lunes, 22 de marzo de 2010

La certeza.

-Again, again, again-. Pensaba Julia para sus adentros. -When will I see you again?-. Sus ojos, quizá negros, quizá marrones, quizá verdes, comenzaron a bailar y, después de haber captado y procesado los detalles que la circundaban, pararon súbitamente. Su sonrisa se acompasó a la situación y el viento, siempre cómplice, meció delicadamente su trenza, añadiendo solemnidad al evento.
La muchedumbre que la rodeaba estaba entre sorprendida, aturdida y agitada. La Ciudad es aburrida, La Ciudad es monótona, La Ciudad es rutinaria. Un hombre acababa de montar un numerito delante de una señorita de alterne. Creció la expectación. La mujer parecía esculpida en piedra, sumida en el estupor. El hombre huía, el hombre escapaba lentamente, el hombre intentaba disimular su temor, su miedo, su pánico. El griterío aumentó: La Ciudad quiso añadir su opinión en el escenario, y la expresó mediante cada uno de los individuos que formaban el corrillo.
-He does the walk, he does the walk-. Soñaba Julia. -He does the walk of life!-. Sus manos agarraron la trenza y cortaron la acción o el intento de participación del viento. Sus cejas se fruncieron, su nariz se arrugó. Sus ojos se decantaron por el negro. Unas pequeñas arrugas, prácticamente invisibles, aprovecharon para asentarse un poquito más. Sus rodillas, acostumbradas a trabajar, se doblaron ligeramente. Sus cuádriceps se tensaron, sus gemelos se volvieron más útiles que seductivos y, si hubiera sido posible, el tacón de sus zapatos se habría elevado ligeramente por encima del nivel del suelo. Unos instantes después el cuerpo de Julia luchaba contra la gravedad, pero sólo momentáneamente, ya que decidió dejarse vencer y aterrizó, en contra de lo que dictan los cánones, pesadamente. <<¡Bravo!>>. Una voz femenina, muy aguda, se destacó entre la multitud. El público calló al acto.
-So that's the sound of silence-. escribió Julia en su conciencia. -The sound of silence...-.
Miró con unos ojos grises a la concurrencia. Todo el mundo aguardó, contagiadamente felices. Julia Reid, persona excepcional, arrancó. Sus piernas perdieron el sentido del compás. Su falda, realmente corta, le proporcionó aereodinamismo. Perdió ambos zapatos durante la carrera. Perdió su característico acompañamiento de percusión, perdió la atadura que encarcelaba su trenza y el rojo invadió cada uno de los poros de su rostro. Olvidó quién era, olvidó su nombre, su pasado, olvidó qué talla de sostén usaba y olvidó qué sentido tenía el dinero. Destrozó unas preciosas medias negras, pero no le importó. Avanzó impunemente entre los charcos de una lluvia remota y no descansó hasta encontrar el local donde siempre, ella y todas las muchachas de su condición, iban a inhibirse. Entró, sin parar de correr, pidió un vodka, un tequila, un whisky, bebió, bebió, vio a Jack, cadavérico, medio descansando medio agonizando en el suelo. Bebió, bebió para grabar el momento en el corazón, cerebro, dorso de la mano o donde se almacenaran los recuerdos. Bebió hasta rozar el coma etílico y se desplomó junto a Russell.
-My eyes changed from kinda green to kinda blue-. Cantó Julia para sí misma. -My eye's just an eye-. Y entonces permitió que se le cerraran los párpados mientras su cuerpo descansaba junto al del guardia, juntos, entrelazados, tumbados sobre la madera putrefacta, suciedad y restos de colilla de un local mugriento cualquiera, sin nombre, sin relevancia, sin transcendencia.

domingo, 21 de marzo de 2010

No puedes huir de mí.

Jack Russell huyó de sí mismo. Mientras obligaba a su mente a permanecer vacía, completamente en blanco, recorrió aleatoriamente varias calles secundarias, concentrado en el ruido que precedía el tacto de sus botas con el suelo.
El alivio pugnaba con la conciencia, uno de los dos iba a hacerse en muy poco tiempo con el control de cuerpo, aunque de momento la única realidad palpable estaba concentrada en unas botas de cuero negras, de unos 17 meses de edad, colocadas por debajo de la rodilla, dedicadas a castigar minuciosamente el impávido asfalto.
El alivio se erigió vencedor. El traqueteo rítmico cesó. Un hombre quedo quietísimo en medio de la calle y se permitió un suspiro digno de un potencial ahogado.
La errática cabalgata lo había llevado delante de un establecimiento donde servían bebidas alcohólicas. Jack abrió la puerta, pidió un whisky solo, pidió dos más antes de que llegara el primero y se bebió los tres de golpe. Repitió el proceso varias veces, parando cuando estuvo seguro de haber expulsado de su cuerpo cualquier resto de sobriedad. Y entonces se perdió a él mismo.
Se despertó cuando la luna competía con el mermado alumbrado público, no por belleza ni seducción, sino por ver quién se desenvolvía mejor en su trabajo y resultaba más útil a La Ciudad. Jack se levantó, muy lentamente, profiriendo quejas y sintiendo un intenso dolor de cabeza mezclado con la sensación consistente en que le habían robado los huesos. Pese a su metodicismo, al erguirse tanto como su estatura se lo permitía su cabeza golpeó con rudeza un solitario candil que alguien había olvidado, descolgando el inocente objeto con el impacto y enviándolo a varios pasos de sí, logrando de este modo acrecentar el dolor que acuciaba su cráneo. Si alguien hubiera mirado hacia el cielo en ese preciso instante, le habría parecido ver que la luna torcía un poquito más su sonrisa.
Russell levantó la vista al cielo y, cogiéndose la cabeza con las manos, profirió un variado surtido de insultos hacía una amplia gama de seres, tanto vivientes como inanimados. Una vez quedó saciado, una lista de fotogramas acudió a su mente. La lista estaba formada por peleas, por sangre, por mujeres, por alcohol y miradas violentas. La última imagen estaba borrosa. Despidió momentáneamente a la resaca y cerró los ojos para visualizar un poquito mejor el recuerdo. En él aparecía una señorita alta, más desnuda que vestida, con una larga trenza pelirroja descansando sobre un rostro conocido, su rostro. Julia.
La conciencia le volvió de golpe, multiplicada por el número de horas que su cuerpo había permanecido sobre las capas de polvo de las calles, calles por las que Julia había paseado, caminado, deambulado, reído, muchas veces todos los verbos a la vez y junto a él.
La totalidad de su cerebro se vio invadida por Julia. Se encontró otra vez a sí mismo y deseó inmediatamente volverse a perder. Julia, Julia, Julia...
La figura de un hombre, tenuemente iluminada por la luna, elevó un grito por encima del silencio que mantenía La Ciudad a según que horas de la madrugada. El grito no contenía ni dolor, ni furia, tampoco estaba mezclado con el llanto. Era un grito compuesto por impotencia llana, una impotencia que se puede comprar en cualquier mercado o tienda. Tan cotidiana como un despertar o un sueño, tan desespertante como un libro sin final o una bisagra ululante, tan completa como el nombre de Julia, tan maliciosa como una luna apagada, tan sobria como un vaso de agua y tan cierta como la sensación de vacío que llenó al guardia; exactamente igual y precisamente contraria a la que ocupó su recorrido hasta el antro y ahora le mortificaba sin pasión, sin ganas, como si fuera una tarea que cumplir y la impotencia fuera un trabajador eficiente a la par que desilusionado.

viernes, 19 de marzo de 2010

Pues eso

Bueno, como muchos ya sabéis -y lo digo porque mis lectores son personas a las que, en la mayoría de los casos, conozco- me voy de viaje una semana a Glasgow, así que espero volver con material suficiente como para empapelar el castillo de Edimburgo.
Así que, en fin, eso: llevo al amigo Dylan en los cascos, a Kafka en la mochila y mi fiel Moleskina en el bolsillo, y como diría la cultura popular, ¡que me quiten lo bailao!

Pues, eso. Haya paz, dudes.

jueves, 11 de marzo de 2010

Preguntando se aprende.

- ¡Jack, Jack!
- Ah, hola, Julia -respondió, insípido, el capitán-. Cuanto tiempo sin vernos.
La señorita Reid dio varios pasos rápidos hasta colocarse junto a la figura del hombre.
- Llevaba mucho tiempo sin saber nada de ti -dijo usando un matiz verbal muy próximo al reproche-.
- ¿Ah, sí? ya sabes, el trabajo, dormir por el día... me he vuelto un hombre bastante ocupado.
- ¿De verdad, maldito hijo de puta? ¡Por lo menos ten el valor de admitir que me has estado esquivando!¡Llevo un mes entero dando vueltas por La Ciudad con Ernie, exponiéndome delante tuya, y ¿qué he logrado?! ¡Absolutamente nada, ni una sola palabra por tu parte!
El rostro de Jack se deformó en una sonrisa torcida momentos antes de estallar en una sonora carcajada. Julia, cegada por la rabia, no pudo evitar gritar:
- ¡¿Así que se trata de esto?! ¡¿Prometemos seguir en contacto y así es como me pagas mi fidelidad?! ¡¿tan poco significó para ti que ya me tienes completamente olvidada?!
Viendo la agresividad que había amontonado Julia, y temiendo que usara su personalidad número dos con él, Jack habló muy calmado:
- Temo que vas a tener que escucharme primero. Mira, arriesgándome a quedar como un gilipollas, te diré que desde hace un mes te veo incluso en los dibujos abstractos que realizan las baldosas del suelo del cuartel. Sé que no me gustas, sé que no duraríamosmos otros dos meses si volvieras y mucho menos que alcanzaríamos cierto grado de felicidad. También sé que no me quieres tú a mí y que simplemente estás enfadada porque cometiste el error de fijarte en mí y ahora lo estás pagando, pero créeme, soy yo el que sufre cuando te ve, el que no te comprende y no puede parar de preguntarse el por qué. Así pues, te pido por favor que, por lo menos, me permitas resignarme en paz y desistas en tu intento de mantener el contacto, porque, Julia, yo no quiero ser tu amigo, yo sólo quiero ser tu amante.
A lo largo del discurso de Russell los ojos de Reid fueron abriéndose progresivamente. Sus facciones tomaron un color pálido y no fue capaz de articular palabra alguna. Viendo el estupor que había causado y sintiéndose repentinamente avergonazado a causa de su actuación, Jack se alejó del foco de la acción.
Alrededor de Julia quedó una multitud expectante. Algunos la animaron a correr detrás de Russel, otros a partirle la cara. Sin embargo, Julia sólo pudo quedarse quieta, envuelta por un círculo de desconocidos, con la mente en blanco y una sonrisa tonta asomando en sus labios.

La estupidez mezclada con el hombre.

El capitán Jack Russell de la Guardia de La Ciudad volvía a realizar su cotidiana ronda nocturna. Esta vez la mala iluminación y la ausencia de estrellas escondían una cara apesadumbrada. Un olor a déjà vu impregnaba la calle y la suciedad que estaba posada sobre ella. Jack sabía qué le deparaba el futuro próximo, y si bien aquello conseguía aumentar el sentimiento de resignación, ni por asomo aligeraba la carga. Esa noche le tocaba patrullar uno de los barrios donde siempre, fuera la hora que fuera, encontraba a Julia danzando con sus tacones y divirtiéndose con Ernie. No había preguntado nunca directamente, pero sus conjeturas apuntaban que los encontronazos se producían porque la pareja -Julia y Ernst- simplemente disfrutaban de la noche al completo.
Algunas veces los observaba al salir de un pub, a las 3 de la madrugada; otras sentados en un banco, a las 5; las más, cenando en algún restaurante lujoso entre las 9 y las 11 de la noche; las menos volviendo a casa -posiblemente la perteneciente al hombre- a las 7 de la mañana,en contra de la opinión popular, que dice que a esa hora aún no se han puesto las calles.
Dos sensaciones oprimían el corazón -o quizá la mente- del guardia. La primera tenía que ver con los celos: él se consideraba a sí mismo una persona extremadamente tolerante, pero no podía soportar ver en brazos de otro la mujer que -como veremos más adelante- todavía quería.
La segunda era mucho más compleja: ansiaba algo que no quería. Lo normal hubiera sido reconocer que todavía amaba a la señorita Reid o, por el contrario, que no la ansiaba; pero tampoco se sentía simplemente atraído por su físico imponente.
La realidad se correspondía con una atracción digna de un imán -parece un tópico, pero increíblemente se ajusta a la descipción de la verdad- mezclado con un odio irracional instalado en Russell por el rechazo al que se veía sometido. Sin duda esto era injusto para Julia, ya que ella no tenía la culpa de no quererle ya más. Si a la mezcla de emociones de todo tipo se le un poco de amor irracional -puesto que no puede ser de otro tipo- el resultado es un hombre estúpido.
Por supuesto Jack desconocía este análisis. Para él todo era "un jodido lío y una inmensa mierda, joder"; pero sí conocía la voz de Julia, sonando principalmente en algún lugar de su oído izquierdo:
- ¡Jack, Jack!
- Ah, hola, Julia -respondió el insípido capitán-. Cuanto tiempo sin vernos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

J.J. Convivencia.

Como toda historia parcialmente feliz, Jack y Julia comenzaron una relación a tiempo completo. La prostituta y el guardia de La Ciudad, unidos en la prácticamente inefable aventura de la Convivencia. Quizá no tan inefable.
La situación se mantuvo estable durante la primera semana: ambos trabajaban de noche, lo cual favorecía que pudieran dedicarse tiempo mutuamente; el sexo abundaba -aunque siempre lo practicaba más Julia que Jack- y, en líneas generales, no se conocían lo suficiente como para aborrecer los defectos del otro.
A partir del octavo día su concepción de amor dio un giro de 180 grados -ya que los de 360 te dejan exactamente en la misma posición-. De repente Russell se volvía un maniático, dejaba de ser tan comprensivo y perdía el aura de magnificiencia que lo caracterizaba. Con la señorita Reid ocurría lo mismo: del tratamiento de cortesía "dama de afectos negociables" se pasó a "zorra", de la belleza inmesurable a un simple "buenorra" y de una personalidad encantadora a un "tiene unas tetas increíbles".
Pese a lo crítico de la situación, el sexo, elemento de cohesión muy a tener en cuenta en las relaciones interpersonales, mantuvo -si bien de una forma bastante precaria- la cantidad de orgullo necesario para que ambos se avergoznaran de desistir tan prontamente.
Y lentamente, a una velocidad constante, los nudos que los unían fueron deshaciéndose. Jack se dio cuenta que prefería estar solo antes que con Julia; Julia reflexionó y llegó a la conclusión que quizás sería mejor pasar más horas trabajando. Entonces decidieron hablarlo y decir qué era lo más conveniente para ambos. Resolvieron cesar en su acometida contra la Convivencia pero no por eso cortar su amistad de raíz. Seguirían hablándose, contándose las cosas y, en fin, actuando como antes de tratar de salir juntos. Según sus propias palabras, no pensaban permitir que un intento fallido acabara con todo.
Como suele ser común en estos casos, a los dos meses ya llevaban uno sin dirigirse la mirada.

domingo, 7 de marzo de 2010

Ernie era simplemente Ernie

Ernst Stevenson era un hombre asquerosamente rico. Su método de lucro era totalmente legal, aunque sufría -siempre dependiendo del punto de vista- cierto déficit moral. Era un comerciante: compraba por precios irrisorios cualquier cosa de la que los necesitados de dinero fueran a desprenderse y luego revendía por dos o tres veces su valor. La prosperidad de su negocio era directamente proporcional al peso de su bolsillo, y ya empezaba a ser un mercader de renombre. Cuando alguien necesitaba algún artículo con urgencia ya sabía adonde dirigirse.
Su estado civil era casado, pero su esposa Elizabeth conocía y aceptaba sus relaciones con otras -muchas- mujeres. Consentía la poligamia por el bien del matrimonio.
Stevenson no era un hombre depravado, ni malvado, ni mucho menos maligno. Simplemente consideraba mucho más placentero acostarse con mujeres treinta años menores que su esposa que hacerlo con la propia. Puesto que el dinero -que servía tanto para las prostitutas como para aplacar el orgullo de su cónyuge- se lo permitía, así lo hacía. Sin ningún atisbo de malicia.
Oficialmente se hallaba retirado. El negocio había llegado al nivel de empresa, y esta nueva nomenclatura -o quizá la fluctuación monetaria que esto comportaba- le concedió el placer de contratar toda una serie de empleados que trabajaran para él. Ernie se limitaba a ver cómo, sin hacer nada, sus rentas crecían sin parar.
Pero, como toda persona, también tenía su parte magnánima. Por ejemplo, concedía prórrogas aceptables a los que le debían dinero, tampoco enviaba matones a sueldo para quebrar huesos sino que acataba el procedimiento judicial; nunca maltrataba a ninguna mujer, hubiera o no pagado por ella y se mostraba respetuoso con el mobiliario público y con todo otro ser humano, independientemente de su condición social. En definitiva, no era un ente inmoral, sino que era poseedor de una de muy curiosa y especial, que concierta a la perfección con adjetivos como particular e intransferible.
En el punto espaciotemporal exacto en el que tenemos nuestra vista colocado podemos ver como Ernie está dialogando con una prostituta llamada Julia, de muy buen ver, a la que retribuirá una cantidad de dinero equivalente al sueldo de un mes de alguno de sus empleados como pago por sus servicios. Mientras pormenorizan los detalles aparece un imponente guardia de La Ciudad. Se nota a leguas -quizá incluso millas o quilómetros- que el pobre hombre trata de esconder mediante todos los métodos que conoce -aunque visiblemente no es muy docto en la materia- la atracción que le provoca la señorita Reid. Stevenson, divertido con la situación, les concede los cinco minutos de cortesía a solas. Al término de estos coge a Julia por el brazo y se la lleva en busca de un poco de intimidad. En ningún momento gira la cabeza, pero está seguro que las dos personas que comparten acera con él sí lo hacen, no llegando a establecer contacto visual por muy pocas milésimas. Siempre ocurre igual.
Un pensamiento fugaz entra y sale por la mente de Ernst: "Ese Russel es un hijo de puta. Se cree que unas espaldas anchas y una placa lo hacen a uno interesante.". Nunca lo expresará en voz alta, así que, a efectos prácticos, el mundo jamás sabrá que una vez Ernie Stevenson pensó que Jack Russell era un enegreído hijoputa; ni tampoco el matiz de envidia con el que construyó -si eso es posible- el efímero contenido mental.
Finalmente se dirigen felizmente, uno por la perspectiva de dos horas del mejor sexo que puede comprar, la otra por la visión de unos billetes recién estrenados, hacia un acogedor portal; suben hasta el primer piso y ahí transcurren dos horas que no necesitan más explicación. Ciento veinte minutos más tarde una mujer, luciendo una trenza algo menos arreglada que al entrar, se aleja en dirección a su casa, pasando primero por el centro para realizar varias compras. En el mismo edificio que acaba de abandonar, dentro de la vivienda que ocupa el primer piso, un hombre de mediana edad, totalmente derrengado, se duerme de puro agotamiento y se olvida de avisar a su mujer que esa noche no lo espere para cenar.

Julia Reid: humana, mujer y prostituta; visiblemente por este orden.

Julia Reid caminaba por las calles de La Ciudad. Dos factores imposibilitaban que alguien no supiera que, precisamente, Julia Reid caminaba por las calles de La Ciudad. Una era la contaminación acústica -también llamada música por algunos- que producían sus tacones al golpear rítmicamente el asfalto de poca calidad. La otra era su propia figura; ladrona de miradas, corazones e incluso carteras, si se asociaba con la compañía adecuada.
Julia era una mujer alta, en torno al metro setenta y cinco, y los ya famosos tacones la alzaban unos centímetros más por encima del sucio suelo. Sus rasgos eran agradables; ojos grandes, nariz menuda, labios carnosos. Huyendo de los tópicos, el pelo no le caía en cascada por la espalda, sino que estaba sujeto en una simple trenza.
Psicológicamente podría ser definida como inestable. Una de sus facetas era la derrochadora, locuaz, alegre, confiada e incapaz de ver las malas intenciones de absolutamente nadie; dispuesta a no cruzar la calle cuando ve a varios desconocidos embozados a altas horas de la madrugada. La otra estaba completamente opuesta a la primera: arisca, huraña, desconfiada, fría y -el adjetivo que siempre acompaña a frío en estas ocasiones- calculadora. Lo peor es que no había ningún patrón a seguir. Con unas personas era de una forma y con otras se comportaba totalmente al contrario. Algunos conocidos de confianza le habían preguntado alguna vez acerca del asunto, pero sus respuestas siempre fueron más que ambiguas y nunca se pudo aclarar la cuestión.
Debido a sus dos personalidades y muchas otras razones que forman parte de otras historias, Julia ejercía como prostituta. No como una prostituta de esquina, ni siquiera una de burdel. A causa de sus nombrados atributos físicos se ganaba la vida con la llamada prostitución de lujo, que le retribuía unos honorarios comparables con los de un juez, sobornos incluidos.
No estaba para nada descontenta con su profesión. Le proporcionaba buenos ingresos y una cantidad de chismes y secretos suficientes para dominar La Ciudad a su antojo, si así lo hubiera querido.
Pero volviendo al foco temporal de la acción, su paseo le llevó junto a Ernie, un ricachón que contrataba sus servicios de forma habitual. La noche se estaba acabando, y ella no acostumbraba a trabajar tan tarde, pero el hombre había prometido pagarle como si fueran horas extras. Mientras simulaba dejarse seducir por los inexistentes encantos del pobre contratista, vio una figura surgir de la espesura que formaban los lóbregos edificios de La Ciudad.
La figura correspondía a Jack Russell, capitán de la Guardia, y para Julia, personaje masculino realmente interesante. Posiblemente el único entre todos los hombres que conocía que la trataba con una especie de cortesía digna de una aristócrata; como si pensara que su condición laboral no afectaba para nada a su persona. Ni siquiera ella misma se trataba de aquel modo.
Se alejó prudentemente del asco que le producía Ernie y entabló conversa con el guardia. Quiso hacerle ver, de forma sutil, que él era diferente de los demás, así que hizo todo lo contrario de lo que solía hacer con los representantes del género masculino: ni siquiera lo rozó una sola vez.
Una vez hubieron charlado un tiempo prudente, Julia se despidió y se dispuso a cumplir con los compromisos contractuales, pero apenas había dado cinco o seis golpes de tacón cuando giró la cabeza para ver por última vez durante esa noche a Jack. Sólo pudo contemplar su ancha espalda, pero una chispa de alegría recorrió su espinazo. Pensó que realmente era un hombre extraño.
Se dirigió al portal donde vivía Ernie, y durante el par de horas que duró su turno, tuvo tiempo de sobra para dedicar a reflexionar sobre lo ocurrido. Básicamente tomó la decisión de tratar a Russell con la personalidad número 1 e ir improvisando. Siempre le había salido bien.
Cuando hubo terminado de trabajar se fue a casa y durmió 12 horas de golpe, sin sueños que recordara.
Para la próxima vez que vio a Jack ciertas cosas dignas de mención acontecieron.

viernes, 5 de marzo de 2010

Jack Rusell: humano, hombre e idiota; no necesariamente por ese orden.

El capitán Jack Rusell de la Guardia de La Ciudad realizaba su cotidiana ronda nocturna. Nunca había sido un hombre demasiad ilustrado y tampoco era ya demasiado joven, pero a pesar de estos dos factores, estaba pensando.
Eran las cuatro de la madrugada y la memoria de sus pies, acostumbrados al mismo recorrido durante años, le permitían ocupar su cerebro con otros temas.
Aunque parezca mentira, no pensaba en sexo; y en este caso las apariencias no engañan. Realmente sí pensaba en sexo, todo el mundo piensa en sexo, pero entonces Rusell también mantenía otros pensamientos más o menos en paralelo. Por ejemplo, pensaba en Julia, y para ser sinceros, ambos conceptos -el del sexo y el de Julia- no estaban completamente desvinculados.
Lo curioso es que Julia era una señorita de afecto negociable. Y no es que a Jack eso le importara demasiado, pero a la sociedad en general sí, y Jack estaba ligeramente atado a la opinión de ese maldito colectivo. Pese a ello, la sociedad era sólo un problema menor.
El mayor de los obstáculos era que Julia no sentía el menor interés por él; y la verdad, puede que a un hombre no le moleste en absoluto que su enamorada sea una señorita de alterne, pero la sociedad -que ya realiza su aparición estelar por segunda vez en muy poco tiempo- encuentra muy gracioso que todo un guardia de La Ciudad sea rechazado incluso por una puta. Y pese a que Jack no es precisamente un intelectual, tampoco es tonto.
En ese momento exacto se hallaba analizando su propia situación y llegando a ciertas conclusiones prácticamente universales: "no me merece", "yo aspiro a algo mejor", "ciertamente no es nadie trascendental en mi vida", "sólo es un capricho", "debo olvidarme de ella" o "jodidos pies automáticos, me dejan reflexionar durante demasiado tiempo".
Y a medida que su ego se recomponía lentamente y el reloj avanazaba -de la única manera que puede avanzar el tiempo- inexorablemente, un resorte se accionó en su cabeza y le sacó de sus cavilaciones, obligándole a volver a la noche. Enfocó la vista de nuevo y desvió la mirada hacia el frente. Ahí estaba Julia, aunque era extraño verla trabajar hasta tan tarde. Y ahí estaba Ernie, un cliente demasiado habitual, según la mentalidad de Jack.
Es cierto que Julia no estaba interesada en Russell, por lo menos no de la forma que éste hubiera querido, pero esto no quita que le prestara una cantidad de atención muy considerable. Simplemente ella era totalmente ajena a los sentimientos del guardia; le gustaba sentir la autoridad cerca, en su trabajo nunca se tenía la certeza absoluta de que no ocurriría ningún percance imprevisto.
Volviendo al hilo de la narración, Julia despidió momentaneamente a su cliente, alejándose unos pasos de él para quedar cerca de Jack. Mantuvieron una conversación trivial sin que en ningún momento el cuerpo de la mujer rozara mínimamente el del hombre. Tras unos minutos -que duraron exactamente unos minutos para uno, demasiado poco tiempo para el otro- se despidieron, y cada uno siguió con sus obligaciones.
Todavía no había dado Russell tres pasos cuando, sin poder reprimir su instinto, giró la cabeza para contemplar a Julia por última vez esa noche y se encontró con una imagen desoladora. La vio agarrada del brazo del hasta ahora invisible Ernie, dirigiéndose ambos, presuntamente felices, hacia un oscuro a la par que acogedor portal.
No pudo Jack soportarlo, no interiormente. El ego que había logrado retener durante aquel paseo se desmenuzó y se mezcló con las huellas que dejaban sus botas en el barro, sumiéndolo a él en un estado de completa vulnerabilidad, indefenso ante cualquier ataque de las taimadas angustia e impotencia.
Y así fue. Terminó su ronda, volvió a casa y se tumbó sobre la cama sin desvestirse -porque realmente no tenía otra ropa que ponerse, y el frío acuciaba-. Su cabeza le decía que ya no tenía edad para esas cosas, pero de nada sirvió. Sólo al cabo de unos minutos logró serenarse lo justo para empezar de nuevo el trabajo que acababa de ser destruido.
Se autoconvenció de que no sentía absolutamente nada por ella y era completamente capaz de controlar la atracción, e incluso probó a insultarla para ver si así mejorba; por desgracia el resultado fue totalmente contrario a sus pretensiones. Finalmente el sueño le venció, y por tópico que suene, pasó un mal final de noche y principio de día.
Durante la siguiente ronda, ya más convencido y resignado, no vio a Julia, y quizás pasó una semana o un mes hasta la inevitable "próxima vez", pero cuando por fin llegó el fatídico momento, ninguna de las fortificaciones y defensas que hubo armado alrededor de su mente sirvieron para aguantar ni una mísera ronda contra su amada. Las mujeres poseen un influjo más poderoso que la luna de Baudelarie.

Intento de literatura amorosa

Iban a hacer el amor esa noche. Él debía acostar a los niños -esas pequeñas bestias rubias- y ella le esperaría en la cama de sus padres: era una sacrílega -y, por tanto, excitante- idea.
Llevaban ya dos intentos fallidos, uno de ellos a punto de concluir favorablemente, pero siempre sonaba algún teléfono, el timbre de la casa entonaba su histérica melodía (la vecina quería sal) y, al final, el miedo al ridículo, y la idea se perdía. Pero esta vez lo habían planeado bien los padres no iban a volver hasta la tarde siguiente y, en definitiva, todo saldría bien.
Así que ella le esperaba en la cama. No se había desnudado, y no pensaba hacerlo: era demasiado tímida. Además, esa casa no era suya, y había algo de ridículo en la imagen de ella esperándolo desnuda en la habitación de sus padres.
Recostada en la cama, se entretuvo mirando la estancia: a su izquierda había un pequeño bureau sepultado por un alud de papeles y libros que abarcaban títulos tan diversos como “Astrofísica” y “Dublineses”, desordenados sobre el escritorio.
Encima de la mesa -no “encima” en el sentido literal de la palabra, pero desde su posición así lo parecía- había una ventana que daba a un parque ahora cubierto por la nieve y la oscuridad nocturna (por alguna extraña razón, las farolas no se habían encendido ese día).
El frío de allá, afuera, le sacó de su embeleso, y lentamente pensó en levantarse. Lo hizo como quien piensa que es un fastidio hacer algo inevitable, y no se iba a tapar con la manta: le daba demasiada vergüenza -una vergüenza tonta, infundada y completamente inocente.
Ahora escuchaba risas alborotadas en la habitación de los niños, y aprovechó el calor que éstas transmitían para, de un salto, ponerse en pie y recolocarse el cuello de la camisa que se había puesto ese día (llevaba siempre camisa, pero no de la manera escotada o abierta que acostumbraban a llevar las chicas. Ella se la abrochaba hasta arriba, como su padre hacía antes que ella: era una costumbre que venía desde la infancia, y estaba fundada sobre cimientos infantiles), y se quedó quieta, con los hombros caídos durante unos instantes.
Cuando recuperó el dominio de su mente, la risa de los niños había cesado, y por el tono de su voz -la voz de él-, el relato había alcanzado una cima de tensión que agotaría a los críos, y entonces la espera finalizaría. No era un convencimiento agradable. Era un convencimiento aburrido y rutinario, de aquellos que hacen que uno no se pare más de un minuto a meditar.
Salió del cuarto, y caminó sin hacer ruido por el pasillo, y se escondió para admirar la escena: él llevaba la camisa arremangada, y parecía imitar a alguna clase de monstruo de la forma totalmente ridícula del comediante que conoce a su público y que sabe ganárselo sin esfuerzo, pero que en el curso de su desganada interpretación es devorado por el papel, y él, su mente y su cuerpo, pertenecen a un guión preestablecido -o a la simple imaginación.
Como resultado de esa comedia, el bueno de la historia se salvó mientras ella -la parte real de nuestra historia- apenas reprimía una risotada, y de repente la voz de él se pausó, los niños recordaron que tenían sueño, y, desde la cama, soltaron bostezos que no ofendieron al narrador, que ya se afanaba en terminar el relato para que nada perturbase a su joven público.
Al final cerraron los ojos, y ella, con el sigilo de una madre que arropa a su prole, le rodeó el cuello con los brazos.
Ella susurró “te quiero”, y lentamente caminaron hacia la cama, donde cayeron rendidos con un suspiro de cansancio y, al poco, se durmieron.