Iban a hacer el amor esa noche. Él debía acostar a los niños -esas pequeñas bestias rubias- y ella le esperaría en la cama de sus padres: era una sacrílega -y, por tanto, excitante- idea.
Llevaban ya dos intentos fallidos, uno de ellos a punto de concluir favorablemente, pero siempre sonaba algún teléfono, el timbre de la casa entonaba su histérica melodía (la vecina quería sal) y, al final, el miedo al ridículo, y la idea se perdía. Pero esta vez lo habían planeado bien los padres no iban a volver hasta la tarde siguiente y, en definitiva, todo saldría bien.
Así que ella le esperaba en la cama. No se había desnudado, y no pensaba hacerlo: era demasiado tímida. Además, esa casa no era suya, y había algo de ridículo en la imagen de ella esperándolo desnuda en la habitación de sus padres.
Recostada en la cama, se entretuvo mirando la estancia: a su izquierda había un pequeño bureau sepultado por un alud de papeles y libros que abarcaban títulos tan diversos como “Astrofísica” y “Dublineses”, desordenados sobre el escritorio.
Encima de la mesa -no “encima” en el sentido literal de la palabra, pero desde su posición así lo parecía- había una ventana que daba a un parque ahora cubierto por la nieve y la oscuridad nocturna (por alguna extraña razón, las farolas no se habían encendido ese día).
El frío de allá, afuera, le sacó de su embeleso, y lentamente pensó en levantarse. Lo hizo como quien piensa que es un fastidio hacer algo inevitable, y no se iba a tapar con la manta: le daba demasiada vergüenza -una vergüenza tonta, infundada y completamente inocente.
Ahora escuchaba risas alborotadas en la habitación de los niños, y aprovechó el calor que éstas transmitían para, de un salto, ponerse en pie y recolocarse el cuello de la camisa que se había puesto ese día (llevaba siempre camisa, pero no de la manera escotada o abierta que acostumbraban a llevar las chicas. Ella se la abrochaba hasta arriba, como su padre hacía antes que ella: era una costumbre que venía desde la infancia, y estaba fundada sobre cimientos infantiles), y se quedó quieta, con los hombros caídos durante unos instantes.
Cuando recuperó el dominio de su mente, la risa de los niños había cesado, y por el tono de su voz -la voz de él-, el relato había alcanzado una cima de tensión que agotaría a los críos, y entonces la espera finalizaría. No era un convencimiento agradable. Era un convencimiento aburrido y rutinario, de aquellos que hacen que uno no se pare más de un minuto a meditar.
Salió del cuarto, y caminó sin hacer ruido por el pasillo, y se escondió para admirar la escena: él llevaba la camisa arremangada, y parecía imitar a alguna clase de monstruo de la forma totalmente ridícula del comediante que conoce a su público y que sabe ganárselo sin esfuerzo, pero que en el curso de su desganada interpretación es devorado por el papel, y él, su mente y su cuerpo, pertenecen a un guión preestablecido -o a la simple imaginación.
Como resultado de esa comedia, el bueno de la historia se salvó mientras ella -la parte real de nuestra historia- apenas reprimía una risotada, y de repente la voz de él se pausó, los niños recordaron que tenían sueño, y, desde la cama, soltaron bostezos que no ofendieron al narrador, que ya se afanaba en terminar el relato para que nada perturbase a su joven público.
Al final cerraron los ojos, y ella, con el sigilo de una madre que arropa a su prole, le rodeó el cuello con los brazos.
Ella susurró “te quiero”, y lentamente caminaron hacia la cama, donde cayeron rendidos con un suspiro de cansancio y, al poco, se durmieron.
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