lunes, 22 de marzo de 2010

La certeza.

-Again, again, again-. Pensaba Julia para sus adentros. -When will I see you again?-. Sus ojos, quizá negros, quizá marrones, quizá verdes, comenzaron a bailar y, después de haber captado y procesado los detalles que la circundaban, pararon súbitamente. Su sonrisa se acompasó a la situación y el viento, siempre cómplice, meció delicadamente su trenza, añadiendo solemnidad al evento.
La muchedumbre que la rodeaba estaba entre sorprendida, aturdida y agitada. La Ciudad es aburrida, La Ciudad es monótona, La Ciudad es rutinaria. Un hombre acababa de montar un numerito delante de una señorita de alterne. Creció la expectación. La mujer parecía esculpida en piedra, sumida en el estupor. El hombre huía, el hombre escapaba lentamente, el hombre intentaba disimular su temor, su miedo, su pánico. El griterío aumentó: La Ciudad quiso añadir su opinión en el escenario, y la expresó mediante cada uno de los individuos que formaban el corrillo.
-He does the walk, he does the walk-. Soñaba Julia. -He does the walk of life!-. Sus manos agarraron la trenza y cortaron la acción o el intento de participación del viento. Sus cejas se fruncieron, su nariz se arrugó. Sus ojos se decantaron por el negro. Unas pequeñas arrugas, prácticamente invisibles, aprovecharon para asentarse un poquito más. Sus rodillas, acostumbradas a trabajar, se doblaron ligeramente. Sus cuádriceps se tensaron, sus gemelos se volvieron más útiles que seductivos y, si hubiera sido posible, el tacón de sus zapatos se habría elevado ligeramente por encima del nivel del suelo. Unos instantes después el cuerpo de Julia luchaba contra la gravedad, pero sólo momentáneamente, ya que decidió dejarse vencer y aterrizó, en contra de lo que dictan los cánones, pesadamente. <<¡Bravo!>>. Una voz femenina, muy aguda, se destacó entre la multitud. El público calló al acto.
-So that's the sound of silence-. escribió Julia en su conciencia. -The sound of silence...-.
Miró con unos ojos grises a la concurrencia. Todo el mundo aguardó, contagiadamente felices. Julia Reid, persona excepcional, arrancó. Sus piernas perdieron el sentido del compás. Su falda, realmente corta, le proporcionó aereodinamismo. Perdió ambos zapatos durante la carrera. Perdió su característico acompañamiento de percusión, perdió la atadura que encarcelaba su trenza y el rojo invadió cada uno de los poros de su rostro. Olvidó quién era, olvidó su nombre, su pasado, olvidó qué talla de sostén usaba y olvidó qué sentido tenía el dinero. Destrozó unas preciosas medias negras, pero no le importó. Avanzó impunemente entre los charcos de una lluvia remota y no descansó hasta encontrar el local donde siempre, ella y todas las muchachas de su condición, iban a inhibirse. Entró, sin parar de correr, pidió un vodka, un tequila, un whisky, bebió, bebió, vio a Jack, cadavérico, medio descansando medio agonizando en el suelo. Bebió, bebió para grabar el momento en el corazón, cerebro, dorso de la mano o donde se almacenaran los recuerdos. Bebió hasta rozar el coma etílico y se desplomó junto a Russell.
-My eyes changed from kinda green to kinda blue-. Cantó Julia para sí misma. -My eye's just an eye-. Y entonces permitió que se le cerraran los párpados mientras su cuerpo descansaba junto al del guardia, juntos, entrelazados, tumbados sobre la madera putrefacta, suciedad y restos de colilla de un local mugriento cualquiera, sin nombre, sin relevancia, sin transcendencia.

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