Julia Reid caminaba por las calles de La Ciudad. Dos factores imposibilitaban que alguien no supiera que, precisamente, Julia Reid caminaba por las calles de La Ciudad. Una era la contaminación acústica -también llamada música por algunos- que producían sus tacones al golpear rítmicamente el asfalto de poca calidad. La otra era su propia figura; ladrona de miradas, corazones e incluso carteras, si se asociaba con la compañía adecuada.
Julia era una mujer alta, en torno al metro setenta y cinco, y los ya famosos tacones la alzaban unos centímetros más por encima del sucio suelo. Sus rasgos eran agradables; ojos grandes, nariz menuda, labios carnosos. Huyendo de los tópicos, el pelo no le caía en cascada por la espalda, sino que estaba sujeto en una simple trenza.
Psicológicamente podría ser definida como inestable. Una de sus facetas era la derrochadora, locuaz, alegre, confiada e incapaz de ver las malas intenciones de absolutamente nadie; dispuesta a no cruzar la calle cuando ve a varios desconocidos embozados a altas horas de la madrugada. La otra estaba completamente opuesta a la primera: arisca, huraña, desconfiada, fría y -el adjetivo que siempre acompaña a frío en estas ocasiones- calculadora. Lo peor es que no había ningún patrón a seguir. Con unas personas era de una forma y con otras se comportaba totalmente al contrario. Algunos conocidos de confianza le habían preguntado alguna vez acerca del asunto, pero sus respuestas siempre fueron más que ambiguas y nunca se pudo aclarar la cuestión.
Debido a sus dos personalidades y muchas otras razones que forman parte de otras historias, Julia ejercía como prostituta. No como una prostituta de esquina, ni siquiera una de burdel. A causa de sus nombrados atributos físicos se ganaba la vida con la llamada prostitución de lujo, que le retribuía unos honorarios comparables con los de un juez, sobornos incluidos.
No estaba para nada descontenta con su profesión. Le proporcionaba buenos ingresos y una cantidad de chismes y secretos suficientes para dominar La Ciudad a su antojo, si así lo hubiera querido.
Pero volviendo al foco temporal de la acción, su paseo le llevó junto a Ernie, un ricachón que contrataba sus servicios de forma habitual. La noche se estaba acabando, y ella no acostumbraba a trabajar tan tarde, pero el hombre había prometido pagarle como si fueran horas extras. Mientras simulaba dejarse seducir por los inexistentes encantos del pobre contratista, vio una figura surgir de la espesura que formaban los lóbregos edificios de La Ciudad.
La figura correspondía a Jack Russell, capitán de la Guardia, y para Julia, personaje masculino realmente interesante. Posiblemente el único entre todos los hombres que conocía que la trataba con una especie de cortesía digna de una aristócrata; como si pensara que su condición laboral no afectaba para nada a su persona. Ni siquiera ella misma se trataba de aquel modo.
Se alejó prudentemente del asco que le producía Ernie y entabló conversa con el guardia. Quiso hacerle ver, de forma sutil, que él era diferente de los demás, así que hizo todo lo contrario de lo que solía hacer con los representantes del género masculino: ni siquiera lo rozó una sola vez.
Una vez hubieron charlado un tiempo prudente, Julia se despidió y se dispuso a cumplir con los compromisos contractuales, pero apenas había dado cinco o seis golpes de tacón cuando giró la cabeza para ver por última vez durante esa noche a Jack. Sólo pudo contemplar su ancha espalda, pero una chispa de alegría recorrió su espinazo. Pensó que realmente era un hombre extraño.
Se dirigió al portal donde vivía Ernie, y durante el par de horas que duró su turno, tuvo tiempo de sobra para dedicar a reflexionar sobre lo ocurrido. Básicamente tomó la decisión de tratar a Russell con la personalidad número 1 e ir improvisando. Siempre le había salido bien.
Cuando hubo terminado de trabajar se fue a casa y durmió 12 horas de golpe, sin sueños que recordara.
Para la próxima vez que vio a Jack ciertas cosas dignas de mención acontecieron.
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