Ernst Stevenson era un hombre asquerosamente rico. Su método de lucro era totalmente legal, aunque sufría -siempre dependiendo del punto de vista- cierto déficit moral. Era un comerciante: compraba por precios irrisorios cualquier cosa de la que los necesitados de dinero fueran a desprenderse y luego revendía por dos o tres veces su valor. La prosperidad de su negocio era directamente proporcional al peso de su bolsillo, y ya empezaba a ser un mercader de renombre. Cuando alguien necesitaba algún artículo con urgencia ya sabía adonde dirigirse.
Su estado civil era casado, pero su esposa Elizabeth conocía y aceptaba sus relaciones con otras -muchas- mujeres. Consentía la poligamia por el bien del matrimonio.
Stevenson no era un hombre depravado, ni malvado, ni mucho menos maligno. Simplemente consideraba mucho más placentero acostarse con mujeres treinta años menores que su esposa que hacerlo con la propia. Puesto que el dinero -que servía tanto para las prostitutas como para aplacar el orgullo de su cónyuge- se lo permitía, así lo hacía. Sin ningún atisbo de malicia.
Oficialmente se hallaba retirado. El negocio había llegado al nivel de empresa, y esta nueva nomenclatura -o quizá la fluctuación monetaria que esto comportaba- le concedió el placer de contratar toda una serie de empleados que trabajaran para él. Ernie se limitaba a ver cómo, sin hacer nada, sus rentas crecían sin parar.
Pero, como toda persona, también tenía su parte magnánima. Por ejemplo, concedía prórrogas aceptables a los que le debían dinero, tampoco enviaba matones a sueldo para quebrar huesos sino que acataba el procedimiento judicial; nunca maltrataba a ninguna mujer, hubiera o no pagado por ella y se mostraba respetuoso con el mobiliario público y con todo otro ser humano, independientemente de su condición social. En definitiva, no era un ente inmoral, sino que era poseedor de una de muy curiosa y especial, que concierta a la perfección con adjetivos como particular e intransferible.
En el punto espaciotemporal exacto en el que tenemos nuestra vista colocado podemos ver como Ernie está dialogando con una prostituta llamada Julia, de muy buen ver, a la que retribuirá una cantidad de dinero equivalente al sueldo de un mes de alguno de sus empleados como pago por sus servicios. Mientras pormenorizan los detalles aparece un imponente guardia de La Ciudad. Se nota a leguas -quizá incluso millas o quilómetros- que el pobre hombre trata de esconder mediante todos los métodos que conoce -aunque visiblemente no es muy docto en la materia- la atracción que le provoca la señorita Reid. Stevenson, divertido con la situación, les concede los cinco minutos de cortesía a solas. Al término de estos coge a Julia por el brazo y se la lleva en busca de un poco de intimidad. En ningún momento gira la cabeza, pero está seguro que las dos personas que comparten acera con él sí lo hacen, no llegando a establecer contacto visual por muy pocas milésimas. Siempre ocurre igual.
Un pensamiento fugaz entra y sale por la mente de Ernst: "Ese Russel es un hijo de puta. Se cree que unas espaldas anchas y una placa lo hacen a uno interesante.". Nunca lo expresará en voz alta, así que, a efectos prácticos, el mundo jamás sabrá que una vez Ernie Stevenson pensó que Jack Russell era un enegreído hijoputa; ni tampoco el matiz de envidia con el que construyó -si eso es posible- el efímero contenido mental.
Finalmente se dirigen felizmente, uno por la perspectiva de dos horas del mejor sexo que puede comprar, la otra por la visión de unos billetes recién estrenados, hacia un acogedor portal; suben hasta el primer piso y ahí transcurren dos horas que no necesitan más explicación. Ciento veinte minutos más tarde una mujer, luciendo una trenza algo menos arreglada que al entrar, se aleja en dirección a su casa, pasando primero por el centro para realizar varias compras. En el mismo edificio que acaba de abandonar, dentro de la vivienda que ocupa el primer piso, un hombre de mediana edad, totalmente derrengado, se duerme de puro agotamiento y se olvida de avisar a su mujer que esa noche no lo espere para cenar.
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