Dedicado a la buena literatura, esa gran desconocida.
En un café de algún sitio, o puede que de ninguno, suena Your Heart Is An Empty Room, de Death Cab For Cutie. El café está a rebosar de gente. Gente grande, gente pequeña, fea, guapa, inteligente, tonta, lista y, en definitiva, gente. Es un lugar pequeño y acogedor, en el que uno puede ir a charlar tranquilamente con sus amigos y disfrutar de la música, o simplemente no sentirse solo.
En una esquina se encuentran tres amigos sentados a una mesa, dos chicos y una chica. La chica tiene una chaqueta de cuero muy gastada colgada en el respaldo de la silla y lleva puesta una camiseta de los Sex Pistols. El chico que tiene en frente lleva una sencilla camiseta gris y tiene colgada del respaldo del asiento una bolsa de deporte. El otro chico, sentado junto a la fan de los Pistols, lleva una camisa a cuadros y, a diferencia de los otros dos, no tiene nada colgado en el respaldo.
Los dos chicos discuten acaloradamente sobre política mientras la chica está inclinada sobre una servilleta, dibujando con una sonrisa en los labios. Se la ve feliz.
Entonces, la chica hace un garabato en la esquina de la servilleta, su firma, lo cual indica que ha acabado el dibujo, se mete el extremo del bolígrafo en la boca y se recuesta hacia atrás en la silla. Se queda así un rato, hasta que dice:
-Tíos, si paráis de discutir os doy un caramelo a cada uno.
Los dos paran de hablar durante una fracción de segundo, lo suficiente como para decicir que un caramelo no merece la pena. Luego siguen discutiendo como si ella no hubiese dicho nada.
-Mirad, ¿os gusta? -les pregunta, intentando por segunda vez que centren su
atención en ella.
Miran el dibujo, asienten, y siguen con lo suyo. Ella resopla.
-Está bien, si dejáis de discutir me desnudo.
Los dos se callan al instante y la miran. Ella les mira con cara de reproche y ellos se hacen los despistados.
-Si queremos ir al cine deberíamos ir tirando, ¿no? -pregunta el de la bolsa de deporte.
-Sí, venga, ¿quién paga? -dice la chica.
Todos se miran y luego bajan la vista, como intentando disimular su presencia.
-Aah, está bien, lo haré yo -dice el chico de la camisa de cuadros, con cara de resignación.
Los otros dos le miran con una mezcla de adoración y gratitud.
-¿Qué os apetece ver? -pregunta ella.
-Creo que hay una muy buena de... -empieza el de la camiseta gris.
-A mí me apetecía ver una indie... -dice el de la camisa.
Los dos se miran y empiezan a discutir de nuevo,"ya estamos otra vez", piensa la chica, con una sonrisa.
jueves, 11 de febrero de 2010
domingo, 7 de febrero de 2010
Una historia sin más. Capítulo dos.
Se quedan a dormir en mi casa, menudo morro, sobre todo la tal Katie, que iba a irse a su casa, pero, tras comprobar lo bien que besa Sid, no quiso separarse de él.
Nos despertamos al día siguiente, todos doloridos y esparcidos por la habitación como si nos tratásemos de bolsas de basura. Después de gorronearme el desayuno, todos se van a sus casas para prepararse para ir al instituto.
Cuando llego espero en la entrada, he quedado aquí con Kelly y Sid para ir a hablar con el tal Kevin.
Cuando llegamos a su taquilla me encuentro con que no es más que un chaval de tercer curso, con pinta de empollón y la cará llena de acné.
-¿Kevin? -le pregunto.
-El mismo, preciosa. -me dice, y me guiña un ojo. Me da un poco de penita.
-¿Tienes el trabajo?
-Claro, encanto. Serán diez pavos, salvo que quieras agradecérmelo de otro... modo -me mira de arriba a abajo, con cara de pervertido.
Sid, que no soporta a los babosos, y menos de cursos inferiores, le acerca los diez dólares. El tal Kevin parece un tanto decepcionado, debe creerse todo un ligón. Nos vamos.
Bien, pues resulta que este tío no era el diablo, es un poco decepcionante, a decir verdad. Cojo mi trabajo y me pongo a leerlo. A decir verdad, está bastante bien, no es muy original, pero valdrá.
Me despido de Sid y Kelly y me dirijo hacia la clase de castellano, que es la primera del día. Cuando la profesora entra en clase le entrego el trabajo, ella me mira con mala cara, nunca le he caído bien. El resto de la mañana transcurre sin contratiempos ni nada digno de mención.
Al salir de clase quedamos en el Bar, o en el bar Bar, como prefiráis. Cuando llego veo que Sid y Katie están dándose el lote en una mesa apartada del resto, mientras Kelly y Sam están en nuestra mesa de siempre tomándose unas cervezas. Con ellos está sentado un chico al que no reconozco porque está de espaldas.
Cuando me acerco a su mesa se da la vuelta y veo que es... ¡oh, no!
To be continued, again.
Nos despertamos al día siguiente, todos doloridos y esparcidos por la habitación como si nos tratásemos de bolsas de basura. Después de gorronearme el desayuno, todos se van a sus casas para prepararse para ir al instituto.
Cuando llego espero en la entrada, he quedado aquí con Kelly y Sid para ir a hablar con el tal Kevin.
Cuando llegamos a su taquilla me encuentro con que no es más que un chaval de tercer curso, con pinta de empollón y la cará llena de acné.
-¿Kevin? -le pregunto.
-El mismo, preciosa. -me dice, y me guiña un ojo. Me da un poco de penita.
-¿Tienes el trabajo?
-Claro, encanto. Serán diez pavos, salvo que quieras agradecérmelo de otro... modo -me mira de arriba a abajo, con cara de pervertido.
Sid, que no soporta a los babosos, y menos de cursos inferiores, le acerca los diez dólares. El tal Kevin parece un tanto decepcionado, debe creerse todo un ligón. Nos vamos.
Bien, pues resulta que este tío no era el diablo, es un poco decepcionante, a decir verdad. Cojo mi trabajo y me pongo a leerlo. A decir verdad, está bastante bien, no es muy original, pero valdrá.
Me despido de Sid y Kelly y me dirijo hacia la clase de castellano, que es la primera del día. Cuando la profesora entra en clase le entrego el trabajo, ella me mira con mala cara, nunca le he caído bien. El resto de la mañana transcurre sin contratiempos ni nada digno de mención.
Al salir de clase quedamos en el Bar, o en el bar Bar, como prefiráis. Cuando llego veo que Sid y Katie están dándose el lote en una mesa apartada del resto, mientras Kelly y Sam están en nuestra mesa de siempre tomándose unas cervezas. Con ellos está sentado un chico al que no reconozco porque está de espaldas.
Cuando me acerco a su mesa se da la vuelta y veo que es... ¡oh, no!
To be continued, again.
viernes, 5 de febrero de 2010
Yo también soy machista.
Seguro que todo hombre ha creído realmente estar, o quizá incluso ha estado, enamorado de cualquier señorita alguna vez. Sí así es, todos habremos sufrido la extraña sensación de ver nuestra libertad anulada por el influjo de una mujer.
Cualquier observador imparcial podría apuntar que los varones, lejos de alejarse de tan amargo dominio, lo buscan incesablemente, cosa que nos degrada inevitablemente al nivel de jodidamente estúpidos. Ciertos filósofos predicaban que la libertad radica en el poder de decidir qué camino queremos tomar. ¿Qué nos queda cuando otro ser humano, aunque sea de distinto sexo, es capaz de cambiar para bien o para mal el transcurso de un segundo, un minuto, un día o una vida entera?
Resulta curioso que el sexo masculino, autoproclamado fuerte o dominante, esté ineludiblemente entrelazado a los deseos del supuestamente débil. ¿Por qué entonces las mujeres han estado, y todavía están, relegadas a un segundo plano secundario?
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “temor”. Un tanto por ciento elevadísimo de los universitarios actuales son las ya nombradas señoritas de las que, los pocos ejemplares del género masculino que comparten aula con ellas, acabarán quedando prendados. Y aún así, al terminar los estudios superiores, prácticamente todas las que se deciden por la empresa privada terminarán cobrando proporcionalmente menos que cualquier varón que posea su misma formación.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “miedo”. Es sorprendente que las mujeres no dominen el mundo. A menudo la lógica aplastante se decide a imponer sus resoluciones en el mundo en que, por suerte o desgracia, nos ha tocado vivir. Parece que en este caso ha decidido hacer una excepción, y ya lleva más de dos mil años permitiéndola. Quizá bajo esta curiosa palabra femenina se encuentra un invisible sustantivo masculino, reticente a ceder su hegemonía a un colectivo que, más que en auge, parece que está todavía desperezándose.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “pánico”.
Cualquier observador imparcial podría apuntar que los varones, lejos de alejarse de tan amargo dominio, lo buscan incesablemente, cosa que nos degrada inevitablemente al nivel de jodidamente estúpidos. Ciertos filósofos predicaban que la libertad radica en el poder de decidir qué camino queremos tomar. ¿Qué nos queda cuando otro ser humano, aunque sea de distinto sexo, es capaz de cambiar para bien o para mal el transcurso de un segundo, un minuto, un día o una vida entera?
Resulta curioso que el sexo masculino, autoproclamado fuerte o dominante, esté ineludiblemente entrelazado a los deseos del supuestamente débil. ¿Por qué entonces las mujeres han estado, y todavía están, relegadas a un segundo plano secundario?
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “temor”. Un tanto por ciento elevadísimo de los universitarios actuales son las ya nombradas señoritas de las que, los pocos ejemplares del género masculino que comparten aula con ellas, acabarán quedando prendados. Y aún así, al terminar los estudios superiores, prácticamente todas las que se deciden por la empresa privada terminarán cobrando proporcionalmente menos que cualquier varón que posea su misma formación.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “miedo”. Es sorprendente que las mujeres no dominen el mundo. A menudo la lógica aplastante se decide a imponer sus resoluciones en el mundo en que, por suerte o desgracia, nos ha tocado vivir. Parece que en este caso ha decidido hacer una excepción, y ya lleva más de dos mil años permitiéndola. Quizá bajo esta curiosa palabra femenina se encuentra un invisible sustantivo masculino, reticente a ceder su hegemonía a un colectivo que, más que en auge, parece que está todavía desperezándose.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “pánico”.
Una historia sin más. Capítulo uno.
Esta historia no está basada en hechos reales, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Llevo como media hora frente a este documento de Word en blanco, y todavía no se me ha ocurrido qué escribir. La imaginación debería darse prisa, mañana tengo que entregar este trabajo para la clase de castellano, todavía no sé sobre qué hacerlo y... oh, genial, ruídos en el piso de abajo. Se suponía que estaría sola en casa, pero no, se ve que a los ladrones les ha dado por hacerme una visita hoy. Al menos si me ocurre algo tendré una excusa para no entregar este trabajo mañana.
Decido armarme de valor y un bate de béisbol, me encamino hacia las escaleras y digo bien alto:
-¿Hola? Señores ladrones, si están ustedes pensando en robarme, sepan que estoy ocupada, así que procuren no hacer mucho jaleo. Buenas noches.
Dicho esto, me doy la vuelta y voy hacia las escaleras, cuando oigo la voz de mi amigo Sam.
-¿Kim? Soy yo, Sam. Quedamos en que vendría a tu casa esta noche para ayudarte con el trabajo, ¿lo habías olvidado?
-Ah, no, no, sólo era... una broma.
-¡Ah! Tú siempre tan bromista.
-Sí...
Genial, no recordaba que venía. La verdad es que no sé por qué le pedí ayuda, ni siquiera sabe que "p" con "a" forma "pa". No me malinterpretéis, Sam es un buen tipo, pero un poco pedante, y, desde luego, lo de escribir no es lo suyo.
-He llamado también a Kelly. No te importa, ¿verdad?- me dice Sam.
-No, claro que no- le contesto.
En realidad sí me importa, Kelly es buena chica, pero también es algo corta, entre los dos lo único que conseguirán es distraerme.
De repente, se me ocurre una cosa, ¿cómo ha entrado Sam?
-¿Cómo has entrado?
-Por la puerta.
-Ya, y... ¿cómo?
-Abriéndola.
¡Me lo cargo, me lo cargo, me lo cargo!
-¿De dónde has sacado la llave?- consigo preguntar, intentando no hacer notar el profundo odio que me está produciendo.
-La puerta estaba abierta.
-Oh, genial, mis queridos padres han vuelto a dejarla abierta, se nota que velan por mí.
-Ya.- dice, sin hacerme mucho caso.- ¿Te importa si fumo? Es que así me fluyen mejor las ideas.
-Tú mismo.
Con infinita elegancia, saca un paquete de tabaco de su cazadora de cuero, que todavía no se ha sacado, y enciende un cigarro con su mechero la mar de refinado. No puedo negarlo, si hay algo que Sam sepa hacer, es fumar con estilo.
Me está diciendo que escriba su biografía para el trabajo cuando oigo el timbre, al menos Kelly sabe llamar.
Bajo las escaleras y abro.
-¡Hola!- me dice Kelly, que es una chica muy entusiasta. Se acerca y me da dos besos en las mejillas, siempre lo hace, creo que es un rollo europeo que le va ahora- He llamado también a Sidney, te parece bien, ¿no?
-¿Por qué le llamas Sidney? Eres la única que lo hace.
-Porque es su nombre, y es mucho más bonito que Sid.
Decido no discutir, con Kelly no se puede. Subimos a mi habitación, Sam ha puesto música, Anti-Flag, perfecto para concentrarse, me resigno.
Está Kelly comentándome que debería escribir el trabajo sobre el daño que hacen a las uñas los esmaltes de mala calidad cuando vuelve a sonar el timbre. No me apetece volver a bajar, así que me asomo a la ventana y le grito a Sid que suba.
Oímos abrirse la puerta en el piso de abajo, y segundos después vemos cómo Sid entra en la habitación, todos pensamos lo mismo: no podría tener un nombre más apropiado. Sid es mi mejor amigo, un punky anarquista realmente simpático, a pesar de lo que las viejecitas que se cruza por la calle puedan pensar.
Le saludamos, se tira en la cama junto a Kelly y me dice que debería escribir el trabajo sobre la anarquía. A este paso acabaré escribiéndolo sobre la macroeconomía en Rusia, estoy segura.
-Ah, por cierto,- dice Sid- estaba en el Bar- el Bar es un bar al que siempre vamos, sus dueños se mataron para ponerle el nombre, desde luego- y una tía rubia muy mona vino a hablar conmigo.
-Siempre conoces a alguna tía, ¿es que tienes que fardar todo el tiempo?- dice Sam, el cual somete a todas las chicas a un difícil examen para decidir si realmente desea hablar con ellas o no, lo cual no suele gustarles mucho a ellas, ya dije que era un poco pedante.
-No, no,- contesta Sid, ofendido- es que en ese momento me llamó Kelly, y la chica se puso muy pesada, así que le dije que se viniese. Dijo que tenía que pasar por su casa primero, así que le di la dirección, no os importa, ¿verdad?
Todos negamos con la cabeza, aunque por distintos motivos. Yo lo hice porque lo hecho, hecho está, Kelly seguramente lo hizo porque desaprobaba que Sid saliese con una tía distinta cada semana, y a Sam realmente no le importaba que viniese porque sabía a ciencia cierta que estaría buena.
Después de un rato, volvemos a escuchar el timbre. Mientras Sid baja a abrir la puerta, todos nos asomamos a la ventana para poder verla.
-Pues está buena. -declara Sam. Lo que nadie sabe es cómo puede distinguir si está buena o no entre tanta oscuridad.
Cuando Sid y la nueva chica entran en la habitación la saludamos.
-Esta es... Amanda.- nos dice Sid, dudando.
-Me llamo Katie.- dice ella.
-Oh, sí, lo siento, es que te pareces mucho a mi hermana Amanda, y me he confundido.
Sid no tiene hermanas.
-Y estos son Sam, Kelly y Kim.- dice señalándonos.
Después de un par de cordialidades más, vuelvo a sentarme en mi mesa, por suerte, no va a venir nadie más. O al menos en teoría.
Todos intentan darme ideas, cada una más tonta que la anterior. Resulta que la tal Katie no es demasiado imaginativa, su última propuesta fue que escribiese sobre los métodos de reproducción de las langostas. Patética.
-Venga tía, -me dice Sam- siéntate aquí con nosotros y tómate algo- han saqueado mi nevera.
-Tengo que escribir este trabajo para mañana, se supone que deben ser mil palabras, y todavía no tengo ninguna, no puedo descansar.
-Eres una agobiada, - me dice Kelly- hay a un tío que me hizo una redacción para la clase de lengua hace un mes o así, sólo me cobró diez pavos, y me pusieron un nueve, puedo llamarle, si quieres.
La verdad es que no suelo hacer ese tipo de cosas, pero estoy desesperada, así que acepto. Llamamos al tío en cuestión, un tal Kevin. Dice que mañana la tendrá lista, que me pase por su taquilla para recojerla, es la número 666. No puede ser una coincidencia. Kevin es el diablo. Seguro.
To be continued...
Llevo como media hora frente a este documento de Word en blanco, y todavía no se me ha ocurrido qué escribir. La imaginación debería darse prisa, mañana tengo que entregar este trabajo para la clase de castellano, todavía no sé sobre qué hacerlo y... oh, genial, ruídos en el piso de abajo. Se suponía que estaría sola en casa, pero no, se ve que a los ladrones les ha dado por hacerme una visita hoy. Al menos si me ocurre algo tendré una excusa para no entregar este trabajo mañana.
Decido armarme de valor y un bate de béisbol, me encamino hacia las escaleras y digo bien alto:
-¿Hola? Señores ladrones, si están ustedes pensando en robarme, sepan que estoy ocupada, así que procuren no hacer mucho jaleo. Buenas noches.
Dicho esto, me doy la vuelta y voy hacia las escaleras, cuando oigo la voz de mi amigo Sam.
-¿Kim? Soy yo, Sam. Quedamos en que vendría a tu casa esta noche para ayudarte con el trabajo, ¿lo habías olvidado?
-Ah, no, no, sólo era... una broma.
-¡Ah! Tú siempre tan bromista.
-Sí...
Genial, no recordaba que venía. La verdad es que no sé por qué le pedí ayuda, ni siquiera sabe que "p" con "a" forma "pa". No me malinterpretéis, Sam es un buen tipo, pero un poco pedante, y, desde luego, lo de escribir no es lo suyo.
-He llamado también a Kelly. No te importa, ¿verdad?- me dice Sam.
-No, claro que no- le contesto.
En realidad sí me importa, Kelly es buena chica, pero también es algo corta, entre los dos lo único que conseguirán es distraerme.
De repente, se me ocurre una cosa, ¿cómo ha entrado Sam?
-¿Cómo has entrado?
-Por la puerta.
-Ya, y... ¿cómo?
-Abriéndola.
¡Me lo cargo, me lo cargo, me lo cargo!
-¿De dónde has sacado la llave?- consigo preguntar, intentando no hacer notar el profundo odio que me está produciendo.
-La puerta estaba abierta.
-Oh, genial, mis queridos padres han vuelto a dejarla abierta, se nota que velan por mí.
-Ya.- dice, sin hacerme mucho caso.- ¿Te importa si fumo? Es que así me fluyen mejor las ideas.
-Tú mismo.
Con infinita elegancia, saca un paquete de tabaco de su cazadora de cuero, que todavía no se ha sacado, y enciende un cigarro con su mechero la mar de refinado. No puedo negarlo, si hay algo que Sam sepa hacer, es fumar con estilo.
Me está diciendo que escriba su biografía para el trabajo cuando oigo el timbre, al menos Kelly sabe llamar.
Bajo las escaleras y abro.
-¡Hola!- me dice Kelly, que es una chica muy entusiasta. Se acerca y me da dos besos en las mejillas, siempre lo hace, creo que es un rollo europeo que le va ahora- He llamado también a Sidney, te parece bien, ¿no?
-¿Por qué le llamas Sidney? Eres la única que lo hace.
-Porque es su nombre, y es mucho más bonito que Sid.
Decido no discutir, con Kelly no se puede. Subimos a mi habitación, Sam ha puesto música, Anti-Flag, perfecto para concentrarse, me resigno.
Está Kelly comentándome que debería escribir el trabajo sobre el daño que hacen a las uñas los esmaltes de mala calidad cuando vuelve a sonar el timbre. No me apetece volver a bajar, así que me asomo a la ventana y le grito a Sid que suba.
Oímos abrirse la puerta en el piso de abajo, y segundos después vemos cómo Sid entra en la habitación, todos pensamos lo mismo: no podría tener un nombre más apropiado. Sid es mi mejor amigo, un punky anarquista realmente simpático, a pesar de lo que las viejecitas que se cruza por la calle puedan pensar.
Le saludamos, se tira en la cama junto a Kelly y me dice que debería escribir el trabajo sobre la anarquía. A este paso acabaré escribiéndolo sobre la macroeconomía en Rusia, estoy segura.
-Ah, por cierto,- dice Sid- estaba en el Bar- el Bar es un bar al que siempre vamos, sus dueños se mataron para ponerle el nombre, desde luego- y una tía rubia muy mona vino a hablar conmigo.
-Siempre conoces a alguna tía, ¿es que tienes que fardar todo el tiempo?- dice Sam, el cual somete a todas las chicas a un difícil examen para decidir si realmente desea hablar con ellas o no, lo cual no suele gustarles mucho a ellas, ya dije que era un poco pedante.
-No, no,- contesta Sid, ofendido- es que en ese momento me llamó Kelly, y la chica se puso muy pesada, así que le dije que se viniese. Dijo que tenía que pasar por su casa primero, así que le di la dirección, no os importa, ¿verdad?
Todos negamos con la cabeza, aunque por distintos motivos. Yo lo hice porque lo hecho, hecho está, Kelly seguramente lo hizo porque desaprobaba que Sid saliese con una tía distinta cada semana, y a Sam realmente no le importaba que viniese porque sabía a ciencia cierta que estaría buena.
Después de un rato, volvemos a escuchar el timbre. Mientras Sid baja a abrir la puerta, todos nos asomamos a la ventana para poder verla.
-Pues está buena. -declara Sam. Lo que nadie sabe es cómo puede distinguir si está buena o no entre tanta oscuridad.
Cuando Sid y la nueva chica entran en la habitación la saludamos.
-Esta es... Amanda.- nos dice Sid, dudando.
-Me llamo Katie.- dice ella.
-Oh, sí, lo siento, es que te pareces mucho a mi hermana Amanda, y me he confundido.
Sid no tiene hermanas.
-Y estos son Sam, Kelly y Kim.- dice señalándonos.
Después de un par de cordialidades más, vuelvo a sentarme en mi mesa, por suerte, no va a venir nadie más. O al menos en teoría.
Todos intentan darme ideas, cada una más tonta que la anterior. Resulta que la tal Katie no es demasiado imaginativa, su última propuesta fue que escribiese sobre los métodos de reproducción de las langostas. Patética.
-Venga tía, -me dice Sam- siéntate aquí con nosotros y tómate algo- han saqueado mi nevera.
-Tengo que escribir este trabajo para mañana, se supone que deben ser mil palabras, y todavía no tengo ninguna, no puedo descansar.
-Eres una agobiada, - me dice Kelly- hay a un tío que me hizo una redacción para la clase de lengua hace un mes o así, sólo me cobró diez pavos, y me pusieron un nueve, puedo llamarle, si quieres.
La verdad es que no suelo hacer ese tipo de cosas, pero estoy desesperada, así que acepto. Llamamos al tío en cuestión, un tal Kevin. Dice que mañana la tendrá lista, que me pase por su taquilla para recojerla, es la número 666. No puede ser una coincidencia. Kevin es el diablo. Seguro.
To be continued...
jueves, 4 de febrero de 2010
Cambio y corto
Ingentes cantidades de gente han consagrado su vida a la búsqueda de una felicidad de carácter divino; la mayoría tienen fe en ella, pero todos albergan dudas acerca de su existencia.
Yo, reticente a creer en cualquier quimera tras sufrir varias experiencias desesperanzadoras, decidí que quizá una felicidad relativamente absoluta quedaba fuera de mi alcance. Me tomé la libertad de reflexionar por mi cuenta y resolví que un buen objetivo era la realización.
A la edad de diecisiete años determiné que la mejor forma de lograr la mía propia era escribiendo. Hoy, cuando sigo contando con los mismos diecisiete inviernos, hago lo que me propuse para terminar encontrando una dicha por la que nunca hubiera apostado.
Yo, reticente a creer en cualquier quimera tras sufrir varias experiencias desesperanzadoras, decidí que quizá una felicidad relativamente absoluta quedaba fuera de mi alcance. Me tomé la libertad de reflexionar por mi cuenta y resolví que un buen objetivo era la realización.
A la edad de diecisiete años determiné que la mejor forma de lograr la mía propia era escribiendo. Hoy, cuando sigo contando con los mismos diecisiete inviernos, hago lo que me propuse para terminar encontrando una dicha por la que nunca hubiera apostado.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Influjo
Estaba él, estaba ella, estaba la luna y el gato, junto con su tejado, y también se encontraban presente la luz, las sombras del mediodía, cortas y concentradas, las camas a medio hacer, los tristes domingos y los amigos que se han marchado de viaje. Había pantalones y camisas, algunos libros y cuadernos y plumas sin cartuchos de tinta. Escondidos, podíamos encontrar a veces el amor, a veces la realización, a veces incluso el dinero, siempre presente en todo.
Estaba la música, los valses mezclados con las cortinas, las ventanas mal cerradas que nos permiten oír la lluvia a la vez que nos resguardan, o por lo menos lo intentan, de ella. Estaba la noche y el sueño, o el sueño se presentaba sólo, sin la noche, dispuesto a pasarse la existencia en vela, esperándola. Había romanticismo y también surrealismo, había cuadros totalmente en blanco y pinceles sin usar. Presentes estaban las novelas, haciéndose escribir entre ellas mientras que, las más aprovechadas, se bronceaban a la luz de las lámparas de bajo consumo.
Y entonces el gato maulló a la luna y se derrumbó el tejado; ella se abalanzó sobre él y le dijo que le quería entre romántica y surrealistamente. El dinero intentó sobornar a las sombras para que cubrieran la luz del mediodía, pero ésta, uniéndose a las lámparas, logró iluminar la senda de los cartuchos de tinta, que encontraron a sus plumas. Los pantalones invitaron a las camisas a un viaje perdido, pero las camisas expresaron su deseo de mantener su amistad. Los libros, cansados, no pudieron encontrar la realización, usada apenas unas horas antes por unos cuadros enamorados de sus artistas en blanco. La ventana, orgullosa de sus servicios prestados, acudió a la cita pendiente con el sueño y por fin la noche pudo dormir en una cama mal hecha. La lluvia, ahora insonora, dio unas cuantas pinceladas de color a los domingos, y estos, agradecidos, compusieron un vals dedicado a los insomnes.
Estaba la música, los valses mezclados con las cortinas, las ventanas mal cerradas que nos permiten oír la lluvia a la vez que nos resguardan, o por lo menos lo intentan, de ella. Estaba la noche y el sueño, o el sueño se presentaba sólo, sin la noche, dispuesto a pasarse la existencia en vela, esperándola. Había romanticismo y también surrealismo, había cuadros totalmente en blanco y pinceles sin usar. Presentes estaban las novelas, haciéndose escribir entre ellas mientras que, las más aprovechadas, se bronceaban a la luz de las lámparas de bajo consumo.
Y entonces el gato maulló a la luna y se derrumbó el tejado; ella se abalanzó sobre él y le dijo que le quería entre romántica y surrealistamente. El dinero intentó sobornar a las sombras para que cubrieran la luz del mediodía, pero ésta, uniéndose a las lámparas, logró iluminar la senda de los cartuchos de tinta, que encontraron a sus plumas. Los pantalones invitaron a las camisas a un viaje perdido, pero las camisas expresaron su deseo de mantener su amistad. Los libros, cansados, no pudieron encontrar la realización, usada apenas unas horas antes por unos cuadros enamorados de sus artistas en blanco. La ventana, orgullosa de sus servicios prestados, acudió a la cita pendiente con el sueño y por fin la noche pudo dormir en una cama mal hecha. La lluvia, ahora insonora, dio unas cuantas pinceladas de color a los domingos, y estos, agradecidos, compusieron un vals dedicado a los insomnes.
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