jueves, 11 de marzo de 2010

La estupidez mezclada con el hombre.

El capitán Jack Russell de la Guardia de La Ciudad volvía a realizar su cotidiana ronda nocturna. Esta vez la mala iluminación y la ausencia de estrellas escondían una cara apesadumbrada. Un olor a déjà vu impregnaba la calle y la suciedad que estaba posada sobre ella. Jack sabía qué le deparaba el futuro próximo, y si bien aquello conseguía aumentar el sentimiento de resignación, ni por asomo aligeraba la carga. Esa noche le tocaba patrullar uno de los barrios donde siempre, fuera la hora que fuera, encontraba a Julia danzando con sus tacones y divirtiéndose con Ernie. No había preguntado nunca directamente, pero sus conjeturas apuntaban que los encontronazos se producían porque la pareja -Julia y Ernst- simplemente disfrutaban de la noche al completo.
Algunas veces los observaba al salir de un pub, a las 3 de la madrugada; otras sentados en un banco, a las 5; las más, cenando en algún restaurante lujoso entre las 9 y las 11 de la noche; las menos volviendo a casa -posiblemente la perteneciente al hombre- a las 7 de la mañana,en contra de la opinión popular, que dice que a esa hora aún no se han puesto las calles.
Dos sensaciones oprimían el corazón -o quizá la mente- del guardia. La primera tenía que ver con los celos: él se consideraba a sí mismo una persona extremadamente tolerante, pero no podía soportar ver en brazos de otro la mujer que -como veremos más adelante- todavía quería.
La segunda era mucho más compleja: ansiaba algo que no quería. Lo normal hubiera sido reconocer que todavía amaba a la señorita Reid o, por el contrario, que no la ansiaba; pero tampoco se sentía simplemente atraído por su físico imponente.
La realidad se correspondía con una atracción digna de un imán -parece un tópico, pero increíblemente se ajusta a la descipción de la verdad- mezclado con un odio irracional instalado en Russell por el rechazo al que se veía sometido. Sin duda esto era injusto para Julia, ya que ella no tenía la culpa de no quererle ya más. Si a la mezcla de emociones de todo tipo se le un poco de amor irracional -puesto que no puede ser de otro tipo- el resultado es un hombre estúpido.
Por supuesto Jack desconocía este análisis. Para él todo era "un jodido lío y una inmensa mierda, joder"; pero sí conocía la voz de Julia, sonando principalmente en algún lugar de su oído izquierdo:
- ¡Jack, Jack!
- Ah, hola, Julia -respondió el insípido capitán-. Cuanto tiempo sin vernos.

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