Jack Russell huyó de sí mismo. Mientras obligaba a su mente a permanecer vacía, completamente en blanco, recorrió aleatoriamente varias calles secundarias, concentrado en el ruido que precedía el tacto de sus botas con el suelo.
El alivio pugnaba con la conciencia, uno de los dos iba a hacerse en muy poco tiempo con el control de cuerpo, aunque de momento la única realidad palpable estaba concentrada en unas botas de cuero negras, de unos 17 meses de edad, colocadas por debajo de la rodilla, dedicadas a castigar minuciosamente el impávido asfalto.
El alivio se erigió vencedor. El traqueteo rítmico cesó. Un hombre quedo quietísimo en medio de la calle y se permitió un suspiro digno de un potencial ahogado.
La errática cabalgata lo había llevado delante de un establecimiento donde servían bebidas alcohólicas. Jack abrió la puerta, pidió un whisky solo, pidió dos más antes de que llegara el primero y se bebió los tres de golpe. Repitió el proceso varias veces, parando cuando estuvo seguro de haber expulsado de su cuerpo cualquier resto de sobriedad. Y entonces se perdió a él mismo.
Se despertó cuando la luna competía con el mermado alumbrado público, no por belleza ni seducción, sino por ver quién se desenvolvía mejor en su trabajo y resultaba más útil a La Ciudad. Jack se levantó, muy lentamente, profiriendo quejas y sintiendo un intenso dolor de cabeza mezclado con la sensación consistente en que le habían robado los huesos. Pese a su metodicismo, al erguirse tanto como su estatura se lo permitía su cabeza golpeó con rudeza un solitario candil que alguien había olvidado, descolgando el inocente objeto con el impacto y enviándolo a varios pasos de sí, logrando de este modo acrecentar el dolor que acuciaba su cráneo. Si alguien hubiera mirado hacia el cielo en ese preciso instante, le habría parecido ver que la luna torcía un poquito más su sonrisa.
Russell levantó la vista al cielo y, cogiéndose la cabeza con las manos, profirió un variado surtido de insultos hacía una amplia gama de seres, tanto vivientes como inanimados. Una vez quedó saciado, una lista de fotogramas acudió a su mente. La lista estaba formada por peleas, por sangre, por mujeres, por alcohol y miradas violentas. La última imagen estaba borrosa. Despidió momentáneamente a la resaca y cerró los ojos para visualizar un poquito mejor el recuerdo. En él aparecía una señorita alta, más desnuda que vestida, con una larga trenza pelirroja descansando sobre un rostro conocido, su rostro. Julia.
La conciencia le volvió de golpe, multiplicada por el número de horas que su cuerpo había permanecido sobre las capas de polvo de las calles, calles por las que Julia había paseado, caminado, deambulado, reído, muchas veces todos los verbos a la vez y junto a él.
La totalidad de su cerebro se vio invadida por Julia. Se encontró otra vez a sí mismo y deseó inmediatamente volverse a perder. Julia, Julia, Julia...
La figura de un hombre, tenuemente iluminada por la luna, elevó un grito por encima del silencio que mantenía La Ciudad a según que horas de la madrugada. El grito no contenía ni dolor, ni furia, tampoco estaba mezclado con el llanto. Era un grito compuesto por impotencia llana, una impotencia que se puede comprar en cualquier mercado o tienda. Tan cotidiana como un despertar o un sueño, tan desespertante como un libro sin final o una bisagra ululante, tan completa como el nombre de Julia, tan maliciosa como una luna apagada, tan sobria como un vaso de agua y tan cierta como la sensación de vacío que llenó al guardia; exactamente igual y precisamente contraria a la que ocupó su recorrido hasta el antro y ahora le mortificaba sin pasión, sin ganas, como si fuera una tarea que cumplir y la impotencia fuera un trabajador eficiente a la par que desilusionado.
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