quería llamar tu atención. Yo soy Jack, encantado de conocerte; ¿cómo te llamas?
La muchacha, terriblemente confusa, dijo antes de que la rabia la dominara:
- Laura – y luego explotó.- ¿Pero tú de qué vas? ¿Crees que puedes montar todo el numerito sólo para decirme hola? ¿No podías acercarte a la atalaya? ¿No tienes nada en la cabeza? ¡¿Estás jodidamente loco?!
Y para aumentar, si fuera posible, lo surrealista del encuentro, el joven respondió, jovialmente:
- Bueno, tampoco es para tanto, al fin y al cabo no ha pasado nada. Oye, la verdad es que no tengo dinero para invitarte a un refresco, pero, ¿quieres venir a pasear conmigo esta tarde? Es gratis. -y añadió tras unos segundos.- ¡Ah! Aquí tienes tus gafas, casi las pierdes en el mar.
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