Seguro que todo hombre ha creído realmente estar, o quizá incluso ha estado, enamorado de cualquier señorita alguna vez. Sí así es, todos habremos sufrido la extraña sensación de ver nuestra libertad anulada por el influjo de una mujer.
Cualquier observador imparcial podría apuntar que los varones, lejos de alejarse de tan amargo dominio, lo buscan incesablemente, cosa que nos degrada inevitablemente al nivel de jodidamente estúpidos. Ciertos filósofos predicaban que la libertad radica en el poder de decidir qué camino queremos tomar. ¿Qué nos queda cuando otro ser humano, aunque sea de distinto sexo, es capaz de cambiar para bien o para mal el transcurso de un segundo, un minuto, un día o una vida entera?
Resulta curioso que el sexo masculino, autoproclamado fuerte o dominante, esté ineludiblemente entrelazado a los deseos del supuestamente débil. ¿Por qué entonces las mujeres han estado, y todavía están, relegadas a un segundo plano secundario?
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “temor”. Un tanto por ciento elevadísimo de los universitarios actuales son las ya nombradas señoritas de las que, los pocos ejemplares del género masculino que comparten aula con ellas, acabarán quedando prendados. Y aún así, al terminar los estudios superiores, prácticamente todas las que se deciden por la empresa privada terminarán cobrando proporcionalmente menos que cualquier varón que posea su misma formación.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “miedo”. Es sorprendente que las mujeres no dominen el mundo. A menudo la lógica aplastante se decide a imponer sus resoluciones en el mundo en que, por suerte o desgracia, nos ha tocado vivir. Parece que en este caso ha decidido hacer una excepción, y ya lleva más de dos mil años permitiéndola. Quizá bajo esta curiosa palabra femenina se encuentra un invisible sustantivo masculino, reticente a ceder su hegemonía a un colectivo que, más que en auge, parece que está todavía desperezándose.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “pánico”.
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