viernes, 22 de octubre de 2010

Vómito breve y conciso

A veces sufro porque sufrir es de gente irracional
y yo soy racional
y sufrir no es lo mío.

Y me alejo del mundo y al mundo no le importa.

lunes, 19 de abril de 2010

Vaya.

En algún desconocido rascacielos de la ciudad de Nueva York, desconocido porque no sé su nombre, desconocido porque nunca he estado allí, la lluvia hizo acto de presencia. Una mujer, que habitaba en el Bronx o en el Harlem, o en alguno de los barrios usualmente llamados conflictivos que tampoco conozco, asomó la cabeza por una de las múltiples ventanas del piso número 34. No era su hogar, pero sí el edificio donde trabajaba ocho horas diarias.
Tras contemplar varios minutos cómo las gotas impactaban contra los coches y los incautos que transitaban sin paraguas, oyó que su jefe la amonestaba verbalmente y la instaba a volver a su puesto. Jodido racista, seguro que creía que por ser negra, quizá iberoamericana, como usaban últimamente, no gozaba contemplando la lluvia o perdiendo un poquito el tiempo.
Entonces abrió completamente esa pequeña entrada de cielo, o, más acorde con su humor, la puta ventana que se atascaba, y desatendiendo las miradas asombradas de los demás oficinistas, sacó su cuerpo fuera y se sentó con total naturalidad en la repisa. Mientras balanceaba las piernas rítmicamente, a considerables decenas de metros del suelo, comenzó a silbar una canción cuyo nombre no recordaba y debido a ella sintió unas ganas irrefrenables de estar enamorada, de cantar mientras se abrazaba a una farola y de mandar a su jefe a tomar por culo.
El asombro se convirtió en miedo y las órdenes en súplicas. De repente toda la atención se centraba en la figura que parecía necesitada de adrenalina. Treintaicuatro pisos por debajo, la gente de la calle comenzó a señalar en la dirección de la mujer, y tras los primeros murmullos de cortesía, se formó un círculo en torno al espectáculo. Alguien responsable llamó al teléfono de urgencias, y al cabo de unos minutos, la policía y los bomberos ayudaban a propagar el desconcierto generalizado.
Todo el mundo trató de hacerse con el control y nadie lo logró. Los bomberos y los policías se gritaban unos a otros, creyendo que si alzaban el volumen de la voz sus argumentos cobrarían solidez. La mujer, por su parte, seguía sin recordar el nombre de la canción, pero eso no la frustraba. Ahora estaba ocupada pensando en cuándo pararía de llover.
El pánico había cundido y el run run de gritos de alarma y auxilio obstruyó la capacidad de concentración de la trabajadora, que una vez no pudo soportar más la situación, decidió mandar callar al personal y exigió silencio, so pena de tirarse si no lo lograba.
La multitud del piso treintaicuatro, que la había oído, enmudeció. Ella, satisfecha, preguntó a la concurrencia si alguien sabía cuándo iba a parar de llover de una puta vez. La gente, tomando su pregunta como una frase condescendiente, perfecta para romper el hielo, volvió esforzarse en su propósito de subir los decibelios.
¡No puedo, no puedo, no puedo! Esta lluvia me va a matar, si no lo hacéis antes vosotros. ¿No puede hacer un jodido buen día por una vez? No me gusta el verano, no me gusta la arena, no me gustan los peces, pero me gusta sentirme libre, me gusta divertirme, me gusta parar de trabajar. Yo hubiera querido un viajecito, al otro lado del Atlántico, visitar Europa, Alemania, Holanda, Rusia quizá.
Cada uno de sus compañeros era una máscara de diferentes emociones, definidas todas por la incredulidad. Esa mujer estaba loca; se sentaba al borde de la muerte y para lo único que tenía cabeza era para reivindicar que la lluvia no tenía derecho a aparecer tan frecuentemente. Definitivamente estaba más que loca, jodidamente loca, lunática.
La sensación de peligro se acentuó cuando la mujer empezó a gesticular y realizar aspavientos peligrosamente bruscos.
Joder, no hay derecho a que tenga que trabajar un tercio de mi vida en un puto trabajo de mierda para simplemente limitarme a sobrevivir. ¡No hay derecho! ¡No lo hay!
Y entonces resbaló y comenzó su descenso.
Mientras caía reflexionó en que le hubiera gustado tener un paraguas para no mojarse y llegar decente a su impacto contra el suelo. La ruborizaba imaginarse muriendo de cualquier forma, quizá sin el más mínimo decoro. Luego pensó en lo que dejaba atrás, su casita, sus memorias, una madre, todavía viva, unos cuantos hermanos, y no sintió un especial sentimiento de vacío al pensar que se estaba quedando sin ellos.
La gravedad hacía su trabajo, pero, justo donde el viaje finalizaba, un hombre, un bombero superpuesto a la disputa interna, estaba dispuesto, con los brazos extendidos, como si recibiera o más bien esperara que se posara sobre él una hoja de árbol. A una velocidad imperceptible para los sentidos humanos, la trabajadora finalizó su caída, muy suavemente, muy amortiguada, encima del hombre, pocos centímetros por encima del amargo suelo. La gente estalló en vítores lanzados hacia el nuevo héroe.
La mujer se levantó, tranquilamente, y explicó que había sido un error muy tonto. Realmente podría haberse hecho mucho daño. Luego, obviando las atenciones que se empeñaban en proporcionarle las fuerzas del estado, entró otra vez en el edificio y subió al piso número 34 por las escaleras, argumentando que se acercaba el verano y le iba a venir bien perder unos quilos.
Por el otro lado, el bombero, feliz de haber cumplido con su deber, compareció ante una multitud de periodistas para explicar cómo había sido posible la hazaña, inefable pese a sus múltiples testigos. Una vez hubo dado un trago de agua, aclarado la garganta y excusado por su nerviosismo, puesto que él nunca había hablando delante de tanto público, explicó que se había criado en unos de los barrios marginales de la ciudad y que apenas había recibido educación, así que en ningún momento llegó a pensar que una caída desde tanta altura no pudiera ser parada sin consecuencias por un hombre solo, sin otros medios, y contó también que se había horrorizado cuando por fin alguien lo instruyó. Suerte que no me lo enseñaron antes de que me pusiera allí abajo, eh? –Añadió-.

sábado, 17 de abril de 2010

Casualidades

La bandera roja, esta vez tan alejada de los ideales comunistas, ondeaba gentilmente en lo alto de la atalaya donde descansaba la socorrista. Su significado causaba tristeza entre los pocos aventureros que osaban pisar la playa un 17 de febrero de un año cualquiera: las aguas estaban impracticables.
En el mar de dunas adyacente al que contenía las aguas, situado en algún punto indefinido entre el trópico de cáncer y el círculo polar ártico, los valientes bañistas bajaban la vista y hundían los pies en la arena, avergonzados de su situación.
Por su parte, la socorrista, sonriente por la placidez del día, levantaba unas innecesarias gafas de sol y dejaba sus párpados cerrados como última defensa antes unos rayos de sol exiguos. El invierno, reacio a marcharse, ya agonizaba en lugares como el suyo, y cada día acudían, aún con timidez, más y más visitantes necesitados de creer en la existencia del verano, en las vacaciones y recuerdos que éste prometía.
El viento del norte causaba olas lo suficientemente grandes como para que un chiquillo llorase de impotencia al oír la negativa rotunda de su padre, alarmado por la tentativa de meterse un poquitín en el agua. Sin embargo, de entre todos los valientes, uno cruzó la frontera hacia la locura a la vez que se despojaba de su camiseta y emprendía la que hubiera sido una marcha triunfante con el peligro como destino final, en caso de que hubiera habido alguien fijándose en sus pasos.
Mientras la invisible y solitaria figura adoptaba el adjetivo imprudente, la socorrista negligente dormitaba, segura de la autoridad de la bandera. Instantes después, mientras el joven, ya que hay edad máxima para las temeridades, se encontraba literalmente con el agua hasta el cuello, la socorrista bostezó, se levantó ligeramente la camiseta, sólo hasta la altura del ombligo, y cambió la posición del cuello. Cuando todavía no había tenido tiempo de dormirse otra vez, apenas el joven se hubo internado varios metros más en el agua, los justos para perder pie; las olas lo invadieron y varias toneladas de agua se dedicaron a deslizarse una y otra vez sobre el muchacho imprudente, incapacitándolo para respirar a intervalos constantes.
El chiquillo, que había estado observado la acción con envidia, le comentó a su padre que el joven debía estar a gusto en el agua, ya que llevaba por lo menos veinte segundos sin asomar la cabeza. El padre, dudoso de la veracidad de las palabras de su hijo, buscó con la mirada al muchacho, y al no encontrarlo, dio el grito de alarma, visiblemente turbado.
Laura –puesto que así se llamaba la socorrista.- oyó la voz quebrada del hombre y salió catapultada de sus ensoñaciones. Observó a su alrededor, y sintiéndose culpable, encontró con la ayuda del dedo del hombre el punto exacto donde el ahogado golpeaba el mar con furia. Entonces se tiró la atalaya, rodó sobre la arena y esprintó hasta su posición. Nadó como si se jugara su propia vida y arrastró al joven consigo hacia la seguridad de la tierra.
Colocó el cuerpo boca arriba y aplicó la teoría que había aprendido poco tiempo atrás: al ver que el joven –Jack a partir de ahora.- no respiraba, empujó fuerte y constantemente su pecho y posteriormente junto sus labios con los de Jack para insuflarle el oxígeno vital. Mientras duraba el proceso, los ojos del joven se abrieron súbitamente, y Laura, asustada, se retiró bruscamente. De la boca del hombre salieron las siguientes palabras:
- ¡Basta, basta! ¡Por favor, si sigues así sólo conseguirás ahogarme!
La socorrista, conmocionada por los últimos acontecimientos, no encontraba reacción adecuada, así que otra vez fue Jack quien habló.
- Está bien, lo siento, en ningún momento me he estado ahogando ni nada parecido, simplemente quería llamar tu atención. Yo soy Jack, encantado de conocerte; ¿cómo te llamas?
La muchacha, terriblemente confusa, dijo antes de que la rabia la dominara:
- Laura – y luego explotó.- ¿Pero tú de qué vas? ¿Crees que puedes montar todo el numerito sólo para decirme hola? ¿No podías acercarte a la atalaya? ¿No tienes nada en la cabeza? ¡¿Estás jodidamente loco?!
Y para aumentar, si fuera posible, lo surrealista del encuentro, el joven respondió, jovialmente:
- Bueno, tampoco es para tanto, al fin y al cabo no ha pasado nada. Oye, la verdad es que no tengo dinero para invitarte a un refresco, pero, ¿quieres venir a pasear conmigo esta tarde? Es gratis. -y añadió tras unos segundos.- ¡Ah! Aquí tienes tus gafas, casi las pierdes en el mar.

viernes, 16 de abril de 2010

hoy no vamos a hablar.

No hablamos los lunes porque no tenemos la suficiente confianza, porque yo soy distante y desconfiado y no me acerco a ti para preguntarte cómo te ha ido el día o exclamar qué bien te queda el jersey nuevo; porque tengo miedo al compromiso y más al rechazo, porque tengo miedo a tus sentimientos y a los míos, porque me aterra la posibilidad de que salga mal, pero también que salga bien.
No hablamos los martes porque me siento inseguro y torpe, porque me abruma tu persona y me abruma la incompetencia en que me sumes; porque tengo miedo a no llegar al nivel de mis ambiciones o al de las tuyas; porque tengo miedo a ser mi propia imaginación
No hablamos los miércoles porque estoy triste y apático, porque me desaniman los cambios constantes de humor y la impotencia que causa depender en exceso de otra persona; porque tengo miedo a no ser suficiente independiente o a no disponer de las fuerzas que siempre había creído poseer.
No hablamos los jueves porque siento autocompasión y creo que no te merezco, o que no me mereces, o cualquier tontería que se puede despejar preguntando pero no me atrevo. Porque me asusta tu círculo de amigos, tus padres o tú misma, porque tengo miedo a la no integración o al proceso en sí, porque temo que se derrumbe la imagen estoica que he logrado formar de mí.
No hablamos los viernes porque quiero hablar contigo y hago justo lo contrario; porque no tomo la iniciativa y espero que todo venga regalado. Me abstraigo del ambiente y suena el “Lay down, Sally, rest you in my arms” y me abandono al sueño, porque todavía puedo hacerlo, porque ni siquiera cuando duermo me abandonas.
No hablamos los fines de semana porque no te intereso. Te sumerges en la familia, en los amigos, entre los que yo no me cuento, te refugias en tu música y en tus planes de futuro, te aferras a tu rutina y a la esperanza de que no llegue el próximo lunes.
Y entonces llega un nuevo lunes y seguimos sin hablar, porque entonces yo me dedico a escribir textos tópicos en lugar de hablarte ahora mismo, aunque tengo la oportunidad. Porque tengo miedo o tengo la certeza de no llegar a ser nadie y eso me destroza, porque me siento solo y siento y siento que me sentiría igual de solo contigo, pero no me atrevo a preguntarte si quieres estar sola conmigo, así que me resigno a quedarme sólo solo.
Sueño con Sally y contigo, con un mundo libre de fascismo, con un mundo donde los profesores cobran ocho mil euros al mes, con un mundo sin países, sin límites políticos, sin culturas centroafricanas que practican la ablación de clítoris.
Sueño con tu música y sueño con escribir, sueño con callar contigo y con ser mudos. Sueño con un mundo donde no soy frío y distante, sino que me intereso por tu día y tu jersey nuevo, y también por tu sobrecarga en la espalda y el nombre del último poema que te leí, porque yo te leía poemas y hacía otras actividades propias de películas para llorar cuando estábamos juntos, ya que posiblemente tenías cáncer y apenas te quedaban unos pocos meses de vida.
Sueño con la playa y la arena que odio pero a ti te encantan, sueño con las palmeras de cine y las aguas cristalinas, inexistentes, sueño que me ahogo voluntariamente y tú me rescatas, porque eres una socorrista de élite, de las que hacen el boca a boca, porque lo practicas conmigo y yo te digo que pares, porque si no lo haces me vas a ahogar.
Sueño con una felicidad de color negro, con una felicidad elegante, sueño con un panel electrónico que me escriba mis propios sentimientos y los tuyos, sueño con que caigas de un tercer piso y yo esté ahí, para cogerte con mis brazos, para desafiar a la energía potencial y que tú me debas la vida; porque por fin estemos en paz.
Sueño que sueño y sonríes, sueño que te he imaginado y sueño que suspiro, sueño y me canso de soñar, sueño que quieres ser real y yo te dejo, qué magnánimo que soy, qué ego, qué egoísmo.
Y entonces suena el despertador y dejo de soñar, y no estoy en la playa, ni me besas, ni has caído de un tercer piso, sino que posiblemente te estés lavando los dientes y colocándote un jersey rojo, que te queda muy bien, pero yo no te lo digo.
Y entonces no hablamos porque soy un idealista y tú eres una mujer, porque estoy demasiado seguro de que todo está perdido, porque me empecino en creer en situaciones irreales y fantasías, porque no me atrevo a quitarme un peso de encima, a mentirte y mentirme y decirte que te quiero.
Porque ella se siente bien, y yo me siento a su lado, tranquilito, a mirarla.

miércoles, 14 de abril de 2010

Conversación entre un tunecino y ¡española, española!

Tunecino: Chica, bien.
Yo: ...
T: ¿Qué tal, chica?
Y: Bien...
T: ¿Cuántos años tienes?
Y: Dieciséis...
T: Ah, ¡dieciséis! Yo tengo dieciocho.
Y: Ah...


Aquí, ante mis lectores inexistentes, declaro que nunca había mantenido una conversación tan profunda e intensa. He dicho.

jueves, 8 de abril de 2010

Ya oscurece

Ya oscurece y las calles están tristes. Las aceras se susurran las buenas noches entre ellas y los adoquines, lentamente desforestados, se dejan arropar por un viento prácticamente quieto, disminuido hasta la condición de soplido.
Las tristes calles se colocan en posición fetal y evitan el impulso de llevarse el pulgar a los labios. Los balcones, dispuestos en los edificios que ocupan ambos lados, bostezan, haciendo entrecerrar los ojos de unas persianas que las personas se apresuran en bajar.
Ya oscurece y los pobres árboles que sobreviven en las tristes calles se doblan sobre su espalda, reverenciando a la noche que está por llegar. El sol, rezagado, ultima sus gestiones antes de retirarse, quién sabe si pretendiendo volver.
Ya ha oscurecido y las calles siguen tristes. Mientras escuchan el suave ronquido de las aceras se preguntan cuándo les tocará descansar a ellas. Con el paso de las horas los balcones adyacentes a las tristes calles vuelven a bostezar, esta vez motivados por el despertar.
Ya ha oscurecido y el día está por despuntar. Poco a poco la claridad desvanece las sombras proyectadas por el alumbrado público y las tristes calles realizan estiramientos para recomponer sus cansados huesos. El sol, en contra de todo pronóstico, asoma ligeramente por el lado contrario al que se acostó. La mañana y la tarde trascurren con total naturalidad, como si siempre se hubieran dedicado a aquello.
Ya oscurece por segunda vez y las calles están deprimidas. No pueden conciliar el sueño y aguardan, con los ojos muy abiertos, un amanecer que saben que debe llegar.
Ya ha oscurecido y otra vez la luz pugna por dejarse ver, pero esta vez el sol se niega. Reticente y molesto, promete que es la última vez que accede. La conversación entre el astro y las tristes calles anima el lapso de tiempo entre oscurecer y oscurecer.
Ya oscurece y las calles rompen a llorar de alegría. El sol, animado por las ya no tan tristes calles y propulsado por su joventud, se ha propuesto firmemente no volver a aparecer.
Ya no puede oscurecer.

lunes, 22 de marzo de 2010

La certeza.

-Again, again, again-. Pensaba Julia para sus adentros. -When will I see you again?-. Sus ojos, quizá negros, quizá marrones, quizá verdes, comenzaron a bailar y, después de haber captado y procesado los detalles que la circundaban, pararon súbitamente. Su sonrisa se acompasó a la situación y el viento, siempre cómplice, meció delicadamente su trenza, añadiendo solemnidad al evento.
La muchedumbre que la rodeaba estaba entre sorprendida, aturdida y agitada. La Ciudad es aburrida, La Ciudad es monótona, La Ciudad es rutinaria. Un hombre acababa de montar un numerito delante de una señorita de alterne. Creció la expectación. La mujer parecía esculpida en piedra, sumida en el estupor. El hombre huía, el hombre escapaba lentamente, el hombre intentaba disimular su temor, su miedo, su pánico. El griterío aumentó: La Ciudad quiso añadir su opinión en el escenario, y la expresó mediante cada uno de los individuos que formaban el corrillo.
-He does the walk, he does the walk-. Soñaba Julia. -He does the walk of life!-. Sus manos agarraron la trenza y cortaron la acción o el intento de participación del viento. Sus cejas se fruncieron, su nariz se arrugó. Sus ojos se decantaron por el negro. Unas pequeñas arrugas, prácticamente invisibles, aprovecharon para asentarse un poquito más. Sus rodillas, acostumbradas a trabajar, se doblaron ligeramente. Sus cuádriceps se tensaron, sus gemelos se volvieron más útiles que seductivos y, si hubiera sido posible, el tacón de sus zapatos se habría elevado ligeramente por encima del nivel del suelo. Unos instantes después el cuerpo de Julia luchaba contra la gravedad, pero sólo momentáneamente, ya que decidió dejarse vencer y aterrizó, en contra de lo que dictan los cánones, pesadamente. <<¡Bravo!>>. Una voz femenina, muy aguda, se destacó entre la multitud. El público calló al acto.
-So that's the sound of silence-. escribió Julia en su conciencia. -The sound of silence...-.
Miró con unos ojos grises a la concurrencia. Todo el mundo aguardó, contagiadamente felices. Julia Reid, persona excepcional, arrancó. Sus piernas perdieron el sentido del compás. Su falda, realmente corta, le proporcionó aereodinamismo. Perdió ambos zapatos durante la carrera. Perdió su característico acompañamiento de percusión, perdió la atadura que encarcelaba su trenza y el rojo invadió cada uno de los poros de su rostro. Olvidó quién era, olvidó su nombre, su pasado, olvidó qué talla de sostén usaba y olvidó qué sentido tenía el dinero. Destrozó unas preciosas medias negras, pero no le importó. Avanzó impunemente entre los charcos de una lluvia remota y no descansó hasta encontrar el local donde siempre, ella y todas las muchachas de su condición, iban a inhibirse. Entró, sin parar de correr, pidió un vodka, un tequila, un whisky, bebió, bebió, vio a Jack, cadavérico, medio descansando medio agonizando en el suelo. Bebió, bebió para grabar el momento en el corazón, cerebro, dorso de la mano o donde se almacenaran los recuerdos. Bebió hasta rozar el coma etílico y se desplomó junto a Russell.
-My eyes changed from kinda green to kinda blue-. Cantó Julia para sí misma. -My eye's just an eye-. Y entonces permitió que se le cerraran los párpados mientras su cuerpo descansaba junto al del guardia, juntos, entrelazados, tumbados sobre la madera putrefacta, suciedad y restos de colilla de un local mugriento cualquiera, sin nombre, sin relevancia, sin transcendencia.

domingo, 21 de marzo de 2010

No puedes huir de mí.

Jack Russell huyó de sí mismo. Mientras obligaba a su mente a permanecer vacía, completamente en blanco, recorrió aleatoriamente varias calles secundarias, concentrado en el ruido que precedía el tacto de sus botas con el suelo.
El alivio pugnaba con la conciencia, uno de los dos iba a hacerse en muy poco tiempo con el control de cuerpo, aunque de momento la única realidad palpable estaba concentrada en unas botas de cuero negras, de unos 17 meses de edad, colocadas por debajo de la rodilla, dedicadas a castigar minuciosamente el impávido asfalto.
El alivio se erigió vencedor. El traqueteo rítmico cesó. Un hombre quedo quietísimo en medio de la calle y se permitió un suspiro digno de un potencial ahogado.
La errática cabalgata lo había llevado delante de un establecimiento donde servían bebidas alcohólicas. Jack abrió la puerta, pidió un whisky solo, pidió dos más antes de que llegara el primero y se bebió los tres de golpe. Repitió el proceso varias veces, parando cuando estuvo seguro de haber expulsado de su cuerpo cualquier resto de sobriedad. Y entonces se perdió a él mismo.
Se despertó cuando la luna competía con el mermado alumbrado público, no por belleza ni seducción, sino por ver quién se desenvolvía mejor en su trabajo y resultaba más útil a La Ciudad. Jack se levantó, muy lentamente, profiriendo quejas y sintiendo un intenso dolor de cabeza mezclado con la sensación consistente en que le habían robado los huesos. Pese a su metodicismo, al erguirse tanto como su estatura se lo permitía su cabeza golpeó con rudeza un solitario candil que alguien había olvidado, descolgando el inocente objeto con el impacto y enviándolo a varios pasos de sí, logrando de este modo acrecentar el dolor que acuciaba su cráneo. Si alguien hubiera mirado hacia el cielo en ese preciso instante, le habría parecido ver que la luna torcía un poquito más su sonrisa.
Russell levantó la vista al cielo y, cogiéndose la cabeza con las manos, profirió un variado surtido de insultos hacía una amplia gama de seres, tanto vivientes como inanimados. Una vez quedó saciado, una lista de fotogramas acudió a su mente. La lista estaba formada por peleas, por sangre, por mujeres, por alcohol y miradas violentas. La última imagen estaba borrosa. Despidió momentáneamente a la resaca y cerró los ojos para visualizar un poquito mejor el recuerdo. En él aparecía una señorita alta, más desnuda que vestida, con una larga trenza pelirroja descansando sobre un rostro conocido, su rostro. Julia.
La conciencia le volvió de golpe, multiplicada por el número de horas que su cuerpo había permanecido sobre las capas de polvo de las calles, calles por las que Julia había paseado, caminado, deambulado, reído, muchas veces todos los verbos a la vez y junto a él.
La totalidad de su cerebro se vio invadida por Julia. Se encontró otra vez a sí mismo y deseó inmediatamente volverse a perder. Julia, Julia, Julia...
La figura de un hombre, tenuemente iluminada por la luna, elevó un grito por encima del silencio que mantenía La Ciudad a según que horas de la madrugada. El grito no contenía ni dolor, ni furia, tampoco estaba mezclado con el llanto. Era un grito compuesto por impotencia llana, una impotencia que se puede comprar en cualquier mercado o tienda. Tan cotidiana como un despertar o un sueño, tan desespertante como un libro sin final o una bisagra ululante, tan completa como el nombre de Julia, tan maliciosa como una luna apagada, tan sobria como un vaso de agua y tan cierta como la sensación de vacío que llenó al guardia; exactamente igual y precisamente contraria a la que ocupó su recorrido hasta el antro y ahora le mortificaba sin pasión, sin ganas, como si fuera una tarea que cumplir y la impotencia fuera un trabajador eficiente a la par que desilusionado.

viernes, 19 de marzo de 2010

Pues eso

Bueno, como muchos ya sabéis -y lo digo porque mis lectores son personas a las que, en la mayoría de los casos, conozco- me voy de viaje una semana a Glasgow, así que espero volver con material suficiente como para empapelar el castillo de Edimburgo.
Así que, en fin, eso: llevo al amigo Dylan en los cascos, a Kafka en la mochila y mi fiel Moleskina en el bolsillo, y como diría la cultura popular, ¡que me quiten lo bailao!

Pues, eso. Haya paz, dudes.

jueves, 11 de marzo de 2010

Preguntando se aprende.

- ¡Jack, Jack!
- Ah, hola, Julia -respondió, insípido, el capitán-. Cuanto tiempo sin vernos.
La señorita Reid dio varios pasos rápidos hasta colocarse junto a la figura del hombre.
- Llevaba mucho tiempo sin saber nada de ti -dijo usando un matiz verbal muy próximo al reproche-.
- ¿Ah, sí? ya sabes, el trabajo, dormir por el día... me he vuelto un hombre bastante ocupado.
- ¿De verdad, maldito hijo de puta? ¡Por lo menos ten el valor de admitir que me has estado esquivando!¡Llevo un mes entero dando vueltas por La Ciudad con Ernie, exponiéndome delante tuya, y ¿qué he logrado?! ¡Absolutamente nada, ni una sola palabra por tu parte!
El rostro de Jack se deformó en una sonrisa torcida momentos antes de estallar en una sonora carcajada. Julia, cegada por la rabia, no pudo evitar gritar:
- ¡¿Así que se trata de esto?! ¡¿Prometemos seguir en contacto y así es como me pagas mi fidelidad?! ¡¿tan poco significó para ti que ya me tienes completamente olvidada?!
Viendo la agresividad que había amontonado Julia, y temiendo que usara su personalidad número dos con él, Jack habló muy calmado:
- Temo que vas a tener que escucharme primero. Mira, arriesgándome a quedar como un gilipollas, te diré que desde hace un mes te veo incluso en los dibujos abstractos que realizan las baldosas del suelo del cuartel. Sé que no me gustas, sé que no duraríamosmos otros dos meses si volvieras y mucho menos que alcanzaríamos cierto grado de felicidad. También sé que no me quieres tú a mí y que simplemente estás enfadada porque cometiste el error de fijarte en mí y ahora lo estás pagando, pero créeme, soy yo el que sufre cuando te ve, el que no te comprende y no puede parar de preguntarse el por qué. Así pues, te pido por favor que, por lo menos, me permitas resignarme en paz y desistas en tu intento de mantener el contacto, porque, Julia, yo no quiero ser tu amigo, yo sólo quiero ser tu amante.
A lo largo del discurso de Russell los ojos de Reid fueron abriéndose progresivamente. Sus facciones tomaron un color pálido y no fue capaz de articular palabra alguna. Viendo el estupor que había causado y sintiéndose repentinamente avergonazado a causa de su actuación, Jack se alejó del foco de la acción.
Alrededor de Julia quedó una multitud expectante. Algunos la animaron a correr detrás de Russel, otros a partirle la cara. Sin embargo, Julia sólo pudo quedarse quieta, envuelta por un círculo de desconocidos, con la mente en blanco y una sonrisa tonta asomando en sus labios.

La estupidez mezclada con el hombre.

El capitán Jack Russell de la Guardia de La Ciudad volvía a realizar su cotidiana ronda nocturna. Esta vez la mala iluminación y la ausencia de estrellas escondían una cara apesadumbrada. Un olor a déjà vu impregnaba la calle y la suciedad que estaba posada sobre ella. Jack sabía qué le deparaba el futuro próximo, y si bien aquello conseguía aumentar el sentimiento de resignación, ni por asomo aligeraba la carga. Esa noche le tocaba patrullar uno de los barrios donde siempre, fuera la hora que fuera, encontraba a Julia danzando con sus tacones y divirtiéndose con Ernie. No había preguntado nunca directamente, pero sus conjeturas apuntaban que los encontronazos se producían porque la pareja -Julia y Ernst- simplemente disfrutaban de la noche al completo.
Algunas veces los observaba al salir de un pub, a las 3 de la madrugada; otras sentados en un banco, a las 5; las más, cenando en algún restaurante lujoso entre las 9 y las 11 de la noche; las menos volviendo a casa -posiblemente la perteneciente al hombre- a las 7 de la mañana,en contra de la opinión popular, que dice que a esa hora aún no se han puesto las calles.
Dos sensaciones oprimían el corazón -o quizá la mente- del guardia. La primera tenía que ver con los celos: él se consideraba a sí mismo una persona extremadamente tolerante, pero no podía soportar ver en brazos de otro la mujer que -como veremos más adelante- todavía quería.
La segunda era mucho más compleja: ansiaba algo que no quería. Lo normal hubiera sido reconocer que todavía amaba a la señorita Reid o, por el contrario, que no la ansiaba; pero tampoco se sentía simplemente atraído por su físico imponente.
La realidad se correspondía con una atracción digna de un imán -parece un tópico, pero increíblemente se ajusta a la descipción de la verdad- mezclado con un odio irracional instalado en Russell por el rechazo al que se veía sometido. Sin duda esto era injusto para Julia, ya que ella no tenía la culpa de no quererle ya más. Si a la mezcla de emociones de todo tipo se le un poco de amor irracional -puesto que no puede ser de otro tipo- el resultado es un hombre estúpido.
Por supuesto Jack desconocía este análisis. Para él todo era "un jodido lío y una inmensa mierda, joder"; pero sí conocía la voz de Julia, sonando principalmente en algún lugar de su oído izquierdo:
- ¡Jack, Jack!
- Ah, hola, Julia -respondió el insípido capitán-. Cuanto tiempo sin vernos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

J.J. Convivencia.

Como toda historia parcialmente feliz, Jack y Julia comenzaron una relación a tiempo completo. La prostituta y el guardia de La Ciudad, unidos en la prácticamente inefable aventura de la Convivencia. Quizá no tan inefable.
La situación se mantuvo estable durante la primera semana: ambos trabajaban de noche, lo cual favorecía que pudieran dedicarse tiempo mutuamente; el sexo abundaba -aunque siempre lo practicaba más Julia que Jack- y, en líneas generales, no se conocían lo suficiente como para aborrecer los defectos del otro.
A partir del octavo día su concepción de amor dio un giro de 180 grados -ya que los de 360 te dejan exactamente en la misma posición-. De repente Russell se volvía un maniático, dejaba de ser tan comprensivo y perdía el aura de magnificiencia que lo caracterizaba. Con la señorita Reid ocurría lo mismo: del tratamiento de cortesía "dama de afectos negociables" se pasó a "zorra", de la belleza inmesurable a un simple "buenorra" y de una personalidad encantadora a un "tiene unas tetas increíbles".
Pese a lo crítico de la situación, el sexo, elemento de cohesión muy a tener en cuenta en las relaciones interpersonales, mantuvo -si bien de una forma bastante precaria- la cantidad de orgullo necesario para que ambos se avergoznaran de desistir tan prontamente.
Y lentamente, a una velocidad constante, los nudos que los unían fueron deshaciéndose. Jack se dio cuenta que prefería estar solo antes que con Julia; Julia reflexionó y llegó a la conclusión que quizás sería mejor pasar más horas trabajando. Entonces decidieron hablarlo y decir qué era lo más conveniente para ambos. Resolvieron cesar en su acometida contra la Convivencia pero no por eso cortar su amistad de raíz. Seguirían hablándose, contándose las cosas y, en fin, actuando como antes de tratar de salir juntos. Según sus propias palabras, no pensaban permitir que un intento fallido acabara con todo.
Como suele ser común en estos casos, a los dos meses ya llevaban uno sin dirigirse la mirada.

domingo, 7 de marzo de 2010

Ernie era simplemente Ernie

Ernst Stevenson era un hombre asquerosamente rico. Su método de lucro era totalmente legal, aunque sufría -siempre dependiendo del punto de vista- cierto déficit moral. Era un comerciante: compraba por precios irrisorios cualquier cosa de la que los necesitados de dinero fueran a desprenderse y luego revendía por dos o tres veces su valor. La prosperidad de su negocio era directamente proporcional al peso de su bolsillo, y ya empezaba a ser un mercader de renombre. Cuando alguien necesitaba algún artículo con urgencia ya sabía adonde dirigirse.
Su estado civil era casado, pero su esposa Elizabeth conocía y aceptaba sus relaciones con otras -muchas- mujeres. Consentía la poligamia por el bien del matrimonio.
Stevenson no era un hombre depravado, ni malvado, ni mucho menos maligno. Simplemente consideraba mucho más placentero acostarse con mujeres treinta años menores que su esposa que hacerlo con la propia. Puesto que el dinero -que servía tanto para las prostitutas como para aplacar el orgullo de su cónyuge- se lo permitía, así lo hacía. Sin ningún atisbo de malicia.
Oficialmente se hallaba retirado. El negocio había llegado al nivel de empresa, y esta nueva nomenclatura -o quizá la fluctuación monetaria que esto comportaba- le concedió el placer de contratar toda una serie de empleados que trabajaran para él. Ernie se limitaba a ver cómo, sin hacer nada, sus rentas crecían sin parar.
Pero, como toda persona, también tenía su parte magnánima. Por ejemplo, concedía prórrogas aceptables a los que le debían dinero, tampoco enviaba matones a sueldo para quebrar huesos sino que acataba el procedimiento judicial; nunca maltrataba a ninguna mujer, hubiera o no pagado por ella y se mostraba respetuoso con el mobiliario público y con todo otro ser humano, independientemente de su condición social. En definitiva, no era un ente inmoral, sino que era poseedor de una de muy curiosa y especial, que concierta a la perfección con adjetivos como particular e intransferible.
En el punto espaciotemporal exacto en el que tenemos nuestra vista colocado podemos ver como Ernie está dialogando con una prostituta llamada Julia, de muy buen ver, a la que retribuirá una cantidad de dinero equivalente al sueldo de un mes de alguno de sus empleados como pago por sus servicios. Mientras pormenorizan los detalles aparece un imponente guardia de La Ciudad. Se nota a leguas -quizá incluso millas o quilómetros- que el pobre hombre trata de esconder mediante todos los métodos que conoce -aunque visiblemente no es muy docto en la materia- la atracción que le provoca la señorita Reid. Stevenson, divertido con la situación, les concede los cinco minutos de cortesía a solas. Al término de estos coge a Julia por el brazo y se la lleva en busca de un poco de intimidad. En ningún momento gira la cabeza, pero está seguro que las dos personas que comparten acera con él sí lo hacen, no llegando a establecer contacto visual por muy pocas milésimas. Siempre ocurre igual.
Un pensamiento fugaz entra y sale por la mente de Ernst: "Ese Russel es un hijo de puta. Se cree que unas espaldas anchas y una placa lo hacen a uno interesante.". Nunca lo expresará en voz alta, así que, a efectos prácticos, el mundo jamás sabrá que una vez Ernie Stevenson pensó que Jack Russell era un enegreído hijoputa; ni tampoco el matiz de envidia con el que construyó -si eso es posible- el efímero contenido mental.
Finalmente se dirigen felizmente, uno por la perspectiva de dos horas del mejor sexo que puede comprar, la otra por la visión de unos billetes recién estrenados, hacia un acogedor portal; suben hasta el primer piso y ahí transcurren dos horas que no necesitan más explicación. Ciento veinte minutos más tarde una mujer, luciendo una trenza algo menos arreglada que al entrar, se aleja en dirección a su casa, pasando primero por el centro para realizar varias compras. En el mismo edificio que acaba de abandonar, dentro de la vivienda que ocupa el primer piso, un hombre de mediana edad, totalmente derrengado, se duerme de puro agotamiento y se olvida de avisar a su mujer que esa noche no lo espere para cenar.

Julia Reid: humana, mujer y prostituta; visiblemente por este orden.

Julia Reid caminaba por las calles de La Ciudad. Dos factores imposibilitaban que alguien no supiera que, precisamente, Julia Reid caminaba por las calles de La Ciudad. Una era la contaminación acústica -también llamada música por algunos- que producían sus tacones al golpear rítmicamente el asfalto de poca calidad. La otra era su propia figura; ladrona de miradas, corazones e incluso carteras, si se asociaba con la compañía adecuada.
Julia era una mujer alta, en torno al metro setenta y cinco, y los ya famosos tacones la alzaban unos centímetros más por encima del sucio suelo. Sus rasgos eran agradables; ojos grandes, nariz menuda, labios carnosos. Huyendo de los tópicos, el pelo no le caía en cascada por la espalda, sino que estaba sujeto en una simple trenza.
Psicológicamente podría ser definida como inestable. Una de sus facetas era la derrochadora, locuaz, alegre, confiada e incapaz de ver las malas intenciones de absolutamente nadie; dispuesta a no cruzar la calle cuando ve a varios desconocidos embozados a altas horas de la madrugada. La otra estaba completamente opuesta a la primera: arisca, huraña, desconfiada, fría y -el adjetivo que siempre acompaña a frío en estas ocasiones- calculadora. Lo peor es que no había ningún patrón a seguir. Con unas personas era de una forma y con otras se comportaba totalmente al contrario. Algunos conocidos de confianza le habían preguntado alguna vez acerca del asunto, pero sus respuestas siempre fueron más que ambiguas y nunca se pudo aclarar la cuestión.
Debido a sus dos personalidades y muchas otras razones que forman parte de otras historias, Julia ejercía como prostituta. No como una prostituta de esquina, ni siquiera una de burdel. A causa de sus nombrados atributos físicos se ganaba la vida con la llamada prostitución de lujo, que le retribuía unos honorarios comparables con los de un juez, sobornos incluidos.
No estaba para nada descontenta con su profesión. Le proporcionaba buenos ingresos y una cantidad de chismes y secretos suficientes para dominar La Ciudad a su antojo, si así lo hubiera querido.
Pero volviendo al foco temporal de la acción, su paseo le llevó junto a Ernie, un ricachón que contrataba sus servicios de forma habitual. La noche se estaba acabando, y ella no acostumbraba a trabajar tan tarde, pero el hombre había prometido pagarle como si fueran horas extras. Mientras simulaba dejarse seducir por los inexistentes encantos del pobre contratista, vio una figura surgir de la espesura que formaban los lóbregos edificios de La Ciudad.
La figura correspondía a Jack Russell, capitán de la Guardia, y para Julia, personaje masculino realmente interesante. Posiblemente el único entre todos los hombres que conocía que la trataba con una especie de cortesía digna de una aristócrata; como si pensara que su condición laboral no afectaba para nada a su persona. Ni siquiera ella misma se trataba de aquel modo.
Se alejó prudentemente del asco que le producía Ernie y entabló conversa con el guardia. Quiso hacerle ver, de forma sutil, que él era diferente de los demás, así que hizo todo lo contrario de lo que solía hacer con los representantes del género masculino: ni siquiera lo rozó una sola vez.
Una vez hubieron charlado un tiempo prudente, Julia se despidió y se dispuso a cumplir con los compromisos contractuales, pero apenas había dado cinco o seis golpes de tacón cuando giró la cabeza para ver por última vez durante esa noche a Jack. Sólo pudo contemplar su ancha espalda, pero una chispa de alegría recorrió su espinazo. Pensó que realmente era un hombre extraño.
Se dirigió al portal donde vivía Ernie, y durante el par de horas que duró su turno, tuvo tiempo de sobra para dedicar a reflexionar sobre lo ocurrido. Básicamente tomó la decisión de tratar a Russell con la personalidad número 1 e ir improvisando. Siempre le había salido bien.
Cuando hubo terminado de trabajar se fue a casa y durmió 12 horas de golpe, sin sueños que recordara.
Para la próxima vez que vio a Jack ciertas cosas dignas de mención acontecieron.

viernes, 5 de marzo de 2010

Jack Rusell: humano, hombre e idiota; no necesariamente por ese orden.

El capitán Jack Rusell de la Guardia de La Ciudad realizaba su cotidiana ronda nocturna. Nunca había sido un hombre demasiad ilustrado y tampoco era ya demasiado joven, pero a pesar de estos dos factores, estaba pensando.
Eran las cuatro de la madrugada y la memoria de sus pies, acostumbrados al mismo recorrido durante años, le permitían ocupar su cerebro con otros temas.
Aunque parezca mentira, no pensaba en sexo; y en este caso las apariencias no engañan. Realmente sí pensaba en sexo, todo el mundo piensa en sexo, pero entonces Rusell también mantenía otros pensamientos más o menos en paralelo. Por ejemplo, pensaba en Julia, y para ser sinceros, ambos conceptos -el del sexo y el de Julia- no estaban completamente desvinculados.
Lo curioso es que Julia era una señorita de afecto negociable. Y no es que a Jack eso le importara demasiado, pero a la sociedad en general sí, y Jack estaba ligeramente atado a la opinión de ese maldito colectivo. Pese a ello, la sociedad era sólo un problema menor.
El mayor de los obstáculos era que Julia no sentía el menor interés por él; y la verdad, puede que a un hombre no le moleste en absoluto que su enamorada sea una señorita de alterne, pero la sociedad -que ya realiza su aparición estelar por segunda vez en muy poco tiempo- encuentra muy gracioso que todo un guardia de La Ciudad sea rechazado incluso por una puta. Y pese a que Jack no es precisamente un intelectual, tampoco es tonto.
En ese momento exacto se hallaba analizando su propia situación y llegando a ciertas conclusiones prácticamente universales: "no me merece", "yo aspiro a algo mejor", "ciertamente no es nadie trascendental en mi vida", "sólo es un capricho", "debo olvidarme de ella" o "jodidos pies automáticos, me dejan reflexionar durante demasiado tiempo".
Y a medida que su ego se recomponía lentamente y el reloj avanazaba -de la única manera que puede avanzar el tiempo- inexorablemente, un resorte se accionó en su cabeza y le sacó de sus cavilaciones, obligándole a volver a la noche. Enfocó la vista de nuevo y desvió la mirada hacia el frente. Ahí estaba Julia, aunque era extraño verla trabajar hasta tan tarde. Y ahí estaba Ernie, un cliente demasiado habitual, según la mentalidad de Jack.
Es cierto que Julia no estaba interesada en Russell, por lo menos no de la forma que éste hubiera querido, pero esto no quita que le prestara una cantidad de atención muy considerable. Simplemente ella era totalmente ajena a los sentimientos del guardia; le gustaba sentir la autoridad cerca, en su trabajo nunca se tenía la certeza absoluta de que no ocurriría ningún percance imprevisto.
Volviendo al hilo de la narración, Julia despidió momentaneamente a su cliente, alejándose unos pasos de él para quedar cerca de Jack. Mantuvieron una conversación trivial sin que en ningún momento el cuerpo de la mujer rozara mínimamente el del hombre. Tras unos minutos -que duraron exactamente unos minutos para uno, demasiado poco tiempo para el otro- se despidieron, y cada uno siguió con sus obligaciones.
Todavía no había dado Russell tres pasos cuando, sin poder reprimir su instinto, giró la cabeza para contemplar a Julia por última vez esa noche y se encontró con una imagen desoladora. La vio agarrada del brazo del hasta ahora invisible Ernie, dirigiéndose ambos, presuntamente felices, hacia un oscuro a la par que acogedor portal.
No pudo Jack soportarlo, no interiormente. El ego que había logrado retener durante aquel paseo se desmenuzó y se mezcló con las huellas que dejaban sus botas en el barro, sumiéndolo a él en un estado de completa vulnerabilidad, indefenso ante cualquier ataque de las taimadas angustia e impotencia.
Y así fue. Terminó su ronda, volvió a casa y se tumbó sobre la cama sin desvestirse -porque realmente no tenía otra ropa que ponerse, y el frío acuciaba-. Su cabeza le decía que ya no tenía edad para esas cosas, pero de nada sirvió. Sólo al cabo de unos minutos logró serenarse lo justo para empezar de nuevo el trabajo que acababa de ser destruido.
Se autoconvenció de que no sentía absolutamente nada por ella y era completamente capaz de controlar la atracción, e incluso probó a insultarla para ver si así mejorba; por desgracia el resultado fue totalmente contrario a sus pretensiones. Finalmente el sueño le venció, y por tópico que suene, pasó un mal final de noche y principio de día.
Durante la siguiente ronda, ya más convencido y resignado, no vio a Julia, y quizás pasó una semana o un mes hasta la inevitable "próxima vez", pero cuando por fin llegó el fatídico momento, ninguna de las fortificaciones y defensas que hubo armado alrededor de su mente sirvieron para aguantar ni una mísera ronda contra su amada. Las mujeres poseen un influjo más poderoso que la luna de Baudelarie.

Intento de literatura amorosa

Iban a hacer el amor esa noche. Él debía acostar a los niños -esas pequeñas bestias rubias- y ella le esperaría en la cama de sus padres: era una sacrílega -y, por tanto, excitante- idea.
Llevaban ya dos intentos fallidos, uno de ellos a punto de concluir favorablemente, pero siempre sonaba algún teléfono, el timbre de la casa entonaba su histérica melodía (la vecina quería sal) y, al final, el miedo al ridículo, y la idea se perdía. Pero esta vez lo habían planeado bien los padres no iban a volver hasta la tarde siguiente y, en definitiva, todo saldría bien.
Así que ella le esperaba en la cama. No se había desnudado, y no pensaba hacerlo: era demasiado tímida. Además, esa casa no era suya, y había algo de ridículo en la imagen de ella esperándolo desnuda en la habitación de sus padres.
Recostada en la cama, se entretuvo mirando la estancia: a su izquierda había un pequeño bureau sepultado por un alud de papeles y libros que abarcaban títulos tan diversos como “Astrofísica” y “Dublineses”, desordenados sobre el escritorio.
Encima de la mesa -no “encima” en el sentido literal de la palabra, pero desde su posición así lo parecía- había una ventana que daba a un parque ahora cubierto por la nieve y la oscuridad nocturna (por alguna extraña razón, las farolas no se habían encendido ese día).
El frío de allá, afuera, le sacó de su embeleso, y lentamente pensó en levantarse. Lo hizo como quien piensa que es un fastidio hacer algo inevitable, y no se iba a tapar con la manta: le daba demasiada vergüenza -una vergüenza tonta, infundada y completamente inocente.
Ahora escuchaba risas alborotadas en la habitación de los niños, y aprovechó el calor que éstas transmitían para, de un salto, ponerse en pie y recolocarse el cuello de la camisa que se había puesto ese día (llevaba siempre camisa, pero no de la manera escotada o abierta que acostumbraban a llevar las chicas. Ella se la abrochaba hasta arriba, como su padre hacía antes que ella: era una costumbre que venía desde la infancia, y estaba fundada sobre cimientos infantiles), y se quedó quieta, con los hombros caídos durante unos instantes.
Cuando recuperó el dominio de su mente, la risa de los niños había cesado, y por el tono de su voz -la voz de él-, el relato había alcanzado una cima de tensión que agotaría a los críos, y entonces la espera finalizaría. No era un convencimiento agradable. Era un convencimiento aburrido y rutinario, de aquellos que hacen que uno no se pare más de un minuto a meditar.
Salió del cuarto, y caminó sin hacer ruido por el pasillo, y se escondió para admirar la escena: él llevaba la camisa arremangada, y parecía imitar a alguna clase de monstruo de la forma totalmente ridícula del comediante que conoce a su público y que sabe ganárselo sin esfuerzo, pero que en el curso de su desganada interpretación es devorado por el papel, y él, su mente y su cuerpo, pertenecen a un guión preestablecido -o a la simple imaginación.
Como resultado de esa comedia, el bueno de la historia se salvó mientras ella -la parte real de nuestra historia- apenas reprimía una risotada, y de repente la voz de él se pausó, los niños recordaron que tenían sueño, y, desde la cama, soltaron bostezos que no ofendieron al narrador, que ya se afanaba en terminar el relato para que nada perturbase a su joven público.
Al final cerraron los ojos, y ella, con el sigilo de una madre que arropa a su prole, le rodeó el cuello con los brazos.
Ella susurró “te quiero”, y lentamente caminaron hacia la cama, donde cayeron rendidos con un suspiro de cansancio y, al poco, se durmieron.

jueves, 11 de febrero de 2010

Something like this.

Dedicado a la buena literatura, esa gran desconocida.

En un café de algún sitio, o puede que de ninguno, suena Your Heart Is An Empty Room, de Death Cab For Cutie. El café está a rebosar de gente. Gente grande, gente pequeña, fea, guapa, inteligente, tonta, lista y, en definitiva, gente. Es un lugar pequeño y acogedor, en el que uno puede ir a charlar tranquilamente con sus amigos y disfrutar de la música, o simplemente no sentirse solo.
En una esquina se encuentran tres amigos sentados a una mesa, dos chicos y una chica. La chica tiene una chaqueta de cuero muy gastada colgada en el respaldo de la silla y lleva puesta una camiseta de los Sex Pistols. El chico que tiene en frente lleva una sencilla camiseta gris y tiene colgada del respaldo del asiento una bolsa de deporte. El otro chico, sentado junto a la fan de los Pistols, lleva una camisa a cuadros y, a diferencia de los otros dos, no tiene nada colgado en el respaldo.
Los dos chicos discuten acaloradamente sobre política mientras la chica está inclinada sobre una servilleta, dibujando con una sonrisa en los labios. Se la ve feliz.
Entonces, la chica hace un garabato en la esquina de la servilleta, su firma, lo cual indica que ha acabado el dibujo, se mete el extremo del bolígrafo en la boca y se recuesta hacia atrás en la silla. Se queda así un rato, hasta que dice:
-Tíos, si paráis de discutir os doy un caramelo a cada uno.
Los dos paran de hablar durante una fracción de segundo, lo suficiente como para decicir que un caramelo no merece la pena. Luego siguen discutiendo como si ella no hubiese dicho nada.
-Mirad, ¿os gusta? -les pregunta, intentando por segunda vez que centren su
atención en ella.
Miran el dibujo, asienten, y siguen con lo suyo. Ella resopla.
-Está bien, si dejáis de discutir me desnudo.
Los dos se callan al instante y la miran. Ella les mira con cara de reproche y ellos se hacen los despistados.
-Si queremos ir al cine deberíamos ir tirando, ¿no? -pregunta el de la bolsa de deporte.
-Sí, venga, ¿quién paga? -dice la chica.
Todos se miran y luego bajan la vista, como intentando disimular su presencia.
-Aah, está bien, lo haré yo -dice el chico de la camisa de cuadros, con cara de resignación.
Los otros dos le miran con una mezcla de adoración y gratitud.
-¿Qué os apetece ver? -pregunta ella.
-Creo que hay una muy buena de... -empieza el de la camiseta gris.
-A mí me apetecía ver una indie... -dice el de la camisa.
Los dos se miran y empiezan a discutir de nuevo,"ya estamos otra vez", piensa la chica, con una sonrisa.

domingo, 7 de febrero de 2010

Una historia sin más. Capítulo dos.

Se quedan a dormir en mi casa, menudo morro, sobre todo la tal Katie, que iba a irse a su casa, pero, tras comprobar lo bien que besa Sid, no quiso separarse de él.
Nos despertamos al día siguiente, todos doloridos y esparcidos por la habitación como si nos tratásemos de bolsas de basura. Después de gorronearme el desayuno, todos se van a sus casas para prepararse para ir al instituto.
Cuando llego espero en la entrada, he quedado aquí con Kelly y Sid para ir a hablar con el tal Kevin.
Cuando llegamos a su taquilla me encuentro con que no es más que un chaval de tercer curso, con pinta de empollón y la cará llena de acné.
-¿Kevin? -le pregunto.
-El mismo, preciosa. -me dice, y me guiña un ojo. Me da un poco de penita.
-¿Tienes el trabajo?
-Claro, encanto. Serán diez pavos, salvo que quieras agradecérmelo de otro... modo -me mira de arriba a abajo, con cara de pervertido.
Sid, que no soporta a los babosos, y menos de cursos inferiores, le acerca los diez dólares. El tal Kevin parece un tanto decepcionado, debe creerse todo un ligón. Nos vamos.
Bien, pues resulta que este tío no era el diablo, es un poco decepcionante, a decir verdad. Cojo mi trabajo y me pongo a leerlo. A decir verdad, está bastante bien, no es muy original, pero valdrá.
Me despido de Sid y Kelly y me dirijo hacia la clase de castellano, que es la primera del día. Cuando la profesora entra en clase le entrego el trabajo, ella me mira con mala cara, nunca le he caído bien. El resto de la mañana transcurre sin contratiempos ni nada digno de mención.

Al salir de clase quedamos en el Bar, o en el bar Bar, como prefiráis. Cuando llego veo que Sid y Katie están dándose el lote en una mesa apartada del resto, mientras Kelly y Sam están en nuestra mesa de siempre tomándose unas cervezas. Con ellos está sentado un chico al que no reconozco porque está de espaldas.
Cuando me acerco a su mesa se da la vuelta y veo que es... ¡oh, no!


To be continued, again.

viernes, 5 de febrero de 2010

Yo también soy machista.

Seguro que todo hombre ha creído realmente estar, o quizá incluso ha estado, enamorado de cualquier señorita alguna vez. Sí así es, todos habremos sufrido la extraña sensación de ver nuestra libertad anulada por el influjo de una mujer.
Cualquier observador imparcial podría apuntar que los varones, lejos de alejarse de tan amargo dominio, lo buscan incesablemente, cosa que nos degrada inevitablemente al nivel de jodidamente estúpidos. Ciertos filósofos predicaban que la libertad radica en el poder de decidir qué camino queremos tomar. ¿Qué nos queda cuando otro ser humano, aunque sea de distinto sexo, es capaz de cambiar para bien o para mal el transcurso de un segundo, un minuto, un día o una vida entera?
Resulta curioso que el sexo masculino, autoproclamado fuerte o dominante, esté ineludiblemente entrelazado a los deseos del supuestamente débil. ¿Por qué entonces las mujeres han estado, y todavía están, relegadas a un segundo plano secundario?
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “temor”. Un tanto por ciento elevadísimo de los universitarios actuales son las ya nombradas señoritas de las que, los pocos ejemplares del género masculino que comparten aula con ellas, acabarán quedando prendados. Y aún así, al terminar los estudios superiores, prácticamente todas las que se deciden por la empresa privada terminarán cobrando proporcionalmente menos que cualquier varón que posea su misma formación.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “miedo”. Es sorprendente que las mujeres no dominen el mundo. A menudo la lógica aplastante se decide a imponer sus resoluciones en el mundo en que, por suerte o desgracia, nos ha tocado vivir. Parece que en este caso ha decidido hacer una excepción, y ya lleva más de dos mil años permitiéndola. Quizá bajo esta curiosa palabra femenina se encuentra un invisible sustantivo masculino, reticente a ceder su hegemonía a un colectivo que, más que en auge, parece que está todavía desperezándose.
Sería difícil hacer creer que la palabra que acude a mi mente no es “pánico”.

Una historia sin más. Capítulo uno.

Esta historia no está basada en hechos reales, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Llevo como media hora frente a este documento de Word en blanco, y todavía no se me ha ocurrido qué escribir. La imaginación debería darse prisa, mañana tengo que entregar este trabajo para la clase de castellano, todavía no sé sobre qué hacerlo y... oh, genial, ruídos en el piso de abajo. Se suponía que estaría sola en casa, pero no, se ve que a los ladrones les ha dado por hacerme una visita hoy. Al menos si me ocurre algo tendré una excusa para no entregar este trabajo mañana.
Decido armarme de valor y un bate de béisbol, me encamino hacia las escaleras y digo bien alto:
-¿Hola? Señores ladrones, si están ustedes pensando en robarme, sepan que estoy ocupada, así que procuren no hacer mucho jaleo. Buenas noches.
Dicho esto, me doy la vuelta y voy hacia las escaleras, cuando oigo la voz de mi amigo Sam.
-¿Kim? Soy yo, Sam. Quedamos en que vendría a tu casa esta noche para ayudarte con el trabajo, ¿lo habías olvidado?
-Ah, no, no, sólo era... una broma.
-¡Ah! Tú siempre tan bromista.
-Sí...
Genial, no recordaba que venía. La verdad es que no sé por qué le pedí ayuda, ni siquiera sabe que "p" con "a" forma "pa". No me malinterpretéis, Sam es un buen tipo, pero un poco pedante, y, desde luego, lo de escribir no es lo suyo.
-He llamado también a Kelly. No te importa, ¿verdad?- me dice Sam.
-No, claro que no- le contesto.
En realidad sí me importa, Kelly es buena chica, pero también es algo corta, entre los dos lo único que conseguirán es distraerme.
De repente, se me ocurre una cosa, ¿cómo ha entrado Sam?
-¿Cómo has entrado?
-Por la puerta.
-Ya, y... ¿cómo?
-Abriéndola.
¡Me lo cargo, me lo cargo, me lo cargo!
-¿De dónde has sacado la llave?- consigo preguntar, intentando no hacer notar el profundo odio que me está produciendo.
-La puerta estaba abierta.
-Oh, genial, mis queridos padres han vuelto a dejarla abierta, se nota que velan por mí.
-Ya.- dice, sin hacerme mucho caso.- ¿Te importa si fumo? Es que así me fluyen mejor las ideas.
-Tú mismo.
Con infinita elegancia, saca un paquete de tabaco de su cazadora de cuero, que todavía no se ha sacado, y enciende un cigarro con su mechero la mar de refinado. No puedo negarlo, si hay algo que Sam sepa hacer, es fumar con estilo.
Me está diciendo que escriba su biografía para el trabajo cuando oigo el timbre, al menos Kelly sabe llamar.
Bajo las escaleras y abro.
-¡Hola!- me dice Kelly, que es una chica muy entusiasta. Se acerca y me da dos besos en las mejillas, siempre lo hace, creo que es un rollo europeo que le va ahora- He llamado también a Sidney, te parece bien, ¿no?
-¿Por qué le llamas Sidney? Eres la única que lo hace.
-Porque es su nombre, y es mucho más bonito que Sid.
Decido no discutir, con Kelly no se puede. Subimos a mi habitación, Sam ha puesto música, Anti-Flag, perfecto para concentrarse, me resigno.
Está Kelly comentándome que debería escribir el trabajo sobre el daño que hacen a las uñas los esmaltes de mala calidad cuando vuelve a sonar el timbre. No me apetece volver a bajar, así que me asomo a la ventana y le grito a Sid que suba.
Oímos abrirse la puerta en el piso de abajo, y segundos después vemos cómo Sid entra en la habitación, todos pensamos lo mismo: no podría tener un nombre más apropiado. Sid es mi mejor amigo, un punky anarquista realmente simpático, a pesar de lo que las viejecitas que se cruza por la calle puedan pensar.
Le saludamos, se tira en la cama junto a Kelly y me dice que debería escribir el trabajo sobre la anarquía. A este paso acabaré escribiéndolo sobre la macroeconomía en Rusia, estoy segura.
-Ah, por cierto,- dice Sid- estaba en el Bar- el Bar es un bar al que siempre vamos, sus dueños se mataron para ponerle el nombre, desde luego- y una tía rubia muy mona vino a hablar conmigo.
-Siempre conoces a alguna tía, ¿es que tienes que fardar todo el tiempo?- dice Sam, el cual somete a todas las chicas a un difícil examen para decidir si realmente desea hablar con ellas o no, lo cual no suele gustarles mucho a ellas, ya dije que era un poco pedante.
-No, no,- contesta Sid, ofendido- es que en ese momento me llamó Kelly, y la chica se puso muy pesada, así que le dije que se viniese. Dijo que tenía que pasar por su casa primero, así que le di la dirección, no os importa, ¿verdad?
Todos negamos con la cabeza, aunque por distintos motivos. Yo lo hice porque lo hecho, hecho está, Kelly seguramente lo hizo porque desaprobaba que Sid saliese con una tía distinta cada semana, y a Sam realmente no le importaba que viniese porque sabía a ciencia cierta que estaría buena.
Después de un rato, volvemos a escuchar el timbre. Mientras Sid baja a abrir la puerta, todos nos asomamos a la ventana para poder verla.
-Pues está buena. -declara Sam. Lo que nadie sabe es cómo puede distinguir si está buena o no entre tanta oscuridad.
Cuando Sid y la nueva chica entran en la habitación la saludamos.
-Esta es... Amanda.- nos dice Sid, dudando.
-Me llamo Katie.- dice ella.
-Oh, sí, lo siento, es que te pareces mucho a mi hermana Amanda, y me he confundido.
Sid no tiene hermanas.
-Y estos son Sam, Kelly y Kim.- dice señalándonos.
Después de un par de cordialidades más, vuelvo a sentarme en mi mesa, por suerte, no va a venir nadie más. O al menos en teoría.
Todos intentan darme ideas, cada una más tonta que la anterior. Resulta que la tal Katie no es demasiado imaginativa, su última propuesta fue que escribiese sobre los métodos de reproducción de las langostas. Patética.
-Venga tía, -me dice Sam- siéntate aquí con nosotros y tómate algo- han saqueado mi nevera.
-Tengo que escribir este trabajo para mañana, se supone que deben ser mil palabras, y todavía no tengo ninguna, no puedo descansar.
-Eres una agobiada, - me dice Kelly- hay a un tío que me hizo una redacción para la clase de lengua hace un mes o así, sólo me cobró diez pavos, y me pusieron un nueve, puedo llamarle, si quieres.
La verdad es que no suelo hacer ese tipo de cosas, pero estoy desesperada, así que acepto. Llamamos al tío en cuestión, un tal Kevin. Dice que mañana la tendrá lista, que me pase por su taquilla para recojerla, es la número 666. No puede ser una coincidencia. Kevin es el diablo. Seguro.

To be continued...

jueves, 4 de febrero de 2010

Cambio y corto

Ingentes cantidades de gente han consagrado su vida a la búsqueda de una felicidad de carácter divino; la mayoría tienen fe en ella, pero todos albergan dudas acerca de su existencia.
Yo, reticente a creer en cualquier quimera tras sufrir varias experiencias desesperanzadoras, decidí que quizá una felicidad relativamente absoluta quedaba fuera de mi alcance. Me tomé la libertad de reflexionar por mi cuenta y resolví que un buen objetivo era la realización.
A la edad de diecisiete años determiné que la mejor forma de lograr la mía propia era escribiendo. Hoy, cuando sigo contando con los mismos diecisiete inviernos, hago lo que me propuse para terminar encontrando una dicha por la que nunca hubiera apostado.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Influjo

Estaba él, estaba ella, estaba la luna y el gato, junto con su tejado, y también se encontraban presente la luz, las sombras del mediodía, cortas y concentradas, las camas a medio hacer, los tristes domingos y los amigos que se han marchado de viaje. Había pantalones y camisas, algunos libros y cuadernos y plumas sin cartuchos de tinta. Escondidos, podíamos encontrar a veces el amor, a veces la realización, a veces incluso el dinero, siempre presente en todo.
Estaba la música, los valses mezclados con las cortinas, las ventanas mal cerradas que nos permiten oír la lluvia a la vez que nos resguardan, o por lo menos lo intentan, de ella. Estaba la noche y el sueño, o el sueño se presentaba sólo, sin la noche, dispuesto a pasarse la existencia en vela, esperándola. Había romanticismo y también surrealismo, había cuadros totalmente en blanco y pinceles sin usar. Presentes estaban las novelas, haciéndose escribir entre ellas mientras que, las más aprovechadas, se bronceaban a la luz de las lámparas de bajo consumo.
Y entonces el gato maulló a la luna y se derrumbó el tejado; ella se abalanzó sobre él y le dijo que le quería entre romántica y surrealistamente. El dinero intentó sobornar a las sombras para que cubrieran la luz del mediodía, pero ésta, uniéndose a las lámparas, logró iluminar la senda de los cartuchos de tinta, que encontraron a sus plumas. Los pantalones invitaron a las camisas a un viaje perdido, pero las camisas expresaron su deseo de mantener su amistad. Los libros, cansados, no pudieron encontrar la realización, usada apenas unas horas antes por unos cuadros enamorados de sus artistas en blanco. La ventana, orgullosa de sus servicios prestados, acudió a la cita pendiente con el sueño y por fin la noche pudo dormir en una cama mal hecha. La lluvia, ahora insonora, dio unas cuantas pinceladas de color a los domingos, y estos, agradecidos, compusieron un vals dedicado a los insomnes.

martes, 26 de enero de 2010

Nightmares will come tonight

Una joven pesadilla, todavía inexperta y nerviosa, deambulaba por el mundo de los sueños en busca de una primera víctima con la que comenzar su periplo onírico. Pese a su concentración y aplicación, le llevó varias noches encontrar un sujeto idóneo para su estreno. Por el camino encontró varios escritores, algún filósofo desmemoriado y unos pocos cantantes retirados. Ninguno le pareció adecuado; todos aparentaban una fortaleza mental demasiado poderosa como para que ella pudiera crearles, con suerte, un atisbo de angustia. La pesadillita, pragmática, resolvió empezar por un niño. En este caso, escogió cuidadosamente el joven conveniente. Se decidió por una muchacha de unos seis años, Lisa. Le gustaban los caballos, el color rosa, las muñecas, las galletas de chocolate y de mayor quería ser peluquera o veterinaria, todavía no lo tenía claro. La presa perfecta.
Planificó la puesta en escena con minuciosa delicadeza: primero la engañaría haciéndole creer que su padre le regalaba un poni por su cumpleaños, después, mientras montaba el jamelgo, se internaría en una espesura negra donde unas siniestras muñecas vestidas de rosa le invitarían a galletas insulsas. No podía haber cría sobre la faz del planeta capaz de soportar aquello.
Pero, la noche que su plan se convirtió en acción nada fue como esperaba. Realmente, los hechos transcurrieron a una velocidad muy decente y pronto la intención de la pesadilla se vio truncada por un inesperado suceso. Instantes después de penetrar en la mente de la jovencita, luces de todos los colores inundaron sus ojos, recuerdos felices entraron en contacto con su supuesta piel, millones de partículas de energía pura chocaron contra su cuerpo por distintos flancos a la vez, jugando con la pesadillita, usándola como si de un balón se tratara. Aprovechó un instante de paz proporcionado por la rapidez con la que los jóvenes pierden el interés en las cosas y huyó despavorida.
Se replanteó su existencia. Practicó la empatía. Decidió que no quería que nadie sufriera jamás lo que a ella le había ocurrido, y siendo consecuente con su decisión, se convirtió en un sueño reparador.

Luz, más luz

La luz, que había tardado ocho minutos en llegar desde el Sol -a unos ciento cincuenta millones de kilómetros-, pasando al lado de las órbitas de Mercurio y Venus, cortando la nada como una expedición polar corta el hielo, atravesó una atmósfera compuesta mayoritariamente por nitrógeno, y depositó en la Tierra sus colores.
En algún momento de su corto periplo, mientras convertía una madrugada azul oscuro en una mañana gris, un alumno que estaba sentado en la ventana de su clase de dibujo técnico advirtió algo curioso y, aunque en el fondo sabía que no, nuevo: la luz se había descompuesto, y ahora su espectro recorría el cielo entre diminutos prismas acuosos.
-Vaya, un arco iris -dijo, a nadie en particular.
Silencio.
-Impresionante, creí que nunca volvería a ver uno. Este curioso planeta cada día me sorprende más y más -se dejó oír al fondo.
El profesor de dibujo, sin embargo, se levantó, y caminó hacia la ventana. Era artista, un pintor reconocido que había rechazado dar clases de arte para enseñar dibujo técnico y, en sus propias palabras, luchar contra la mediocridad artística contemporánea -no participando en la producción en masa de artistas.

domingo, 24 de enero de 2010

Sentenciado a ser feliz

Una serie de objetos pensantes, justos y racionales resolvieron reunirse para tratar de encontrar solución a una situación que ellos mismos consideraban intolerable. Las consecuencias fueron las siguientes:
Las balas, que rasgaban el aire y se dirigían a velocidad insospechada hacia sus objetivos, recapacitaron sobre su conducta y volvieron hacia atrás, dejando incrédula a la pistola y feliz al receptor.
Los grilletes, cansados de abrazar muñecas hasta la asfixia, se solidarizaron con sus prisioneros, y una vez abiertos de par en par, los invitaron a correr y a gritar.
Las cadenas, hartas de anudarse a las personas y fijarlas a cualquier lugar, abandonaron sus puestos de trabajo y se lanzaron a vivir su propia vida como no lo habían hecho jamás.
Los barrotes, siempre duros y estáticos, ablandaron su carácter y expandieron su espectro emocional con la euforia. Tomaron clases de baile y elasticidad y danzaron unos con otros, como solistas o en conjunto, se movieron hasta que se terminaron todos los valses o perdieron el sentido de tanto zarandearse.
Las llaves, únicas y esbeltas, rompieron los llaveros y derrocaron a la maestra que las tenía esclavizadas. Luego se abandonaron a un sueño plácido y reparador, donde cada una encontraba su correspondiente y querido candado.
Y así fue como, gracias al boicot sufrido por parte de sus propias creaciones, la especie humana no puedo seguir con la política que permitía a sus componentes privarse entre ellos del derecho a la libertad, a la vida, o muchas veces de ambos a la vez.
No fue la humanidad, sino otros seres mucho más humildes e insignificantes los que lograron que la primera quedara imposibilitada para autodestruirse, obteniendo así una paz y una armonía insoportablemente largas e inmerecidas por igual.

jueves, 21 de enero de 2010

Princeps crudelitatis

Transitando por las metafóricas calles de una ciudad inventada, el flujo de gente me mecía como si de una hoja al viento se tratara. Pasaba de acera a acera sin detenerme a mirar los semáforos o a pintar los pasos de cebra. Se respiraba una urbanidad abominable: sociópatas, psicópatas, asesinos, alcohólicos, vagabundos, mendigos y yo mismo, unidos por la desgracia, la desconsolación o quizá la soledad. Mezclados en una turba imparable y voraz, deseosa de serpentear por la vía y vincular más acólitos a aquel repentino acto de fe. Comprometida con la indecencia y la verdad más oscura. Resuelta a mostrar el auténtico terror que habitaba en sus corazones.
De golpe una voz se hizo escuchar entre el gentío, animando a los presentes a guardar silencio. Se trataba de una figura oscura y desmenuzada, vagamente parecida a un sol o quizá a una luna, brillante y apagada a la vez. Con su discurso, gritos de fervor salieron de nuestras gargantas y éxtasis puro corrió por nuestras venas. Nuestros dejes de racionalidad se perdieron y profundas sensaciones e imágenes, escondidas en la oscuridad de una inexistencia eterna, dibujaron sus contornos en su piel. Todos a uno, como un solo hombre, como una sola mujer, como un solo ser trascendente y ecuánime, nos lanzamos contra el ente central. Comprimimos el odio y el amor y la desidia y la esperanza y la felicidad y la impotencia en un solo movimiento universal y lo llevamos a cabo de una forma magistral. Echamos a reír y a llorar y a cantar y a bailar y a soñar a la vez hasta que el mismo tiempo se volvió inexacto y la realidad se difuminó, dejando entrever la barrera que separaba el mar del horizonte.
Después, en algún momento que no me atrevo a ubicar, volví a abrir los ojos y me sentí insoportablemente vacío. Ahondé en mi persona y vislumbré retazos de lo que quizá ocurrió y mis ojos derramaron lágrimas que desesperadamente cayeron al vacío pero nunca llegaron a impactar en el suelo. En ese mismo momento comprendí. No me hallaba vivo ni muerto; había cambiado mi yo íntimo por una orgía de completa plenitud. Densa, intensísima, un todo concentrado en la nada más ínfima. Había cambiado mi infinidad por un placer que, aunque supremo, sólo había durado la perpetuidad de un instante. Y ahora me veía degradado a la condición de ausencia; condenado a recordar sin tener memoria, a desgarrar mi esencia con una voz que nunca nadie podría ni oír, ni perdonar.

Una historia sin título. Uuh, ¡qué miedo!

-Joe, ese tío nos está amenazando con un hacha...¿o sólo va a cortar leña?-dijo Ron.
-Aquí no hay leña, Ron.
-Entonces...¿nos cortará a nosotros?
-Puedes contar con ello.-y, ante la cara de espanto de Ron, añadió- Tranquilo, tengo un plan. Cuando cuente tres, tú te lanzas contra él.
-Vale, ¿ y qué haces tú?
-Salir corriendo.
-Vale...¡eh! ¿Y a mí me mata? No sé, quizá deberíamos pensar en un plan B.
-¿Tú crees?
-Claro. ¡Oye! Acabo de darme cuenta de una cosa. Tenemos una escopeta. ¿Cómo no nos hemos acordado antes?
- Serán los nervios.
-¿Sí?
-Claro.
-Jo, qué listo eres, Joe. Venga, a la de tres disparo. Una...dos...y...¡tres!
-No has disparado.
-No quedan balas.
-Joder, habrá que volver al plan original, venga, esta vez también puedes correr tú.
- ¡Bien! Venga, una...dos...y...¡tres!
A la de dos Joe ya se encontraba a unos metros del maníaco del hacha, llamémosle maníaco del hacha, Ron, sin embargo, esperó hasta llegar al cuatro para empezar a correr. De todos modos, a todos debería sorprendernos que Ron hubiese conseguido contar hasta cuatro sin confundirse.
Corrieron y corrieron. Ron, que era muy rápido, alcanzó fácilmente a Joe, y se encaminaron hacia la casa de este, cosa que habían decidido telepáticamente, por dos razones:
a) En casa de Ron nunca había nada bueno para comer, en la de Joe sí.
b) La primera razón era más que suficiente.
Cuando por fin llegaron, se dieron la vuelta, efectivamente, el maníaco no les había seguido.
Una vez a salvo, se dieron cuenta de que los padres de Joe no estaban en casa, cosa lógica, puesto que se habían ido de viaje una semana. Cuando volviesen, quizá descubrirían la casa en llamas, Joe no era un tío demasiado responsable.
Después de comer algo, ya que tanta carrera les había cansado, decidieron que llamarían al resto del grupo de amigos, les pareció que, si el maníaco aparecía, mejor morir cinco que dos. ¿Por qué? Quién sabe.
Decidieron llamar primero a Kate, por dos razones, primero, Kate estaba buena, qué coño, y segundo, era la más inteligente, por lo tanto, en caso de crisis, sabría qué hacer.
Kate les dijo que eran idiotas, que seguramente estaban alucinando, y que, finalmente, no jodieran, pero, como no tenía nada mejor que hacer, acabó acudiendo a casa de Joe.
Luego, llamaron a Britney, que, a pesar de estar bastante buena, era la clásica rubia tonta. La llamaron porque pensaron que, si el maníaco acababa con toda la humanidad, al menos tendrían a dos chicas con las que repoblar el mundo.
Y, finalmente, remoloneando un poco, porque era un fanfarrón, llamaron a Josh. Josh era el típico atleta de instituto, vamos, un gilipollas, la verdad es que nadie sabía qué hacía en el grupo, pero en el fondo, era un tío majo.
Hablando un poco de todos, Joe era un tío normal, no era un lumbreras, pero tampoco idiota. Su principal característica era que llevaba colado por Jane desde el jardín de infancia, cuando juntos comían arena. Ron no tenía muchas luces, pero era un tío gracioso, a todo el mundo caía bien, era un tipo simple, en el que se podía confiar.
El primero en llegar fue Josh, era un gilipollas, pero puntual. Luego apareció Britney ,y, finalmente, Kate, que era un poco despistada, y por un corto periodo de tiempo se habia olvidado de adónde tenía que ir.
-Bien, ya estamos todos-dijo Joe-ya os hemos explicado por teléfono qué es lo que ha ocurrido y, aunque algunos no nos creen-miró hacia Kate- es cierto, y pensamos que ese loco podría venir a por nosotros.
-Creo, -dijo Britney- que deberías explicarnos cómo era ese tío, por si nos lo cruzamos.
-Debe ser la primera cosa inteligente que dices.- dijo Joe- Bien, veamos...era un tío alto y delgado...
-¿Cómo de alto? -preguntó Josh.
-Yo qué sé, mediría uno ochenta, o así. Moreno, de pelo rizo...
En ese momento sonó el timbre. Britney fue a abrir. Vió por la mirilla, vió a un tío alto, moreno, de pelo rizo, delgado...y abrió la puerta.
Él le clavó un cuchillo en el estómago, y se largó, no se sabía por dónde, ya que Britney estaba ocupada con su herida. Gritó.
Todos acudieron corriendo.
-¿Qué ha pasado?-preguntó Ron.
-Un...un hombre, me ha acuchillado. ¡En el estómago!
-Nunca lo habría adivinado.-dijo Kate.
-Sí, desde luego, Ron, haces unas preguntas...-dijo Josh.
-Bueno, bueno, pero, ¿quién fue?-preguntó Ron, colorado.
-Quizá primero deberíamos vendarle la herida a Brit, no parece que se lo haya clavado mucho, pero sangra un poco. -dijo Kate.
Una vez hubieron vendado a Britney, y conseguido que se tranquilizase un poco, ella les explicó qué había ocurrido.
-El hombre llamó a la puerta, era alto, moreno, delgado, de pelo rizo...
-¿Eres idiota? ¿por qué le abriste?-gritó Joe.
-Es que...es que...tú dijiste un metro ochenta, y este mediría...uno setenta y ocho. ¡Yo no tengo la culpa!
-Brit tiene razón, deberías haber sido más específico, ha sido culpa tuya-dijo Josh.
-Tú lo que quieres es llevarte a Britney a la cama-dijo Joe.
-Esperad, ¿adónde se ha ido el loco?-dijo Kate, siempre pendiente de lo importante.
-¿No se habrá metido en casa?-preguntó Ron, con cara de estar a punto de mearse en los pantalones.
-Bien, -dijo Kate- haremos dos grupos, unos que inspeccionen el piso de arriba, y los demás el de abajo, Britney se quedará en el sofá. Yo iré con Ron e iremos arriba, y Joe con Josh, abajo. Así habrá alguien con sentido común en cada grupo.

Cuando Kate y Ron subieron las escaleras, Joe y Josh se encaminaron hacia la cocina, y una vez que se hubieron cerciorado de que allí no había ningún asesino, decidieron bajar al sótano.
Mientras, Ron y Kate inspeccionaron el piso de arriba. Cuando estaban entrando en la habitación de Joe, oyeron a Britney gritar en el piso de abajo.
-Brit está gritando, deberíamos ir a ver qué pasa-dijo Ron, preocupado.
-No, -dijo Kate- ya ha dejado de gritar, así que una de dos, o estaba haciendo el paripé para asustarnos o ya está muerta, será mejor que nos quedemos aquí, si no queremos acabar igual.
"Menuda frialdad", pensó Ron.
Josh y Joe, sin embargo, subieron corriendo del sótano para ver qué ocurría. Cuando llegaron al salón, se encontraron a Britney tirada en el suelo, cubierta de sangre, y, a todas luces, muerta.
Vieron al rededor, no había nadie. Empezaron a gritar, y, puesto que creyeron que debían ayudar a sus amigos, Ron y Kate bajaron corriendo las escaleras.
Ron, al ver a Britney, se puso muy pálido, para después pasar a un tono más verdoso, terminando por vomitar en la alfombra.
-Eh, eh, tío, que es mi casa.-dijo Joe, en un alarde de sensibilidad hacia su amigo.
Cuando Ron hubo parado de vomitar, se dieron cuenta de que debían llamar a la policía. Lo intentaron, la línea estaba cortada y se estaba haciendo de noche. Empezaron a tener miedo. Mucho miedo. Intentaron encender las luces, tampoco iban, y no podían recurrir a ningún vecino, porque su casa estaba algo apartada del resto.
Como no querían quedarse en el salón, con el cadáver, ya que, en fin, dicen que un muerto no es la mejor compañía, se encerraron en la habitación de Joe, encendieron unas cuantas velas para que Josh no intentase meter mano en la oscuridad, y buscaron armas con las que defenderse.
Josh cogió el único arma que había de verdad, la navaja de Joe, alegando que formaba parte del equipo de fútbol y que, por tanto, no podían permitirse perderle. Ron, por su parte, había cogido un puñado de bolígrafos y lápices y se los había colocado en las manos con celo a lo Lobezno, algo ridículo, en opinión de Kate, que, por su parte, pensaba utilizar como arma la lámpara de la mesilla de noche de Joe. Por último, éste había cogido lo único que quedaba que le parecía que podía resultar mortífero: una percha.
Se encontraban en una acalorada discusión sobre quién vencería en una pelea, si Batman o Superman, cuando oyeron pasos procedentes de las escaleras.
-Mierda-dijeron todos al unísono.
Se pusieron en posición de combate, esperando a que llegase el loco asesino de la pala, que, a pesar de llevar un hacha, quedaba mejor "asesino de la pala". Bien, el caso es que, en cuanto llegó ante su puerta, comenzó a clavar el hacha en ella. Los cuatro amigos, en lugar de tener miedo, se quedaron perplejos.
Joe se acercó lentamente y abrió la puerta.
-Eh, tío, que es mi casa, ¿qué coño crees que haces?
-Echar abajo la puerta para poder acabar con vosotros, ¿a ti qué te parece, mocoso?
-Que sí, que vale, que quieres matarnos, pero la puerta estaba abierta.
-Oh...vaya, no lo había pensado, creí que la habríais cerrado con llave, sería lo lógico.
-No tiene cerradura...
-Bueno, da igual, ¡os mataré ahora mismo!
-Pero, ¿por qué? Y ten cuidadito, ¿eh? Que tenemos aquí a la reencarnación de Lobezno- dijo Kate, señalando a Ron-y a Perchaman- dijo señalando a Joe.
-Eh, ¿y yo qué?-dijo Josh
-Tienes una navaja, como mucho eres un atracador de poca monta.-contestó Kate.
-Tú tienes una lámpara.- se defendió Josh.
-Pero es una lámpara retro.
-¿Y qué?
-Que mola.
-Callaos de una vez.- dijo el asesino de la pala, viendo que aquella conversación no terminaría nunca-os mataré, tanto si sois Lobezno como la reina del mundo.
-Ninguno de nosotros es la reina del mundo.-contestó Joe.
-Oh, no me digas.-respondió el loco chiflado.
Y, sin más dilación, levantó el hacha, se lo clavó a Josh en la cabeza, matándolo en el acto, después le cortó la cabeza a Ron, que intentaba defenderse con sus nuevas garras. Se dirigió entonces hacia Kate, que se había escondido tras Ron, y, cuando fue a clavarle el hacha, Joe se interpuso en su camino en un alarde de valentía, y se la clavó a él. Bien, sólo quedaba la chica, que, horror, salió corriendo de la habitación. Por suerte para el asesino, no era demasiado rápida, la alcanzó en las escaleras y le clavó el hacha varias veces. Disfrutó con ello. Era divertido.
Una vez se los hubo cargado a todos, se dispuso a marcharse de aquella casa. Quizá iría en busca de otras víctimas, o puede que se fuese a su casa y se tomase un buen chocolate calentito, porque había hecho un buen trabajo y se lo merecía.
Tiró el hacha al suelo, ya no lo quería, y le daba igual dejar huellas. Se dispuso a bajar las escaleras, pero no tuvo en cuenta la sangre que había derramado el cuerpo de Kate, resbaló y se cayó, rodando por las escaleras y empapándose de sangre de su última víctima. Se partió el cuello, y ahí se quedó, más muerto que un cadáver.
Irónico, ¿no?

miércoles, 20 de enero de 2010

Horrorcomoedia Noctis

El tiempo, que es sin duda uno de los pocos fenómenos que la raza humana no ha podido subyugar todavía, no terminaba de decidir de qué color quería pintar el cielo esa mañana.

En ese mismo momento, en una de las calles de La Ciudad, un hombre de aspecto preocupado transitaba la misma acera una y otra vez. Pese a que sudaba copiosamente debido al calor, un paraguas negro reposaba bajo su brazo. Nadie prestaba atención al curioso personaje. Era como una sombra más, uno de los muchos decorados en los que la gente no se fija porque siempre han estado ahí. Jack, puesto que éste el nombre del extraño hombre, era considerado un loco por la gente de La Ciudad, que a partir de ahora llamaremos Londres.

No la clase de loco que puebla los diferentes distritos de la ciudad de Chicago y se dedica, incesantemente, a asustar a los turistas novatos con la velocidad de la silla de ruedas en la que viaja; tampoco el representativo desequilibrado mental, encerrado en alguna suerte de centro psiquiátrico porque una sociedad irracional considera su comportamiento inaceptable. Jack estaba loco porque era excesivamente cuerdo.

Cada mañana, al salir de casa para dar su paseo matutino, cogía su paraguas sin escuchar el parte meteorológico o quizá dedicar una simple mirada al cielo. En alguna parte de su cerebro tenía grabada una inscripción que dictaba: no me gusta mojarme. Y la mejor forma de evitarlo era llevar siempre un paraguas encima. No podía comprender por qué los otros transeúntes se extrañaban con según qué actitudes, consideradas extremadamente adecuadas y corrientes por él.

Esta vez su mente estaba ocupada por otras líneas de pensamiento, muy distantes de las que circulaban por los cerebros inactivos de los otros miembros de la raza humana. Él estaba siendo acosado por la preocupación. No una preocupación banal e intrascendente, sino una de carácter crucial y relevante: estaba experimentando odio. Era la primera vez que sentía esa sensación en concreto, así que la ya nombrada preocupación se mezclaba con la inquietud y la excitación. Quizá hubiera sido el influjo que ejerció sobre él aquel cielo de color indefinido, quizá la realidad hubiera elegido ese momento para manifestarse, o quizá simplemente algún extraño ente superior había decidido que las cosas fueran así, pero, al fin y al cabo, la verdad es que Jack debía replantearse de nuevo el sentido de su vida.

Hasta ese momento jamás encontró ningún tipo de problema derivado del acto de existir. Él se ceñía a su rutina, sin dedicar ningún tipo de interés especial a las demás personas: por la mañana, paseaba; disfrutaba del paisaje y del aire fresco. Al mediodía almorzaba y posteriormente se dirigía al trabajo. No le entusiasmaba demasiado, era el gerente de una sucursal bancaria bastante trivial, pero aún así estaba acostumbrado a sacar provecho del dinero ajeno. Después de cumplir con sus quehaceres volvía a su casa. Tomaba un whisky, leía exactamente treinta minutos y luego se acostaba. No estaba casado y no le importaba, no se sentía solo.

Ahora nada de eso tenía sentido, no con el odio deslizándose de un lado a otro de su corazón. No podía seguir errando por las calles mientras veía como la muchedumbre arrollaba a las pobres ancianitas indefensas; mientras los jóvenes analfabetos incitaban a delicadas muchachas a entrar en sus respectivos coches, durante las intempestivas horas de la noche; mientras el gentío desconsiderado actuaba, de forma consecuente con su modo de ser, contra toda alma despistada que pudiera encontrar; mientras que él mismo, muy distante de intervenir a favor de los vilipendiados, se limitaba a deambular de una esquina a otra, con su paraguas bajo el brazo y las gotas de sudor lagrimando por su frente.

El odio, antes sólo dirigido a los demás individuos, empezaba a volverse contra él mismo. Era desconcertante. Medio siglo de ignorancia destruido en una apenas unas cuantas horas, y ni siquiera conocía el porqué. Jack resolvió intentar reparar el daño que había causado. Debía intentar corregir la sociedad fuera como fuera.

Puesto que se trataba un hombre muy metódico, decidió que lo mejor sería empezar por el principio. Es decir, por él mismo; por su banco.

Nuestro personaje no era una mente brillante, pero durante su juventud había asistido a varias clases obligatorias, y durante su madurez había sido instruido por la escuela de la vida. Cumplió con sus obligaciones laborales y, al término de la jornada, le pidió a una joven empleada que esperara diez minutos antes de marcharse, alegando una charla sobre un posible aumento de sueldo. A los veinte minutos, cuando Jack se aseguró de que los demás trabajadores habían abandonado la oficina, se dirigió sin contemplaciones a la impaciente muchacha y la asesinó brutalmente, clavándole repetidas veces un cuchillo –sacado previamente del cajón de su escritorio- en el vientre. Luego, sin inmutarse lo más mínimo, escribió con la sangre del cadáver una inscripción en la pared de su propio edificio: “Si no os sabéis comportar por vosotros mismos, yo os castigaré hasta que aprendáis.”

La pobre chica había sido una víctima casi circunstancial. En realidad, él la había elegido porque estaba a su abasto, y al fin y al cabo, todo el mundo es culpable de algo. La cuestión es que su muerte serviría de ejemplo. Esa noche Jack tomó doble ración de whisky, leyó sólo veinte minutos y se fue a dormir satisfecho. Cuando, a la mañana siguiente, le despertó una mano golpeando su puerta, tuvo la sensación de que había apenas habían pasado cinco minutos. Se levantó, completamente fresco y con renovadas energías, y abrió. Se trataba de la policía: una mujer había sido asesinada en la oficina donde trabajaba.

Lo sometieron a un duro interrogatorio que le pareció casi divertido. Mintió con jovialidad a todas las preguntas que podían implicarle y asintió con gravedad cuando le agradecieron el tiempo prestado. Despidió amablemente a los agentes de la ley, que abandonaron el edificio pensando que todos los ciudadanos debieran ser como Jack: cordiales, temerosos de la autoridad y, por encima de todo, cooperativos.

Después de la visita sorpresa, nuestro homicida justiciero abandonó su rutina y caminó hasta la sucursal. Se había armado un gran revuelo. Los policías habían acordonado el recinto y los trabajadores estaban muy alborotados; la mayoría no sabía con certeza qué había pasado. Jack, alzando la voz, les transmitió las noticias que, pocas horas atrás, le habían comunicado a él. Luego, después de acercarse a una cabina para llamar a la central londinense a la que su banco estaba subordinada, anunció a los empleados que disponían todos de quince días de vacaciones, hasta que se aclarase el asunto. Estos, cuando lograron reprimir sus llantos y tranquilizar sus almas, agradecieron la comprensión a su superior y se movilizaron, la mayoría abatidos, hacia sus respectivas casas.

Jack estaba orgulloso. La gente no comprendía la mayoría de palabras o ideas, pero sí los hechos. Contento con los resultados, resolvió repetir esa misma noche; esta vez lejos de las calles que frecuentaba, no fuera que los agentes de la ley decidieran ser eficientes por una vez.

Se decidió por uno de los barrios marginales y pobres situados al oeste de la ciudad. Ya entrada la noche, deambuló por el sucio pavimento hasta que dio con la persona que buscaba: una mujer de alterne, una prostituta, una acechona o, como a él le gustaba llamarla, una puta. La mujer, ligera de ropa pese al frío nocturno, sonrió al ver a Jack. Éste aumentó el paso hasta llegar a su lado, y rápidamente le expresó el deseo de contratar sus servicios. Siendo ambos los únicos compañeros de una noche profundamente oscura, no fue muy difícil para nuestro personaje convencer a la joven, mediante una sustanciosa suma, de dirigirse juntos hacia un apartado callejón donde gozar de unos minutos de placer. Una vez allí, sacó a relucir su cuchillo y rajó la garganta a la señorita antes de que pudiera proferir ninguna clase de grito. Luego, con mano ya experta debido a la práctica, aplicó su característico sello al vientre del cuerpo que yacía sin vida a sus pies. Finalmente, dedicó cinco minutos a formular una frase original y repitió el mismo proceso que había llevado a cabo la noche pasada con la empleada: bañó su dedo repetidamente en el estómago de la mujer y escribió en la pared: El dolor ayuda a grabar lecciones importantes en la memoria.

Volvió a casa dando un pequeño paseo, tomó tres copas de whisky y apenas leyó diez minutos. Apagó la vela y trató de dormir, pero la excitación le mantuvo insomne toda la noche, o lo que quedaba de ella. Ya levantado el sol, creyó oír tres golpes sordos provenientes del rellano de la escalera. Se levantó, se vistió con prisas y abrió. No había nadie. Quizás no habían descubierto el cadáver todavía. Sin molestarse en desvestirse de nuevo, se tumbó en la cama y durmió, a intervalos, varias horas. Cuando hubo descansado lo que él considero suficiente y tomado un pequeño refrigerio, salió a comprar el periódico, no sin antes recoger su paraguas. El titular clamaba: “Otra misteriosa joven muere a manos de un implacable asesino. Aparecen extrañas inscripciones en el lugar del crimen”. Jack, más que satisfecho con el resultado, empezó a planear su futura actuación. Parecía que estaba ayudando a la comunidad, así que era su obligación continuar.

Guardó el periódico bajo el brazo libre y volvió a subir las escaleras que conducían a su casa. Allí se sentó en una silla, y mirando por una de las ventanas que daban a calle, empezó a cavilar. A los diez minutos ya tenía el próximo objetivo decidido: una inocente niña. Luego discurrió sobre cómo podía hacerse con una. No era viable acercarse a los barrios pobres y comprarla, aunque los padres valoraban más el mobiliario que las descendientes. Aún disfrazado era factible ser reconocido por alguien, puesto que no pasaba precisamente desapercibido en la ciudad. La opción de vagar durante la noche por las calles en busca de alguna rezagada estaba descartada; todo el mundo sabía que había cosas muchos peores que Jack. Así pues, sólo le quedaba la seducción.

Una vez detallados los pormenores, nuestro héroe redentor se levantó de la silla y salió a la calle otra vez. Pasó por una pastelería y compró unos cuantos dulces; realmente parecían deliciosos. Jack creía que todo ser humano tenía su precio, y el de los críos no solía ser demasiado elevado. Deshizo el camino, se cambió de ropa y envolvió los dulces junto con una barba y bigote postizos. Esta vez no se dirigió a los barrios más alejados, sino que caminó convencido hasta los suburbios situados cerca de la orilla del Támesis. Una vez se hubo alejado a una distancia prudencial de lo que habitualmente llamaba hogar, buscó un rincón apartado y se cubrió la cara con el vello sintético. Se acercaba la hora de la verdad, así que concluyó la caminata sentándose en el banco de un parque, decidido a esperar el ocaso observando cómo jugaban y se ensuciaban los herederos de las más ricas familias londinenses.

Poco a poco los chavales fueron disipándose, hasta que sólo quedaron los caprichosos que no hacían caso a sus madres cuando los llamaban a cenar. Entonces Jack entró en acción. Se acercó cautelosamente a una solitaria muchacha, que agotaba la luz del sol haciendo castillos en el banco de arena, y le preguntó si quería uno de los dulces que él portaba en la bolsa. Ésta le miró, primero con desconfianza y luego con avidez, y alargó la mano mientras murmuraba un apenas audible sí. Escogió un pastelito de crema y lo mordisqueó lentamente, demostrando ya desde la más tierna infancia el linaje que ostentaba, siendo sólo traicionada por sus ojos, que no podían evitar brillar mientras contemplaban el resto de manjares. Jack le preguntó si quería otro y ella respondió que sí con muchísimo más aplomo. –Primero tendrás que decirme cómo te llamas-, le dijo él con una sonrisa en el rostro. –Me llamo Anne- respondió la chica, educada. –Ven conmigo, Anne, te llevaré a un lugar donde podrás encontrar tantos como quieras-. La chica dio la mano a Jack y ambos desfilaron juntos, prácticamente como abuelo y nieta, a un lugar de donde sólo uno iba a volver.

Después de cinco minutos de paseo, el barbudo disfrazado y la inconsciente jovencita llegaron a un callejón demasiado apartado. Se notaba la calidad del lugar, puesto que incluso en rincón había menos polvo que en la mayoría de calles comerciales, ya ni hablar de las pobres. Para terminar con el episodio, Jack dejó caer las chucherías al suelo, y, ante la mirada incrédula de la niña, desenvainó su arma blanca. Cuando ella quiso reaccionar, un enorme cuchillo ya hendía el aire y un brutal tajo le dejaba la cabeza casi separada de los hombros. El homicida, mediante una precisión digna de un carnicero, y posiblemente debido a la costumbre, asestó varios golpes al estómago del cuerpo que había perdido la vida prematuramente. Como no podía ser de otra forma, se empapó de la sangre fresca y pintó la rutinaria frase: “Anne no era una buena chica. Prácticamente nadie lo es. Redimid vuestras culpas o sólo encontraréis la muerte.”

Jack volvió corriendo a casa, ligeramente perturbado. Casi se sentía mal, pero a las pocas cosas la sensación se disiparía. Lo primero que hizo al llegar fue terminarse la botella de whisky, e inmediatamente después encendió la chimenea, donde quemó el disfraz y el resto de golosinas. Una vez se sintió a salvo, se desvistió y se metió en la cama, logrando conciliar el sueño al cabo de unos pocos minutos.

Se despertó intranquilo a la mañana siguiente, y tardó unos segundos en recordar los hechos transcurridos durante el pasado día. Se levantó, desayunó, se vistió y salió a por el periódico, como ya había hecho el día anterior. Al leer el titular, tuvo que reprimir una sonrisa de satisfacción. “El Destripador se cobra una nueva víctima”. Los detalles también eran muy interesantes. “Hoy por la mañana, un grupo de ciudadanos han encontrado el cadáver de la joven Anne Gallagher, heredera de una de las familias más ricas de todo Londres, mutilado en un solitario callejón”. El artículo también citaba la frase que habían hallado y toda una serie de conjeturas sobre la identidad del posible asesino. No se acercaban para nada a la verdad.

Orgulloso y contento con su trabajo, Jack creyó conveniente tomarse un período de descanso antes de seguir con su tarea de reformar la sociedad. Empezó por relajarse; los últimos tres días habían estado a rebosar de emociones fuertes, así que dedicó jornada siguiente al descanso absoluto. Nunca jamás había dormido tan plácidamente como durante esas veinticuatro horas. Al término de este período, decidió reanudar su rutina con un paseo, pero un hecho inesperado quebró su creciente felicidad.

Como ya adelantaba, Jack bailó hasta la calle. Se sentía profundamente realizado y el odio casi había remitido por completo. Quizá ya le faltara poca penitencia por cumplir. Pese a que hacía un día soleado, de golpe unas nubes negras se arremolinaron por encima de la ciudad y descargaron una repentina lluvia sobre las cabezas de los transeúntes. Jack sólo tuvo que abrir su paraguas mientras disfrutaba de ver mojarse a los demás. Todo parecía perfecto.

Se acercó a un muchacho y le compró el periódico por unos pocos peniques. Quizás hubiera noticias frescas sobre sus hazañas. Sin embargo, lo que vio le desfiguró el rostro por completo: “El famoso asesino en serie es por fin capturado”. No se paró a leer nada más. Algún hijo de la gran puta, puesto que no había otra forma de llamarlo, pretendía aprovecharse de su actuación. Era completamente inconcebible. Sin perder ni un solo instante, se dirigió a su morada y recogió todo cuanto podía implicarlo: el cuchillo, la ropa manchada de sangre, un pañuelo, perteneciente a la prostituta, el cual tomó por accidente. Lo embaló con prisas y se propulsó hacia la comisaría más cercana.

Irrumpió en ella a gritos, exigiendo a los guardias hablar con su superior. De entre ellos avanzo un tipo alto y fornido que dijo llamarse Thomas King. Apenas era un teniente.

Sin pararse a respirar, Jack le entregó el paquete con los objetos y le confesó todos sus delitos. Explicó detalladamente cómo había llevado a cabo los asesinatos, mientras, por igual, insultaba ferozmente al bandido, sin hallarse éste presente, que pretendía hacerse pasar por él y llevarse el mérito de sus acciones. El oficial, impertérrito ante las vociferaciones de nuestro exaltado homicida, y convencido de la validez de las pruebas que el sujeto presentaba contra sí mismo, mandó arrestarlo.

Desde el primer momento se declaró culpable. Arremetió e insulto, tanto tiempo como duró el juicio, al pobre desgraciado que había intentado suplantarlo. Al final, el juez, no tuvo más remedio que liberar al falso Destripador sin ninguna clase de cargo, puesto que simplemente se trataba de un demente, uno de los que catalogamos como típicos, que instantes después de escaparse del psiquiátrico aprovechando un descuido de sus vigilantes, corrió por las calles proclamando a los cuatro vientos su falsa identidad. Para Jack la sentencia no fue tan magnánima: le condenaron a colgar de la horca hasta morir.

El hombre estuvo seguro de la rectitud de sus acciones hasta el mismísimo momento de su muerte. Cuando el verdugo le colocó la soga en el cuello y le preguntó si quería proferir unas últimas palabras, nuestro futuro espíritu habló, delante de los familiares de las víctimas de sus crímenes.

- Damas, caballeros, puede que ustedes ahora me odien e incluso se alegren de mi próxima muerte, pero dentro de unos años, cuando la humanidad esté ya perdida y nadie pueda hacer nada para remediarlo, desearán haber continuado lo que yo nunca pude terminar.

Una vez hubo pronunciado el discurso, el encargado de su ejecución accionó la palanca y el cuerpo de Jack se precipitó al vacío, partiéndose el cuello y muriendo instantáneamente.

Momentos después, los ya nombrados familiares abandonaron el recinto, aliviados al saber que el monstruo que tanto dolor les había comportado no volvería a importunarlos jamás. Todos andaban atareados con sus propios asuntos, pero si alguno de ellos hubiese dedicado una mirada al cielo, hubiera comprobado que éste tenía la misma tonalidad indefinida que el día que todo cambio para Jack.